martes, 29 de mayo de 2012

Breve elogio del árabe

Estoy estudiando y saboreando palabras árabes... ¡qué lengua lujuriosa y fogosa y mágica!... las palabras parecen forjadas por labios ávidos de pezones, de vino
y de venganza... las letras guturales, anhelos de refrescos y jugos de frutas en una ardorosa garganta sedienta, y las explosivas, parecen las maravillas que súbitas florecen del seno de la magia de un genio.

martes, 1 de mayo de 2012

Una atmósfera tremenda en Medinet Habu

Una atmósfera tremenda en Medinet Habu



Esta experiencia la tuve en mi primer viaje a Egipto, por lo que su recuerdo no es tan preciso, si bien la experiencia fue muy fuerte a pesar de la brevedad, ya que, como sabiamente dice la frase, el valor de una vivencia no está en el tiempo que dura, sino en la intensidad con que sucede.

Acabábamos de visitar toda la mañana el templo de Karnak y estaba ya mareado de su inmensidad y de su laberíntica estructura, sobre todo en la parte de atrás del lago de las purificaciones, que me dediqué a recorrer con gran calma.

Además, estaba bastante agotado porque ya en esa zona posterior de Karnak había experimentado una serie de sensaciones y estados extraños, de manera que mi espíritu se encontraba bastante sensible… ahora, teníamos que ir a una aldea o villorrio donde la vida, como siempre en Egipto, bulle en contraste con las piedras deshabitadas de los templos… en esa población íbamos a ver cómo se trabaja el alabastro y a presenciar en vivo y en directo a los artesanos y escultores, dando forma todavía a canopes, vasijas y estatuas de los antiguos dioses de Egipto.

Pero cuando estábamos por entrar ya en el territorio fértil, pasamos por un templo, y por alguna razón la combi se detuvo, creo que el guía tenía que comprar los boletos para presenciar la actividad artesanal, porque la entrada debía pagarse.

Así lo hicimos, y mientras esperábamos que Ajmed fuera hasta allí, aprovechamos para ver de cerca el pequeño templo.

Los otros integrantes estaban cansados, yo me acerqué hasta la entrada, sin saber qué templo era, y deseando ingresar.

Era la hora de la siesta, pero el silencio era grande y el sol a esa hora -que habrá sido las tres de la tarde- enceguecía la vista con su fuerza, si bien por ser enero el calor no era ofuscante.

Me asomé a la entrada, y se me pasó por la cabeza la idea de ingresar, pero me desilusioné al instante, porque la reja de entrada estaba clausurada y el templo no podía ser visitado; el guía, desde lejos, nos decía que entráramos en la combi, insistentemente, con una insistencia que hoy me da qué pensar.

Yo me aferré a los hierros oxidados, y me asomé al interior.

Esos segundos, fueron de una intensidad difícil de olvidar, porque me choqué con algo, mentalmente, quiero decir. Psíquicamente sentí un choque muy fuerte y, de repente, los escasos momentos que mi vista penetró en el denso bosque de columnas desiertas, que creaban una sombra oscurísima, tanto más cuanto más fuerte era la luz del sol, sentí un escalofrío, y hubo un estrellarse de mi psiquismo contra un muro… la atmósfera cambió totalmente y sentí la fuerza de una hostilidad.

Algo no amistoso me embargó… fue un instante, un relámpago, unos cinco segundos cuando mucho. Se me heló el espinazo frente a ese silencio y esa pausa que vibraban entre las columnas…

Como todo templo egipcio, la oscuridad, por lo que pude percibir, se iba haciendo más y más densa al tiempo que seguramente el reciento se iba agostando hacia adentro, a medida que uno se interna en el corazón más recóndito de la construcción. Imaginé lo que debía ser entrar solo allí, enterrado en esa cavidad con semejante concentración de piedra (porque es muy macizo todo y hay poco espacio entre las columnas y los muros, a diferencia, por ejemplo de Luxor, que es mucho más elegante y esbelto en sus piedras).

Después de tanto tiempo, puedo decir que creo que mi mente, en su imaginación o casi de manera astral, se proyectó bastante más adentro de los barrotes, esos segundos, de lo que mi cuerpo pudo hacer, helado allí tras los barrotes que lo detenían… o como si un ciclón mental chupara mi conciencia hacia adentro, porque sentí casi como que una parte de mí sí había entrado al recinto desolado detrás del enrejado.

Como sea, la atmósfera psíquica que percibí fue tremenda… casi siento náuseas de horror de pensar lo que debe ser ese sitio en la noche, en su corazón más oscuro… creo que ni un Hércules de gran dominio psíquico podría permanecer impávido allí… y creo que yo moriría de horror si me viera obligado a estar en ese interior, ante esa vibración espiritual casi corpórea que vagaba unos pasos más allá de los barrotes, y que me golpeó de lleno, cuando asomé mi cabeza… extrañamente, el sentimiento es de rechazo pero al mismo tiempo me pica un hormigueo , un deseo de desafío, que me hace querer tener esa experiencia.

Varios años estuve sin saber qué templo era ese, porque no recordaba el nombre que me dijo Ajmed Riad, nuestro guía, cuando se lo pregunté.

Hace poco he descubierto que ese templo es el de Medinet Habu, el templo mortuorio de Ramsés III, famoso por los relieves de tantos cautivos masacrados por este gobernante.

Una experiencia de las más poderosas, ese fugaz momento en que solo, vislumbré desde el umbral el bosque de columnas sin un alma o, quizás en este caso, la expresión no sea correcta, y lo que percibí fue justamente una legión de seres, de inteligencias, de oleadas vibracionales mentales de seres inimaginables, que se sintieron no sé si molestos, pero contra cuya realidad espiritual se estrelló de lleno la mía durante esa siesta apacible, en el 2009.

Ojalá pueda volver a ese templo…

domingo, 29 de abril de 2012

Ubicación de la luna en El Cairo

Pocas experiencias me resultaron tan gratas como cuando me di de lleno con Oriente en El Cairo... y fue la noche de llegada, con una gema oriental como no hay otra: la luna.

Estaba ya en el taxi, intentando entender algo de la confusión que venía de afuera,... era casi la medianoche y yo embargado por el temor de lo profundamente desconocido de esa ciudad que no conocía más que por un tour breve, hacía tres años, cuando de repente, en el puente bajo el cual reptaba lentamente el Nilo, levanté la vista, y me topé con ella.

Era más oriental que en mis sueños. Una luna creciente y luminosa como un diamante, como la cóncava celosía de una ventana que se me ofrecía, prometiéndome más secretos para darme, en lo sucesivo.

Una barca delicada sobre el Nilo...

Me pareció que se entreabría el ojo de la noche, y ese semicírculo sonriente tendió, en mi fantasía, a comportarse como una pestaña mágica, la pestaña de una hurí del paraíso... que me guiñaba la promesa de una entrega total, de una satisfacción plena de placer, a mi sed del Oriente.

viernes, 27 de abril de 2012

El silencio de las dunas. Excursión en camello a Abu Sir y Saqarah, 2012 4 parte

Lo que siguió a ese frugal refrigerio entre aquellos personajes del desierto, de pieles curtidas y surcadas por anchas arrugas en un caso, mientras que los otros tres eran hombres jóvenes -uno, un adolescente casi niño aún- fue una de las experiencias más memorables que guardo en lo que respecta a climas, a ambientes fuera de lo común y al margen de lo cotidiano.

Tengo una enorme capacidad para respirar y asimilar situaciones o ambientes sobrenaturales que se desprenden de lugares y cinfiguraciones fuera de lo común, que me dejan recuerdos imborrables, que no me dejan en paz hasta que las plasmo en palabras y descripciones que retraten, a la vez, y dejen huella de lo que viví en ellas. Lo he sentido en Venecia, a altas horas de la madrugada, lo he sentido en la siciliana ciudad de Palermo, al amanecer y al atardecer, y lo he sentido en los terroríficos fondos del templo de Karnak, a la siesta... Y por cierto que se me presentó y que lo pude conjurar aquí también al mediodía, en esta desierta necrópolis de Sahura, cuando el sol se acercaba peligrosamente al cénit, en un día soleado pero fresco.

Inmediatamente después de tomar los alimentos, los dos chicos egipcios que habían sido mis guías y el anciano (que estaba allí inexplicablemente) me dejaron en compañía del muchacho de unos veintisiete años, que era estudiante de arqueología (me dijeron) y si bien no lo pude comprobar, descubrí en los rasgos de su rostro algo más educado, menos rudo que en los otros tres egipcios.

Este joven me acompañaría en la visita a la necrópolis de Sahura, que se encuentra adyacente a las pirámides de Abusir. Hubo un preámbulo interesante del egipcio, que me ponderó la visita que haríamos, sobre todo porque se trataba de un sitio a donde casi ningún extranjero es llevado y porque el lugar está cerrado, como defensa arqueológica, a visitas curiosas; se trata, en definitiva, de un lugar prohibido... pero yo lo valoré, además y sobre todas las cosas, por el ambiente que se produjo en su interior.

Poco a poco, fuimos caminando hasta el enclave, después de recorrer unos cincuenta metros hacia el desierto, a pie. Comenzamos a subir unos médanos más altos y trabajosos, y aparecieron los primeros pilares y muros de una construcción enorme y cuadrangular, flanqueada por la derruida pirámide a cuya sombra se levanta este complejo.

El joven me iba animando a adentrarme entre los pilones de piedra, y en un momento tuve que vadear un muro de peligrosa escalada, porque el muro era alto y los escalones que estaban improvisados en mordiscos improvisados en la piedra eran estrechos, y aparte porque del otro lado el nivel del suelo bajaba mucho, pero era la condición necesaria para acceder al núcleo de esta ciudad de los muertos.

La necrópolis está sumida en un detenimiento. Una cesación total de todo, hasta el aire parece faltar en el cielo que rodea a esta construcción, y la franja de cielo que recortan sus muros está como sumida en una irrealidad ominosa. Se pude sentir cierta opresión, una indefinible inminencia amenazante en esas rocas, en el patio varias veces milenario que recorrí con mi guía, que me hablaba despacio y en un confuso inglés sobre la remota antigüedad de todo lo que nos rodeaba.

Pero lo más impactante fueron las dos columnas, las únicas que sobreviven intactas, en el centro de un gran espacio abierto, como si se tratara de dos pequeños gigantes o centinelas, que forman una especie de portal interdimensional, un Stargate. Porque tal es la sensación que me despertaron, erectas, así, al vacío de un horizonte desértico, y el pavimento que las rodea, formado como está por enormes y pesadísimos bloques de granito negro, cuya función es misteriosa, ya que esos bloques parecen cumplir, en el suelo, ciclópeos e inmutables, alguna recóndita función que trasciende, por el trabajo que debió involucrar el pavimentado con sus losas, alguna función que supera el simple allanamiento del terreno.

Se trata de bloques de formas irregulares, y que por debajo de la superficie deben ser enormemente gruesos, por lo que se adivina de uno o dos de ellos cuyo grosor hacia abajo puede verse un poco.

Este piso, unido a las dos enigmáticas columnas, me hablaba de alguna magia desconocida, del funcionamiento de una puerta entre niveles, entre dimensiones, que mi imaginación dotaba de ricos detalles fantásticos.

Y en verdad que las dos columnas, las únicas que sobreviven 8cosa ya de por s´çi muy singular) junto con el piso de una piedra mucho más negra y lisa y suave, recuerdan a un pasadizo que permite el acceso a seres oo cosas de otros planos de vibración.

El guía se detuvo a explicarme el obelisco caído, donde puede leerse la palabra Sahura, cuyo jeroglífico todavía me parece ver acariciado por los morenos dedos del estudiante de arqueología, que se adentraban cariñosamente en los intersticios del bajorrelieve cóncavo, subrayados por una pintura de color amarillo.

Me pidió que lo siguiera y continuamos bajando escalones y llegando a otro patio donde los pilones cúbicos contaban con delicadas tallas, muy bien conservadas y más abajo todavía, se veía un sitio lúgubre y semihundido, donde un pesadísimo sarcófago macizo y gigantesco reposaba, con poco espacio alrededor, ahogado por la piedra de las paredes que lo limitaban. Me invitó a descender hasta allí, lugar ya peligrosamente sumido en las sombras subterráneas.

No quise, no por temor, sino porque ya estaba un poco fatigado de las idas y venidas y los vaivenes en equilibrio entre las paredes que tuvimos que trepar, cuidadosamente.

Mi guía se encogió de hombros, quizás sospechando un temor reverencial d emi parte, y desandamos nuestros pasos. No dejé de dar varias miradas en círculo al sitio, a paso lento, como para que mi guía se adelantara, y yo quedara más solo. Me asaltaron las imaginaciones de lo que ese sitio debe ser a altas horas nocturnas, un sitio peligrosísimo para el alma, sitiado por energías no precisamente amistosas... Pero por alguna razón misteriosa, yo quería demorarme, conocer más, respirar un poco más del aire paralizado que estaba como encarcelado en ese territorio, limitador del espacio y del cielo. Un escalofrío me recorrió pensando en la hipotética situación de esperar, esperar toda la noche en uno de esos patios…

Adelante había quedado el guía y cuando salimos del recinto, noté que me pedía dinero, recordándome lo prohibido que está ese sitio para recorridos turísticos, y que yo debía considerarme muy afortunado por haber podido entrar allí… no pude darle más de un equivalente cinco dólares, porque no contaba con cambio en libras, y el chico quedó muy desilusionado… debe haberse ilusionado con que le iba a dar mucho más… de hecho, me dijo que esperaba cincuenta dólares!... hice un gesto de imposibilidad, y volvimos a donde los otros dos jóvenes guías aguardaban… el viejo había desaparecido.

Monté en mi camello y continuamos, ahora teníamos que llegar hasta Saqarah, de lejos, miré como el estudiante arqueólogo se despedía con tristeza, y cabizbajo, mordiendo el fracaso y la desilusión de no haber podido conseguir más que cinco dólares por su acompañamiento.

¡Curioso este Egipto en el que lo místico y lo paranormal se entremezclan con la avidez por dinero de sus materialistas habitantes actuales!...

Yo me fui acariciando la experiencia y el encuentro con lo extraño, que, una vez más, había resucitado y ser había levantado entre los muros de la necrópolis de Sahura.

domingo, 22 de abril de 2012

El silencio de las dunas Excursión a Abusir y Saqarah, 2012 tercera parte

El silencio de las dunas
excursión a Abusir y Saqarah 3 parte

Tardamos un buen tiempo en vadear el largo cementerio. Siempre, en Egipto, los cementerios y los lugares de los muertos de los antiguos, las necrópolis, se configuran en territorios liminares que dividen aguas, energías y vibraciones, y aunque este cementerio era moderno, no se trataba de una excepción.
Aprendí en este viaje que los más pobres viven en esas tierras de muertos, que les sirven de lugar donde dormir, y a donde se les lleva limosna, ya que los parientes que visitan a sus seres fallecidos, llevan, cuando acuden, víveres para la gente indigente. La única condición es volver con las manos vacías, es decir, si alguien lleva alimentos para los pobres, no debe regresar con nada de lo que llevó; de tal condición depende que la buena acción tenga su recompensa y no sea nociva (en un sentido sobrenatural) para quien la ejecuta.
En seguida viramos un tanto, internándonos en el completo desierto. El silencio se volvió entonces diferente, fue como si se elevase al cuadrado, tornándose palpable, infinito, envolvente total. Obligó a mis guías a callarse por completo y sólo quedó el susurro del viento abovedándose en las cuencas de las orejas… no pude dejar de experimentar un súbito recuerdo, que relampagueó en mi mente en ese momento: en la cábala hebrea existe el juego cómplice entre dos vocablos que son hermanos, y que en definitiva se resuelven en el mismo concepto: los términos que vibran en semejante consonancia son palabras y desierto, devarim y midbar.
Ambas voces poseen las mismas letras, que han rotado en el eje de la palabra. Y a esta rara circunstancia se atribuye que la Palabra, la verdadera palabra, la palabra divina, profunda, que nace de la vasija de nuestro corazón y nos revela verdades trascendentes, cobra vida en el desolado silencio de los desiertos. Por eso los grandes hierofantes y taumaturgos sinceros de la Antigüedad se recluían en la vasta nada de la arena, para conjurar el encuentro con las realidades que habitan en el interior del hombre, y en ese internarse en el laberinto dey en los meandros de sus recovecos espirituales, podían regresar con el tesoro de un mensaje enérgico que pudiera mantener la antorcha en la sociedad.
Fueron pocos momentos de silencio en esa travesía en la que me bamboleaba sobre mi camello, cuyo nombre me hace reír cuando lo recuerdo, porque el joven guía me dijo que se llamaba Moisés sin que yo lo preguntara, así como generalmente suelen decir que el nombre es Michael Jackson, cosa falsa invariablemente, porque un egipcio de ley jamás revelará el verdadero nombre de su camello a un turista, temeroso del un posible mal de ojo sobre el animal, creencia que proviene de la energía vibratoria presente en el nombre, que ya los antiguos egipcios faraónicos respetaban, cuando ponían al la par del nombre esencial y auténtico, uno social, enmascarado. Protector coo un muro de defensa.
Extraña aventura ésta que yo estaba cumpliendo, preñada de recuerdos y de un intenso diálogo conmigo mismo y mis recuerdos, por las mismas arenas que surcaron el gran Moisés, Jesús y tantos otros anacoretas e iluminados, instantes apenas, pero suficientes para gustar el valor de la nada interior que nos vacía y a la vez plenifica los océanos interiores de una instancia del ser que nos llama y nos alecciona con su voz omniabarcante.
El silencio que puede ser iluminador o terrorífico, porque descubre los secretos que herméticamente llevamos en el profundo abismo de nuestras almas… yo sentí que me hubiera gustado entrar más en ese umbral que vislumbré escasamente…
Al rato divisé, a mi derecha, tres pequeños promontorios que se elevaban, ruinosos, asomando sus descabezadas cimas de la arena; estaban semiderruidos, parecían montones de piedras… eran lo poco que las arenas dejaban ver de las pirámides de Abusir.
Con sus cincuenta metros de altura que la arena había devorado y emparejaba bastante, son construcciones nada despreciables… pero están bastante mal conservadas. Pedí a mi guía que nos acercáramos, y por alguna razón se negó. No percibí temor en ese momento, aunque ahora, no sé cómo, creo que fue eso lo que lo impulso a seguir camino. Me contenté con sacarles alguna fugaz fotografía, pero más a mirar bien el extraño espectáculo de ver esos promontorios casi totalmente deglutidos por la arena, con lajas desprendidas… que lentamente el desierto terminará de asimilar a su homogénea sustancia, con el girar de los milenios. El silencio me mareaba.
Seguimos adelante. Volvimos a ladear una zona detrás de la cual, a mi izquierda, se veían casas bastante opulentas, ya que sus fondos, que daban también al desierto, contaban con buena vegetación. Volvieron a aparecer algunas palmeras y matorrales que delataban la cercanía de los poblados.
Habituados a estos recorridos, mi guía y su amigo parecían bastante aburridos, y más sedientos que yo… mi entusiasmo me había anulado la sed, y yo no había abierto mi botella de agua, que llevaba en la mochila. Me indicaron que en breve nos apearíamos y tomaríamos un refrigerio en las cercanías, esperando a una persona… yo no entendía bien a quién debíamos encontrar, pero obedecí.
Con un estridente sonido “ajjj” el más chico hizo descender a mi camello, que se mostraba renuente a inclinarse hacia el suelo, para hacerme bajar. Una vez más sufrí el doble vaivén, primero hacia atrás esta vez, y luego hacia delante del animal, que en ese doble movimiento cifraba la manera de agacharse, retorcida y complicada como es el la estructura de su enorme osamenta.
El camello es un animal protestón, taciturno y bastante rebelde, sobre todo a dejarse tocar en la cabeza y a acuclillarse, cosa para lograr la cual, su guía debe servirse casi siempre de una persuasión que le lleva su esfuerzo, en algunas ocasiones, más que otras.
Cuando se queja, el animal emite unas regurgitaciones o gárgaras profundas, de tal manera que sus entrañas parece que vibran con babas espesas turbias, que revuelve, y parece a punto de vomitar un escupitajo espantoso, pero no vi que jamás lo hiciera… es su forma de expresar que no está de acuerdo con la acción que se le solicita. El camellero debe entonces recurrir a ese sonido gutural, aj, que ejecuta para suavizar el tumultuoso carácter de la bestia.
Debo aclarar que mientras circuíamos, horas antes, los últimos caseríos, antes de internarnos en el sendero del cementerio, habíamos comprado algunos comestibles. No vi entonces qué era, porque en ese intervalo también debí bajarme de mi camello, mientras mis guías se saludaban con muchísimos amigos, uno de los cuales los hizo detenerse y se pusieron a charlar con total naturalidad.
Me dijeron que esperara, yo me puse junto a ellos, y ellos, al verme amigable, me presentaban a sus amistades, que me miraban con total naturalidad, cosa que facilitaba mi aspecto, ya que nunca me cansaré de repetir que mi rostro se asemeja al egipcio autóctono, es decir, a esas caras alejandrinas alargadas que se suelen ver en algunos retratos de las momias de Al Fayum, que es una de Las formas características del semblante a los que uno puede hallar en Egipto hoy en día, si bien hay muchos otros tipos de caras. La mía se asemeja a las del egipcio no tan cetrino, más aristocrático.
El pequeño adolescente se dirigió entonces a un pequeño puesto a la vera de una sucia acequia, donde compró en bolsitas de polietileno, recónditas comidas que luego tuve ocasión de probar, literalmente por centavos. Si yo hubiera comprado siempre estas vituallas en mi estadía en Egipto, no habría gastado más de cien dólares durante todo el mes, pero los precios para los turistas,. Y las comidas que uno compra en cualquier sitio que no conoce, siempre resultan mil por ciento más caras que para los naturales…
Vuelvo al lugar donde nos sentamos, a medio camino entre Abusir y a un paso del complejo de Sahura, una necrópolis fascinante que atesoro en mis recuerdos como lo más valioso de mi excursión en camello desde Gizah hasta Saqarah
Nos sentamos a la vera de una enramada debajo de la cual se notaba que siempre algún beduino accedía para tomar sus alimentos y hacer un descanso. Había una tela extendida, muy pulcra y limpia, que siempre, al parecer, estaba ahí.
Me invitaron a sentarme en cuclillas y aparecieron dos hombres, que nos estaban esperando: uno era un anciano muy curtido y cetrino, viejísimo y surcado por arrugas impiadosas y profundas, como tajos de un cuchillo en un tarro de betún, y un chico joven que sería mi guía por la necrópolis de Sahura, la que estaba a nuestras espaldas.
Pero primero tomaríamos un refrigero. El pequeño fue abriendo con gran lentitud las pequeñas bolsitas, de una de las cuales sacó varios panes, de otras unas pequeñas tortillas fritas con sésamo y especias verdes troceadas en pequeñísimos fragmentos que como pecas verdes recorrían la grasienta materia de cada torrejitas, que no reconocí, y de otras tres bolsitas sacó con la mano a puñados y fue colocando en el pan, que me había dado a mí para que y los fuera abriendo, el puré de garbanzos pisados y el otro, que era de berenjenas también pisadas y ahumadas.
Se me encargó con total naturalidad que yo contribuyera a la preparación de esos frugales víveres y eso me gustó, porque me sentí incluido verdaderamente en ese grupo humano de cuatro árabes, que se reunían allí a media mañana y saboreaban el placer de un ameno descanso… percibí el ambiente sagrado que se configuraba para ellos y en cuyo ámbito fui recibido, aceptado y asimilado y que me contagiaron y que vibraba en esa comida en común, sobre la arena y bajo polvorosos arbustos, y que reverberaba con el mágico eco de milenios de repetición entre esos polvorientos matorrales detrás de los cuales hormigueaban las arenas. Fue una experiencia inolvidable. Hasta me quedó grabado el humilde sabor de esas comidas auténticas, quizás las más auténticas que probé en toda mi trayectoria de un mes por El Cairo y Alejandría, sencillas, sabrosas y económicas, con el gusto casero de lo original y lo que no tiene pretensiones más que agradar sin sobresaltos ni sorpresas, el paladar de hombres comunes, como siempre debería ser. Sentí, en resumen, lo sagrado que reviste una comida en una pequeña comunidad de hombres verdaderos.

viernes, 20 de abril de 2012

EL SILENCIO DE LAS DUNAS. Excursión a Abu Sir y Saqarah, 2012, segunda parte.

EL SILENCIODE LAS DUNAS.
Excursión en camello a Abu Sir y y Saqarah, 2012. Segunda parte

Al día siguiente me presenté a la hora esperada. Había dejado una seña de treinta dólares, y no podía perderlos. Pero no me faltaron miedos que me asaltaron durante la noche, no de que pudiera sufrir ningún riesgo, sino del cansancio que me ocasionaría el viaje, de toda una jornada a lomos de camello… pero allí estaba ya, preparado, con una botella grande de dos litros de agua mineral en mi mochila, y mi cámara de fotos.
Cuando me presentaron a mi camellero, el que sería mi guía, me sorprendieron dos cosas, primero que estaba acompañado por otro más pequeño, un chico de unos 14 años, y además… ¡que ya lo conocía! había sido mi camellero en mi breve excursión del año 2009, cuando salí por primera vez solo, y quien, en ese entonces, a su vez, me subderivó a un empleado suyo… él no me reconoció al principio y en mi mente el recuerdo pasó como un fogonazo, de manera que aunque su aspecto me pareció familiar, fue más tarde que confirme que ya lo conocía.
El camellero jefe, el misterioso personaje de los ojos inyectados en sangre, me despidió, solicitándome que no le diera dinero a ninguno de los dos que me acompañaban, ni al que yo conocía ni su ayudante, pues ya él, como su contratador, se había encargado de pagarle la parte que les correspondía… ¡ardua dificultad la de no dar más y más libras egipcias a estos pedigüeños!...
Ya sobre mi camello, bien firme y acomodado sobre la silla, que parece al principio muelle y segura, el camello hace el doble envión que caracteriza su puesta en marcha: primero hacia adelante, movimiento brusco y que parece que nos va a obligar a caer de bruces sobre su cabeza, con el cual me veo obligado a asirme fuertemente de ese pequeño sostén que se halla en la parte delantera de mi silla, revestido de cuero sin curtir y que deploro por ser tan pequeño, ya que debería ser mucho más protuberante, y luego el animal hace el envión más tranquilo hacia atrás, con el que levanta la totalidad de su enorme mole, nervuda y huesuda, comenzando inmediatamente a caminar o, mejor dicho a bambolearse en un barroco vaivén que parece seguir el ritmo de una majestuosa y soñolienta marcha para un representación barroca de Lully.
Lo primero que me pregunta el joven más grande, aquel que yo ya conocía, es si deseo ir por zonas pobladas, con escuelas, árboles y niños, llenas de alegría -según dice en su duro inglés- o por zonas totalmente desérticas. Le respondo con otra pregunta: si es posible dividir un cincuenta y un cincuenta por ciento, y asiente, feliz, al parecer, de que no quiera ir por el desierto en todo el recorrido.
Comenzamos vadeando la zona del barrio de Gizah, y enseguida aparecen pequeños y agradables sotos poblados de árboles de mangos, palmeras y otros frutales, que llenan de verdor las casas… me encanta que los grupos de casas no sean tan regulares en su distribución y ubicación como en la zona que vamos dejando, ya que todo adquiere un sabor extraño que me parece similar al que deben haber tenido los poblados no tan simétricamente delineados en Europa en épocas muy antiguas… los grupos de árboles son amplios, y rodean las pequeñas y humildes viviendas por adelante, atrás y los costados, y el camino serpentea simpáticamente por esos macizos de vegetación fresca y suave… en algunas partes, hay plantaciones de hortalizas de un verdor esplendoroso, alimentadas por acequias que se llenan del agua del Nilo y que otorgan a esas áreas un tono lleno de vida… luego aparecen mangos cargados de frutos, palmeras pequeñas y algunas de las otras, las enormes, monumentales y rectas, regias, que son aquellas que deben haber inspirado aquel pasaje de la Biblia que dice el justo crecerá como palmera…
La brisa es fresca y húmeda, y todavía se respira el suave y húmedo aroma de la mañana; aunque el sol está esplendoroso, como estoy visitando El Cairo durante enero, el clima es benigno, y la amplitud térmica y la ausencia de mucha humedad hacen que las noches y los amaneceres sean bastante frescos.
Después de andar por este encantador grupo de casitas y de plantaciones y árboles, en medio de la sombra y los follajes que la temprana mañana acaricia con serenidad, llegamos a una zona más descubierta.
Sorprenden en las paredes los dibujos y graffiti coloridos, con camellos, caballos ingenuamente trazados, y dotados de adornados jaeces, trazados con una mano y un aire que jamás podría conseguir alguien que no pertenezca a este mundo árabe, porque hay detalles insignificantes, en la configuración de los cuerpos, en los movimientos, en los ojos y en cosas inexpresables de los animales pintados que nos dicen que estamos en el territorio de la luna, y no en el territorio de la cruz…
Hay gran calma en el ambiente… los pájaros deambulan tranquilos, vagan ociosos los ibis, pululan los gorriones revolcándose en el polvo, y los halcones describen círculos en lo alto… se respira una paz que a menos de tres kilómetros se convierte en un gentío hormigueante y alocado… noto la diferencia y la disfruto, y me viene a la mente un pasaje de Ariosto sobre el Cairo, cuando Astolfo, en su viaje de arribo a Occidente, se detiene aquí en el hipogrifo, y lo primero que le sorprende de El Cairo es lo mismo que asombra a cualquier occidental de hoy: la muchedumbre y la marejada humana de su geografía, enclave populoso y floreciente, puerta y bisagra que abraza a Oriente y a Occidente… me siento hermanado con ese pasmo ariostesco, que subraya en el canto 15 del Orlando una ciudad de El Cairo donde, a pesar de que abundan las construcciones de dos y tres pisos -raras en la época de Ariosto- gran cantidad de personas duermen en las calles, cosa que hoy en día, por el contrario, no se ve tanto, si bien el hormigueo no es menor, sobre todo de chicos, niños púberes, de gente pujante y llena de energía, risueña y que siempre parece bondadosa y servicial, un tanto libidinosa y carnal, supersticiosa aun en medio de este siglo XXI...
Poco a poco noto ya que las bocanadas de aire se van volviendo más secas, entre los grupitos de casitas humildes, y a sus espaldas comienzan a vislumbrarse las primeras ondas de arena y el desierto final que todo lo abraza.
Antes de disolvernos fatalmente en el desierto, atravesamos un caminito que se interna por un cementerio musulmán, larguísimo, que divide, como siempre sucede en Egipto, el mundo de la vida y el mundo del silencio.
Los cementerios árabes son caracterísiticos: son ´pequeñas casitas de adobe blanqueado como si fueran hornos de pan, con compuertas de hierro que dan a su interior, siempre están a ras de tierra, de manera que parecen pequeñas grutas con cúpulas en miniatura, donde descansan los seres queridos.
Sin embargo, las fotos, las flores, que adornan los pequeños mausoleos, el sentimiento y las inscripciones, aunque ciegas para mi ignorancia del árabe, me dicen que el sentir ante la pérdida de los seres queridos es la misma en todas partes, que la añoranza y el amor son ubicuos, que estos egipcios son mis hermanos en su humanidad, tan doliente ante lo inexplicable de la muerte como cualquier habitante de este planeta, y que el dolor tiene su asiento y su nido en todas las naciones de la tierra, tanto como el afecto y el recuerdo de lo amado.
Un súbito silencio se percibe en el ambiente, embarga incluso en su tristeza mi guía, que adivino sumido en el mismo sentimiento de respeto que me embarga a mí, en ese pasaje que se aleja del mundo de los vivos y comienza a acercarse al blanco y total silencio del la arena, del silbido del viento, del sol que cae a plomo y de la vista que se pierde en la ondulaciones de arena finísima y lejana, estrellando al hombre de lleno con su propia interioridad, con sus fantasmas, con las miserias y los demonios o los ángeles y la beatitud de su propio interior
Mi marcha es suave y me siento cómodo sobre el camello. Mi guía principal va a caballo, mientras que el chico casi niño que es su asistente, que cuenta con un bozo incipiente en sus bigotes y al mismo tempo un aire aniñado, que lentamente se está afilando en los rasgos de un muchacho adolescente, va caminando adelante… su paso es lento, cansino, parece agotado, si bien la travesía recién tiene dos horas.
El pequeño de 14 años va totalmente callado, pero mi guía habla, en un inglés duro, aunque quizás más moderno que el mío, porque es un inglés aprendido en la vida práctica del contacto con los a curiosidad de los turistas, mientras que el mío, en cambio, ha sido aprendido en textos literarios que no saben de órdenes prácticas ni de solicitudes habituales, cómodo en las melancolías victorianas donde lo vengo abrevando… me voy acostumbrando a su timbre y acento y empiezo a conversar más con este jpven que debe tener unos veinte años.
Es aquí que me cuenta que por su propio esfuerzo, aunque no ha ido a la escuela, ha aprendido desde los seis años el inglés y -dice- el ruso, porque las mujeres rusas (cuando lo dice me parece que saborea la belleza de lo que para él son mujeres ardientes) acostumbran visitar Egipto en grupos de amigas.
Parece orgulloso, a sus 21 años (me revela su edad), de lo que ha conseguido y de cómo se gana la vida manejando su camello, guiando siempre grupos de turistas, con lo cual sostiene a su familia, formada por su {única esposa (para qué dos -protesta- si todas las mujeres son iguales por dentro -recalca- y se ríe, ufano de su chiste subido de tono y tan carnal….
Me sugiere que le parezco familiar y que de algún modo ya me conoce de antes, si bien no se explica cómo puede ser. Entonces confirmo la familiaridad que yo había sentido también antes y le digo que eso también me parecía a mi respecto de él, y que ahora compruebo que mis sospechas eran ciertas: es él quien tres años atrás me ha guiado también en una excursión mucho menor, y le digo que es mi segundo viaje a Egipto, cosa que a él le parece extraña, pues no está habituado a turistas que regresan dos veces a Egipto.
Lentamente van espaciándose las tumbas y ya nos recibe con sus brazos infinitos el desierto. Han pasado unas tres horas desde que comenzamos el viaje a Saqarah.

EL SILENCIO DE LAS DUNAS. Excursión en camello a Abu Sir y Saqarah. 2012. Prrmera parte

El silencio de las dunas En mi primera estadía en Egipto, que fue previsiblemente turística y en la que hice los recorridos que una visita guiada ofrece (nada despreciables, por cierto, si se trata de un tour hasta Abu Simbel que recorre los templos a la vera del Nilo), me hablaron de una inquietante excursión en camello. Recuerdo que yo había hecho en mi primer encuentro con Egipto la consabida y trillada vuelta de una hora y media por los alrededores de Gizah, en camello, sin alejarme demasiado de las pirámides, aunque no falta alguna anécdota de esa experiencia, que narraré en otra ocasión. Pero no dejaron de quedarme grabadas las palabras que aventuró un guía, en aquella primera vez. El buen egipcio, llamada Ajmed Riad, minimizó la hora en camello y cuando muchos de los viajeros de nuestro contingente le contaron orgullosos que se habían animado a montar un camello (cosa que otros no tuvieron ánimo para emprender), Riad rió entre dientes, y nos comentó acerca de que no era un gran desafío el viajecito de cuarenta minutos o una hora en camello, rodeando la esfinge y las tres pirámides mayores… _Quien realmente quiera conocer lo que es viajar en camello y saborear el desierto -dijo-, que se atreva a la excursión a Saqarah. Son doce horas o un poco más, todo un día, en camello desde Gizah hasta Saqarah (distante unos 50 km. de Gizah, por el desierto, costeando los poblados). Me quedó vibrando el desafío, y lo atesoré en mi corazón como algo pendiente que siempre había querido realizar. Entendí que era una oferta para conocer realmente el paso del camello, y un bocadillo para saborear realmente lo que es andar por el desierto. A pesar de ello, tuve que resignarme a guardar en mi mente la propuesta, y mi viaje siguió curso a través del crucero por el Nilo, luego de lo cual desistí de emprender ese atrayente recorrido. Tres años después he regresado al asiento de los monumentos imperecederos de los faraones, y quiero comentarla experiencia, que resucité y a la que di vida, deseoso de responder al desafío que Ajmed había formulado a quienes, en su inocencia, se creían osados por haber hecho una hora a lomos de camello, en su turístico paseo por el complejo de la Gran Pirámide. Por mi cuenta, ya sin las ataduras de guías, programas ni tours, fui a la zona de los camelleros, que se encuentra en Gizah, detrás de la muralla que rodea el comenzar del desierto, un barrio humilde pero muy pintoresco y original, auténtico, poblado por gente menos citadina que la de El Cairo, y donde se respira el aroma de lo verdadero, de las personas que conviven con los lindes del verdadero desierto y el silencio nocturno que mira hacia el misterio de las pirámides, ese límite entre el mundo moderno y umbral a la magia de los paredones inclinados de las grandes pirámides, donde todavía los adelantos de la modernidad pueden atravesar. Recomiendo esta parte posterior que a manera de media luna, vadea como una cuenca la zona de las pirámides. Las calles son de tierra apisonada y el viajero se topará con caballos, camellos y burritos, pastando su forraje, y esperando plácidamente las órdenes de sus amos. Pasan carros y expertos y rudos jovencitos que apuran a sus camellos, a un paso que sólo puede hacerlos adquirir quien esté avezado al bamboleo camellar… El suelo está lleno de deposiciones de los animales, y hasta puede verse algún enorme buey despanzurrado en algún rincón, con nerviosos grupos de gallinas, ibis, junto a los que, a veces, hay perros siempre grandes, huesudos y pajizos, de orejas tiesas, que conviven pacíficamente. En resumen, se nota que esta gente que vive en el barrio de Gizah, ciñendo el último confín de El Cairo actual, tiene connotaciones de autenticidad que unos cientos de metros más allá hacia la zona del tráfico terrible y malsano, ha perdido. La placidez de todo es evidente y se palpa, sobre todo después de haber sufrido el fárrago de las avenidas de la ciudad, casi infranqueables por los autos. Fue aquí, donde se asientan los locales donde están los contratantes de los camelleros, hacia donde me dirigí, y lentamente expuse mi deseo, mi anhelo de hacer el recorrido hasta Saqarah en camello. El patrón del lugar donde ingresé tenía unos ojos únicos, de mirada impresionante, que se clavaban como dagas tranquilas en la carne del alma… parecía más un nigromante, un hechicero, que un contratador de camellos. Ambos ojos parecían brasas rojizas en sus cuencas, resaltaban por el contaste con la tex muy cetrina y oscura, como esmerilada por las arenas. Miraba desde adentro, y desde sus cuencas saltaban lo que parecían chispas de sus sanguinolentos ojos. Una mirada única, la mirada de las dunas, de la noche, la mirada que sólo un hombre que ha pasado interminables noches ea la vera de ruinas inexplicables, en la desolación del desierto, puede tener… Cuando le formulé en mi balbuciente inglés mi proyecto, trató de no inmutarse, pero noté que para mí era peligroso el recorrido que quería hacer y quizás dejó escapar su impresión de que era bastante rudo para una persona que nunca montaba animal alguno, el pretender ir hasta Saqarah en camello, pero noté que trató de acallar su reacción, sea para no perder el negocio, sea porque para él no consistía en un verdadero desafío, aunque lo sabía así para quien no estaba habituado a cabalgar ni a dejarse llevar por animal ninguno casi nunca, como realmente era mi caso. Yo permanecí forme en mi petición. Regateamos, Por ochenta dólares, aceptó. Debía presentarme a la mañana siguiente bien temprano, a las seis y media de la mañana, para salir a las siete, y él me esperaría allí con el joven encargado de acompañarme en el trayecto, que duraría unas seis horas de ida y otras seis de vuelta. Me aconsejó que prestara atención y que hiciéramos parada para desayunar en Abu Sir, porque el lugar valía la pena, y realmente así fue.

domingo, 15 de abril de 2012

Mi segundo viaje a Egipto, 2 de enero de 2012.

Mi elección de la fecha del pasaje para mi segundo viaje a El Cairo obedece a razones económicas. Mientras que el pasaje ida y vuelta con escala en Madrid para cualquier fecha posterior al primero de enero ronda los 3100 dólares, el pasaje ida y vuelta por Iberia el día 31 de diciembre de 2011 es de 1800 dólares (¡!) unos 1200 dólares menos...

Los días previos estuve muy nervioso, llegué a pensar en devolver el pasaje, porque consideraba una locura llegar a El Cairo sin más ni más, habiéndome forjado una vana fortaleza en base a un viaje tres años atrás, en tour.

Pienso con terror en ese momento en que, después de arribar a un aeropuerto donde esta vez nadie me estará esperando, deberé ingeniármelas para buscar dónde se saca la estampilla para la visa, habiendo previamente buscado un lugar donde cambiar dinero -dólares por libras-... la cosa se me hace más difícil cuando pienso que la hora de mi arribo será aproximadamente las 10 de la noche, y tengo miedo de que no haya casas de camio abiertas, y de que tenga que esperar allí hasta el otro día para cambiar divisas, y así poder comprar la estampilla del visado, además de obtener algun dinero para tomar el taxi hasta el centro de la ciudad, o hasta el hotel donde tengo reservadas mis cuatro primeras noches.

Pero saqué fuerzas de flaqueza y me decidí, si bien la noche previa a la del viaje luché con muchos miedos internos, y a pesar de que venía durmiendo mal desde hacía casi una semana, con el pensamiento constante de los mil inconvenientes que podría tener durante el viaje.

Finalmente llegó el 31 de diciembre.

Ya el viaje en el auto de mi padre me pareció largo, y me embargaba el nerviosismo de sentir pasar los minutos con una mezcla de sensaciones entre las cuales se debatía el querer emprender mi viaje, y por otro lado no queer separarme de mi madre y de mi padre, que estaban bastante nerviosos también... finalmente llegamos a la estación de buses (mi viaje a Buenos Aires desde Córdoba, por un mero capricho y por deseo de torturarme, o quizás por la soberbia de comenzar mi periplo casi con diploma de mochilero) fue en colectivo, cuando por unos cuantos billetes más, debería haber ido en avión.

Llegué acalorado y cansado a Buenos Aires, por supuesto, casi sin dormir durante el trayecto.

Bajé en Retiro y, caminando, llegué hasta la estación de Tienda León (la empresa de buses que hace el recorrido desde Retiro hasta Ezeiza) que está al frente del Sheraton, cerca de la torre de los ingleses. De allí, el viaje a Ezeiza, el aeropuerto de Buenos Aires, dura una hora y media aproximadamente, y después de media hora de esperarlo, tomo al fin el colectivo de Tienda León a Ezeiza.

Ya en el aeropuerto, debí esperar cinco horas, conozco allí a una mujer de seguridad que reconoce mi acento cordob´s y me habla de que ha vivido varios años en Córdoba, si bien yo no percibo en su fuerte tonada porteña, rastro alguno de acento cordobés; sin embargo, es vidente que ha vivido en Córdoba pues conoce de los barrios, e incluso ha vivido cerca de mi vecindario, según me cuenta.

Después de un viaje en el avió agotador donde una mujer que iba a Israel me hartó con su cháchara, llego a Madrid. En el avión conocí dos señoras judías, la que me perturbó con su lengua incansable y otra que estaba unos asientos más lejos, con sus dos pequeños hijos, más joven que la que hablaba conmigo cuyo hijito de aproximadamente ocho años, cuando el avión aterrizaba en Barajas, rezaba con bastante fervor... En Barajas, intento ocultarme de esa señora que me había platicado con latosa insistencia durante casi ocho horas, para que no siga con su pirotecnia verbal cansadora y anodina... debo esperar unas seis horas en Barajas... pasan lentamente, más lentamente que las horas anteriores de espera, como es lógico.

Finalmente, abordo el avión a El Cairo a eso de las 18 hs., con una buena noticia: he conocido a una chica de New York entre la gente que esperaba el avión a El Cairo, y ella va por vez primera sola a Egipto, como yo. Es instructora de danza árabe, y la espera en El Cairo una amiga a la que conoció en New York. La chica parece amable, dice llamarse Leona.

Me siento aliviado al compartir el avión con alguien que sufre las mismas zozobras que yo, y cuando, después de un vuelo sin novedades llegamos, nos dedicamos a pagar la tasa de la Visa.

Yo estaba nervioso, porque no llevaba dinero de Egipto, y por suerte pude cambiar velozmente, al lado del lugar donde combpré la estampilla del visado.

El trámite del estampillado duró poco, y el militar que me colocó la hermosa oblea en el pasaporte era amable, y no se perturbó lo que yo no entendía nada de árabe.

En realidad, el movimiento en el aeropuerto de El Cairo fue tranquilo, y no hubo contratiempos, pensé que la experienca sería mas dura, pero todo estaba muy organizado, las colas, los lugares a donde se dirigían los viajeros, y no se trata de un aeropuerto perturbador ni abrumador, como la mayoría de los grandes aeropuertos europeos...

Al salir, (siempre trato de no perder de vista a la chica, Leona, poy cuyos comentarios ya me he dado cuenta que el tipo femenino de 40 años de New York es siempre el mismo: una mujer bastante desenfadada y maleducada que cree que todo debe suceder según su gusto y placer) decidimos tomar un taxi juntos.

Apenas salimos, y eran ya casi las 22:30 hs.; nos acosa una turba de taxistas, pero especialmente uno, cuyo taxi no se encontraba allí. Según Leona, se trata de una limusina (lo que en Argentina llamamos remis) lo que este gordo árabe nos ofrece, pero tendremos que caminar 50 metros... si hubiera sabido el carácter que posteriormente mostraría este chofer, debería haber tomado un taxi de los primeros que se hallan en la puerta, pues el suyo se trata de un auto desvencijado particular, por eso no estaciona cerca del aeropuerto, en su inmediata salida, digamos... es una experiencia para tener en cuenta en otros viajes, en cualquier lugar del mundo.

Le digo mi dirección del hotel, y también le da su dirección la bailarina neoyorquina. Pactamos un precio de 300 libras egipcias.. cada uno pagará 150... lo cual me parece conveniente, pero no tardaré en darme cuenta de que el taxista no respetará el acuerdo.

No entendíamos nada, ni Leona ni yo; mientras el taxista hablaba en el móvil, ella protestaba porque lejos de ser una "limousine" el vehículo era un auto bastante desvencijado... finalmente el taxista le ofreció el celular para que ella llamara a su amiga que la estaba esperando, de manera que esta amiga luego se comunicó con el taxista (era ciudadana egipcia) y le dijo bien la dirección en árabe.

Bajo una luna de cuernos tremendamente afilados, como sólo puede ser concebida en algún relato de las mil y una noches, que me hizo sonreir e ilusionar cuando la ubiqué por casualidad en el cielo, cerca de un puente que daba al enorme Nilo, y en un cielo bastante límpido, vamos en el taxi, yo muy nervioso, Leona también, por suburbios del extenso territorio de El Cairo... en una ruta que va por zonas tremendamente abigarradas, de construcciones muy juntas, en seguida queda ya lejos el centro, y luego de haber recorrido un camino por grandes avenidas... el taxista vuelva a llamar a la amiga de Leona, porque la dirección es bastante recóndita.

Luego de laberínticas vueltas, llegamos a uno de mil condominios donde la amiga está esperando en la puerta de su departamentito, cuya entrada es una reja de retorcidos hierros, a Leona.

Yo bajo y aprovecho para orinar, pues estoy muy muy necesitado, detrás de un árbol. Ella me despide, nos damos los teléfonos y las direcciones de donde estaremos (yo de mi hotel), y yo sigo camino con el taxista.

Subo adelante... porque así me lo solicita el obeso musulmán. La cosa no me agrada, pero acepto.

Ya arriba, se empeña en ofrecerme, mientras seguimos viaje, palitos de pan, grisines... y siempre que me habla me golpea la rodilla en son de confiaza; es rudo, es su forma de ser, y cobro confianza porque parece amable, sin ninguna intencion de hacerme daño.

Me suelto, ya falta poco para llegar a mi destino. Entonces, mientras seguimos viaje (yo le había dado la dirección del hotel, en la avenida Melek Féisal, el Delta Khaoub Pyramids, a veinte cuadras de las pirámides, en la región de Ghiza) el enorme gigante musulmán, grasoso y bastante vulgar, me recalca varias veces lo lejos que se encuentra (y así es, pues el trayecto total desde el aeropuerto ha sido de más de una hora y media), me dice en su mal inglés que no es un buen hotel pues no se halla en el centro de El Cairo... con el pasar de los días, tendré ocasión de darme cuenta cuán lejos está del centro, pero como mi meta principal en El Cairo son las pirámides, nada mejor que este lugar, que se ecuenta a menos de veinte cuadras de la única maravilla en pie del mundo antiguo, en la lejana Ghiza, un barrio o suburbio de El Cairo realmente de los más alejados (y uno de los más pintorescos, humildes y sin demasiados cambios del progreso) del centro... a una hora aproximadamente, al tiempo que ya el centro de la ciudad se encuentra a una hora del aeropuerto.

Sin embargo, como todo el trayecto ha sido hecho de noche y con poco tráfico, el viaje total ha sido de una hora y cuarenta minutos, solamente.

Súbitamente acontece algo extraño. El taxista me pide 200 libras de repente por todo el viaje, no 150. Me enojo y le digo que no habíamos pactado eso, y empieza a motrar una facta menos diplomática. Me ofrece frenéticamente más palitos de pan, pero está firme en su solicitud de que deberé pagarle 200 libras, no 150.

Conemzamos a discutir, yo le digo que no cuento con más dinero... y entocnes se pone francamente agresivo; decido, tratándose de mi primera noche, acceder a su deseo, y por suerte contaba justo con doscientas libras, que me quedaban después de haber cambiado en el aeopuerto, todo lo otro lo tenía en dólares... y muy escondido.

En un momento dado saco una lapicera, y el taxista se amedrenta, entiendo que tiene miedo de que yo intente hacerle algo con ella (!) la guardo al instante, porque mi única intención era sacar el dinero que tenía en el bolsillo, donde también estaba la lapicera... me ofrece más grisines....

Le pago, y me deja en la puerta del Delta Pyramids, son las doce de la noche, poco más o menos.

Llego a mi soñado El Cairo contento, al punto de que la leve discusión con el taxista no puede empañar mi contento por estar sano y salvo en mi destino, después de un viaje tan largo.

Me reciben bien en el hotel. Muetro mis credenciales y mi reserva, le doy una pequeña propina al botones y acomoda mis cosas en la habitación.

A pesar del larguísimo viaje, durante el cul no he dormido nada, es tan grande mi entusiasmo, que decido caminar por esa arteria ancha de El Cairo que es la avenida Mélek Féisal, ya que si bien son ya las doce y media de la noche, hay hombres en los cafés y hay bastante movimiento, aunque se percibe que es un movimiento menguado y nocturno.

Tengo hambre y como un pequeño bocadillo de carne de cordero en un pan árabe, por casi dos dólares, en un puesto callejero...

A pesar de que no se ve mucho pues está oscuro y no logro divisar las imponentes pirámides, siento el golpe fascinador de lo diferente.

Lo que más me asombra son los cafés con los hombres jugando al backgammon en enormes tableros, con sus tiradas de dados, muy ruidosas, y los narguiles, junto con los braseritos minúsculos y tan extraños en donde arden los carbones para los aparatosos yalambicados aparatos con mangueras que usan para fumar sus líquidos aromáticos. Me recuerdan los recónditos matraces y destiladores de los alquimistas, tales como los que debe haber usado Zósimo, y María la judía, dos mil años antes, en Alejandría.

La gente parece calma y alegre, sin ser demasiado bulliciosa.

Después de recorrer varias veces la calle, decido ir a descansar.

En total, mi agotadora peripecia ha sido formada por:

Cuarenta minutos de auto de mi hogar hasta la estación de buses de Córdoba
Una hora de espera del colectivo a Buenos Aires.
Doce horas en colectivo de Córdoba a Buenos Aires.
Cuarenta minutos en la estación del bus de Tienda León.
Cuatro horas de espera en Ezeiza.
Doce horas de vuelo hasta Madrid.
Seis horas en el aeropuerto de Barajas.
Cinco horas en el vuelo hasta El Cairo.
Dos horas en el trayecto desde el aeropuerto hasta el hotel.

Me duermo feliz, y esperando ansioso la llegada del nuevo día.

jueves, 8 de marzo de 2012

Acerca de los caracteres diferentes, en otras lenguas

La escritura griega, cuadrada, se parece a rígidos moldes lógicos, horizontales y verticales trazos de los recorridos de la razón, límpidas columnas de erguidos mármoles... el alfabeto de letras latinas, con sus mayúsculas desconectadas, se parece a un desfile de romanos estandartes en los triunfos de las orgullosas cohortes; la hebrea, a llamas de fuego que descienden entre consteladas estrellas del cielo... y las arábigas, a zarpazos de djinns, a energías mágicas trazando felinos recorridos de fuego en el desierto.

Caminos, viajes, sueños y la vida

En los viajes, los caminos polvorientos nos recuerdan que también nosotros, los hombres, estamos hechos de polvo. Una y la misma es la sustancia de los viajes, los caminos, los hombres y los sueños.

La sordidez de las callejas de El Cairo

Siempre parece que todo esta a punto de venirse abajo en las callejas de El Cairo... como si lo único estable fueran las pirámides, como si ellas, mágica y astutamente, le hubieran robado a toda la ciudad su fundamento y su firmeza, dejando flotar entre la bruma y oscilar en la precariedad de sus maderas, de sus adobes, de sus balcones, de sus celosías, el peso de tantas masas agregadas las unas sobre las otras, como si las casas fueran panales misteriosos y superabundantes, en el falso equilibrio de su desconfianza oriental...

Viajes, deconstrucción y reconstrucción, y Jung.

En los profundos encuentros conmigo mismo que emprendo durante mis viajes, aprendí a reconstruirme, a encontrar mi arquetipo de perfección, a esculpirme espiritualmente y a afianzar mis pasiones internas.

Una búsqueda helicoidal, como si se recorriera un laberinto, y donde las vueltas en torno a un centro hipotético y anhelado van acercándose cada vez más a ese zenit, hasta que lo enfocan... la tarea de la individuación que postula Jung, el recorrido del héroe que debe conocer sus monstruos internos y domesticarlos, para uncirlos al carro de su alma, antes que destruirlos.

Ese trabajo y ese viaje, que consisten en una lenta reconstrucción y reordenamiento de los fragmentos dispersos que, de uno mismo, están en nuestro interior, es una de las metas que me impongo en mis travesías.

Porque la fricción con el medio social resulta desgastante, sobre todo para aquellos que atesoramos un tipo psicológico introvertido y reflexivo, y que somos quienes más gastamos energía cuando se trata de luchar e interactuar con el mundo exterior.

Ese intercambio produce una segmentación y una deconstrucción que solamente puede remontarse por un camino inverso, en una labor interior de indole alquímica, sutil, con delicadísimos dosajes de mezclas donde intervienen sustancias espiritualmente volátiles y de difícil obtención y atesoramiento.

Los viajes son uno de los métidos má productivos para desandar la disgregación de las tareas cotidianas y sociales más profanas, que son como vientos destructivos para la calma del ánimo interno.

Regresar a la foresta amable y a su penumbra vespertina, plena de esa luz opalina que sólo el útero puede representar en el mundo físico, o los atardeceres y amaneceres, entre las frondas de una espesa arboleda o una caverna... entendiendo y palpando como suaves terciopelos las inclinaciones, los ideales y las utopías que me encienden.

Esa decantación, ese refinamiento son lo que me permite rearmarme, ensamblarme y darle flamante cohesión a mi espíritu, y por eso mis periplos de viajero son solitarios, en su mayor parte.

Levantar la imponente arquitectura interna de mis palacios mentales, afectivos y de comprensión del universo, tal es el primer motor y norte de mis viajes.


Diego Márquez Robledo

jueves, 1 de marzo de 2012

Una momia viva

El primer día de mi segunda visita a El Cairo, lo primero que hago es correr hacia las pirámides.

El hotel estaba muy cerca (unas veinte cuadras) y por supuesto, me impongo el desafío de llegar caminando.

Después de llegar hasta el final de la gran avenida Melek Feisal, llego a una avenida perpendicular que daba a unos campos cuyo terreno estaba bastante bajo, llenos de árboles polvorientos.

La recorro hasta llegar a otra avenida paralela a la Melek Feisal, que es la avenida que llega directamente hasta el complejo de las pirámides, a la izquierda. Es un boulevard.

Impaciente, pero temeroso de perderme en ese laberinto y ese hormiguero humano, voy grabando en mi memoria lugares que luego, de regreso, me sirvan para volver a mi punto de partida, mi hotel.

¡Qué gozo cuando entro una vez más y saludo a mis pirámides! por supuesto, sin dudarlo compro el billete para ingresar en la gran pirámide... pero antes quiero caminar tranquilo por entre los monumentos más célebres que han quedado de la Antigüedad, los más misteriosos, los más titánicos...

Despues de dos horas, decido entrar a la gran pirámide.

Por supuesto, hay que dejar la cámara en la entrada, y muchos turistas son desconfiados... no les niego la razón, porque Egipto parece inseguro la primera vez que se lo vista... pero yo ya he estado y sé que los egipcios sólo son insistentes para obtener un poco de dinero, pero raramente sucederá que alguien sea despojado por robo de su dinero, solamente se apelará a la insistencia y al desconocimiento de los precios por parte del turista, no al hurto.

Dejo mi cámara, sabiendo que al salir del corazón de la pirámide estará, porque el cuidador es honrado y la policía, estricta y severa.

Así rehice el oscuro sendero que en el 2009 había hecho. Cuando llego a la cámara del rey, no había nadie. Deslizo mis manos por las fantástica lisura de esos bloques, pasmosos por su perfección y, una vez más, acaricio el cofre de granito.

Inevitablemente, vuelve a mi mente la vieja certeza: aquí estuvo Alejandro, aquí César, aquí Moisés, aquí quizás hasta Jesús... y regresa mi ferviente deseo de pasar una noche entera en esa cámara, yo solo, para obtener tal vez fantásticos poderes espirituales, o una iniciación única, o la revelación de secretos místicos imponderablemente valiosos...

Enseguida aparece uno de los guardias, deseoso de una propina a cambio de contar cosas casi obvias sobre la cámara...

Yo le pido, en cambio, que me deje recostarme en el cofre, en el milenario sarcófago de granito, que debió ser colocado allí antes de que la pirámide fuera terminada, cuando los rayos del sol todavía besaban esas piedras, pues no entra por ningún corredor...

Me deja, a cambio de diez libras. Las pago gustoso y, todavía asombrado de lo que estoy por hacer, entro en el cofre y me coloco en posición faraónica.

A los cinco minutos entran algunas personas y se asoman al cofre! Ahogaron unas risitas nerviosas cuando me vieron salir súbitamene del sarcófago, y por un momento me causó risa la situación.

Fue un instante que recordaré toda mi vida... reposar en ese sarcófago donde, si es cierto qu la gran pirámide es una máquina de evolución espiritual, yació allí también Moisés, tantos faraones, tantos líderes, tantos magos, hierofantes, taumaturgos, profetas, ascetas... algo fuera de este mundo!!!

Guardaré en mi memoria como uno de los recuerdos más preciosos esa experiencia que tan pocos pueden decir que concretaron.

Diego Márquez Robledo.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Principados diferentes

Entre los espíritus de las jerarquías celestes -asegura el pseudo Dionisio el Areopagita- los Principados son espíritus bajo cuyo cuidado están las naciones de la tierra... y eso parece verse en las diferencias de los territorios y los países que se recorren en los viajes, a juzgar por un aroma indefinible de todo lo que rodea el cielo bajo el cual nos movemos, así como sus pulsos personalísimos...

Aunque peque por caer en lugares comunes, no quiero dejar de remarcar que El Cairo produce un fuerte choque con lo maravilloso, y el encuentro con lo impensable, para la mentalidad occidental.

Una de las primeras reflexiones que saltan a nuestra mente es cuán abigarrada, distinta y laberíntica puede ser una región de otra en este mundo... donde si uno aguza los sentidos, observa con perplejidad que hasta las piedrecillas del camino son diferentes (hay basalto, caliza y alabastro), que hasta las configuraciones de las nubes son particulares y parecen trazar caracteres que expresan cosas en otra lengua, pues se nota que sus disposiciones en el cielo obedecen extrañamente a leyes diferentes de aquellas a las que estamos acostumbrados; incluso me atrevería a decir que aun el ladrido de los perros tiene un sutil toque distinto, si no en el ladrido en sí (y quizás en eso también), en la nerviosidad y el ritmo con que ladran.

Los rostros humanos no sólo son diferentes en los rasgos faciales, sino en las desacostumbradas anomalías, en la forma en que el vello va apoderándose del rostro de algunos individuos, la manera en que las manchas tiñen los dientes, los gestos, la particular entonación de los vocativos para llamar al prójimo, el agua de las risas, las sinuosidades y los pliegues que las grasas ocupan en los cuerpos y las caderas, y hasta la tenacidad de las moscas en su descarado estorbo.

Los sabores y olores no solamente son diversos de los occidentales sino que además, y más inquietante que eso, es la poderosa coherencia en su lenguaje, que dice algo a coro, siempre lo mismo, extraño, subyugante, maravilloso...

Todo obedece a otros caracteres, a otras aspraciones, a otros recónditos ideales, a otra geometría, a ora simetría, y parece digitado por inteligencias y espíritus diferentes de lo que esas mismas cosas siguen, los lugares a los que estamos habituados en Occidente.

Diego Márquez Robledo.

viernes, 24 de febrero de 2012

Vida y libros; sueños y viajes.

Hay una frase de sabiduría oriental que intenta advertirnos acerca del carácter pasajero (y en definitiva ilusorio) de esta vida temporal y física. Compara las penurias y las preocupaciones que nos rodean en la vida con las ensoñaciones de los durmientes, fraguadas por ellos mismos.

Expresada en forma de pregunta retórica, dice así: ¿Acaso el durmiente que despierta de un sueño en el que veía un naufragio con moribundos por doquier, seguiría afligido por ellos al despertar de su sueño?.

Quizás este pensamiento, llevado a ultranza y aplicado a cierta ataraxia e indiferencia por lo que sucede a las personas que nos rodean, reduciéndolas a meros espejismos de nuestra fantasía, sea excesiva.

Pero tal vez, en cuanto a las vicisitudes que suelen aquejarnos y que nos lastran de un peso demasiado insoportable a veces para sobrellevarlo, tenga razón, y lo más saludable para el espíritu sea no hacer nada de caso ante problemas que, en caso de llegar la hora de la trascendencia postrera, serían niebla como la que sobre el río se evapora, al despuntar la mañana; el tipo de amargura que incluso nos hará esbozar una sonrisa cuando la veamos de lejos, en el futuro, según la frase virgiliana: Forsan et haec olim meminisse iuvabit, En un futuro, quizás incluso estas cosas serán agradables de recordar...

Relacionado con lo que he comentado, quisiera poner de relieve en este post un pensamiento que se me viene configurando después de mi último viaje, y que involucra esta naturaleza paulatinamente evancescente que mancomuna a los libros (observable sobre todo en las novelas largas), los viajes, las vidas y los sueños.

Sabemos que el sueño que nos ha oprimido a la madrugada va desvaneciéndose hasta desaparecer a medida que el tiempo transcurre, y es lo que reflexiona la filosofía que expuse en el primer párrafo.

Pero también los libros, los viajes y aun la vida, en última instancia, participan de ese entramado deletéreo y pasajero, demostrando cierta la doble inscripción del anillo que David regala a Salomón, gam ze iabor, esto también pasará, porque independientemente de su carácter dulce o amargo, todo pasa...

Es algo que podemos observar en la lectura de un libro, de una novela que nos absorbe y fagocita lentamente en su mundo de personajes y tramas complejas: poco a poco nos va envolviendo y atrapando, hasta que somos plenamente parte de su torbellino. Pero una vez que la hemos terminado, imperceptiblemente nos vamos liberando de su embrujo, y pasadas dos páginas de la siguiente novela, a la primera ya la hemos dejado atrás, de manera que si bien la recordamos, ha perdido la vívida médula de su inminencia, esa que nos sobrecogía mientras la leíamos.

Los viajes son de la misma materia, porque una vez que los hemos agotado, y embarcados después en otro nuevo, lo que de una manera tan encarnada y poderosa nos enfrascaba en un nuevo horizonte, va desdibujándose y cediedo paso al siguiente viaje... spatium discrimina fallit decía Ovidio en sus Metamofosis, la distancia (en el tiempo y el espacio) desdibuja los contornos y las consideraciones...

Llevado a ultranza, ese olvido de lo que vamos dejando atrás y que nos indica que debemos poder cortar, como el lastre de un globo aerostático para que se eleve, sucede con el máximo de los viajes, la mayor de la novelas, el más conciso de los sueños: la vida. Y ello es lo que intenta decirnos la sabiduría hindú del primer párrafo: que una vida no es más que una encarnación, y que todos sus temores, sus afanes y sus cuitas se disgregarán en la siguiente vida y en la próxima estación (porque el viaje del alma es infinito, cosa que no me molesta, mientras sea cierto que a esa travesía sin fin la realicemos siempre en compañía de las almas que verdaderamente amamos).

Una lenta y despreocupada disgregación del pasado para avanzar hacia la utopía del indeterminado y libre infinito... Y la razón de esa lenta disgregación del pasado es la fuerza imparable del porvenir, que DEBE hacernos seguir adelante y no aferraros a nada del pasado, impidiéndonos el arte y la ciencia del vivir, y que tan bien comentó Dante cuando expuso, aconsejando no detenernos demasiado en las cosas que nuestro paso por la vida va descubriendo en el mundo niy en el espectáculo de imbecilidades que muchos seres humanos nos ofrecen con sus desaguisados y descabelldos excesos: Riguarda e passa, e non ti curar di loro, Observa y sigue adelante, no te preocupes por ellos.

Diego Márquez Robledo.

sábado, 18 de febrero de 2012

El espíritu de las letras

Cuando se viaja, cuando se transita por caminos, cielos y territorios, sobre todo en el silencio impuesto por desconocer absolutamente la lengua de los lugares recorridos, surgen perpejidades filosóficas de las que uno no se percata, en principio.

Repetir los viajes y los tiempos de introspección, obliga a la recurrencia de esas inflexiones mentales, que relampaguean entonces paladinamente, en los telones de la conciencia.

Y si bien conozco varias lenguas, siquiera etimológica, fragmentaria y mediocremente, hay otras que me son totalmente opacas, como el árabe, que desde afuera parece oponer la más impenetrable de las barreras en la oralidad...

Tengo, no obstante, bastante facilidad para decodificar rápidamente los alfabetos... aunque con el árabe las letras me resultan tan incomprensibles e intratables sin la ayuda -claro está- de un estudio disciplinado que aún no he emprendido y quizás nunca emprenderé.

Pero paradójicamente esa perplejidad de quien ve las cosas desde afuera y no puede considerarse invitado al cenáculo de la decodificación de letras tan extrañas, caprichosas y cambiantes (en árabe las letras tienen hasta cuatro formas diferentes, según su posición en la palabra) me han permitido reflexionar, cuando he estado en territorio de lengua arábiga, sobre la misteriosa y firme naturaleza de los alfabetos.

No sé si será a causa de mi índole de soñador nato, pero la forma de las letras ha sabido inspirarme descripciones que no por poéticas dejan de ser exactas en cuanto a los aires e ínfulas que recorren los alfabetos, sobre todo el griego, el latino, el hebreo y el árabe, que aquí dejo asentadas, sin retocar la entusiasta pomposidad con que las redacté, circuido como estaba por la maravilla de aires extraños, cuando mi pluma las consignó, durante mis viajes...

En la lengua árabe está la tosquedad del camello y la sinuosidad de la serpiente... y por ahí brilla el chisporroteo de las brasas de las fogatas en el desierto... sus letras trazan los vertiginosos recorridos de la energía mágica y de la inteligencia veloz de los números, entre los acentos y los puntos, que son las centellas de los esplendores secretos que los magos realizan en las desiertas necrópolis, entre las dunas.

La escritura griega, cuadrada, se parece a rígidos moldes lógicos, horizontales y verticales trazos de los recorridos de la razón, límpidas columnas de erguidos mármoles... el alfabeto de letras latinas, con sus mayúsculas desconectadas, se parece a un desfile de romanos estandartes en los triunfos de las orgullosas cohortes; la hebrea, a llamas de fuego que descienden entre consteladas estrellas del cielo... y las arábigas, a zarpazos de djinns, a energías trazando felinos recorridos mágicos de luz en el desierto.

Diego Márquez.

viernes, 17 de febrero de 2012

Los Indescifrables aromas de Oriente

El siguiente texto fue publicado en la revista internacional de la Compañía Aérea Iberia, REVISTA RONDA IBERIA, y traducido al inglés, en la sección "Viaje con Nosotros", pg. 148 del número de Marzo 2012.



Los indescifrables aromas de Oriente...

Busco en los viajes un sabor a especias exóticas y maravillosas, de esos perfumes que llegan repentinamente al olfato y nos maravillan como un sortilegio de las Mil y una Noches... indescifrables, porque el cuerpo y la mente no pueden responder ante lo desconocido que tales aromas entrañan más que con el asombro, ese misterio en que nos deja sumido todo lo que nos entrega el rico Oriente, con sus minaretes, sus mezquitas, su abigarradas costumbres, y hasta los delicados caracteres de las letras arábigas, siempre felinos, gatunos, siempre al acecho desde su elegancia misteriosa.
Mis viajes a Oriente han sido más por los senderos de los libros que por los caminos reales de polvo y de arena, pero alguno he hecho, especialmente a El Cairo, y sobre ellos quiero escribir breves palabras, ante la generosa invitación de Iberia.
Perderme en las laberínticas callejas de un Cairo que huele a Edad Media, a karkadé, a flor de loto, esencias balsámicas y a musk, es una de las sensaciones más maravillosas que pueden serle regaladas a un ser humano, siempre y cuando esté sediento de lo bizarro y de la alteridad que lo aleja de su aburrido mundo cotidiano...
Mi profesión de traductor de griego antiguo y de experto numismático en las monedas que circulaban en tiempos de Ptolomeos y Cleopatras, en vez de enfrascarme en algún aburrido estudio de cuatro paredes me ha abierto (gracias a mi espíritu juvenil y mi personalidad nada tradicional) el apetito por lo extraño, por salir de las bibliotecas (en las que otros scholars se encierran, desventuradamente) en busca de los viajes palpables, o tras las pistas de alguna perdida joya faraónica en una oscura y recóndita tienda de Antigüedades...
Así, desdibujado deleitosamente entre el gentío hormigueante de El Cairo, en medio de felices niños vestidos con galabeya y sandalias, entre pavos, gallinas, cabras, burros y ovejas que conviven con los fastuosos complejos edilicios de Heliópolis, es como me gusta viajar cuando (como siempre) Iberia me ha transportado con la generosidad que caracteriza a su gente y sus aviones.

Y en esos viajes es cuando me he sentado a la vera de una rara y estrechísima mesita de lata, que sólo el Oriente puede pergeñar, a tomar un té de menta, o un fresco zumo de mango, en compañía de algún anticuario que me ofrece, un poco a escondidas y en una bolsa de plástico, su mercadería, unas pesadas monedas hechas hacia el 300 a.C., de pátina verde-nilo, que a veces descubro falsas, y otras veces deduzco auténticas, con mi ojo experto en esta clase de antigüedades.
Pero como sea, indescifrable sabor el de Oriente... el de sumergirse en los llamados de los imanes a la oración cuando la tarde de El Cairo lucha por recortarse afilada entre los agudos picos de sus minaretes, pero a la vez la densa niebla de una urbe gigantesca y diferente, impide a las formas definirse nítidas en la lejanía...
Como decía Lawrence Durrell, famoso viajero, con excelente poesía: Viajar es una de las mejores formas de la introspección... y en esa pasmosa paradoja está el gusto que siento por los viajes: el sabor inconfundible de los contrarios que, en vez de oponerse, se complementan: salir hacia afuera de mi mundo cotidiano, para encontrarme, misteriosamente, conmigo mismo.


Diego Márquez
Licenciado en Griego antiguo, Docente de literatura, Experto numismático y Aventurero incorregible.