jueves, 8 de marzo de 2012

Acerca de los caracteres diferentes, en otras lenguas

La escritura griega, cuadrada, se parece a rígidos moldes lógicos, horizontales y verticales trazos de los recorridos de la razón, límpidas columnas de erguidos mármoles... el alfabeto de letras latinas, con sus mayúsculas desconectadas, se parece a un desfile de romanos estandartes en los triunfos de las orgullosas cohortes; la hebrea, a llamas de fuego que descienden entre consteladas estrellas del cielo... y las arábigas, a zarpazos de djinns, a energías mágicas trazando felinos recorridos de fuego en el desierto.

Caminos, viajes, sueños y la vida

En los viajes, los caminos polvorientos nos recuerdan que también nosotros, los hombres, estamos hechos de polvo. Una y la misma es la sustancia de los viajes, los caminos, los hombres y los sueños.

La sordidez de las callejas de El Cairo

Siempre parece que todo esta a punto de venirse abajo en las callejas de El Cairo... como si lo único estable fueran las pirámides, como si ellas, mágica y astutamente, le hubieran robado a toda la ciudad su fundamento y su firmeza, dejando flotar entre la bruma y oscilar en la precariedad de sus maderas, de sus adobes, de sus balcones, de sus celosías, el peso de tantas masas agregadas las unas sobre las otras, como si las casas fueran panales misteriosos y superabundantes, en el falso equilibrio de su desconfianza oriental...

Viajes, deconstrucción y reconstrucción, y Jung.

En los profundos encuentros conmigo mismo que emprendo durante mis viajes, aprendí a reconstruirme, a encontrar mi arquetipo de perfección, a esculpirme espiritualmente y a afianzar mis pasiones internas.

Una búsqueda helicoidal, como si se recorriera un laberinto, y donde las vueltas en torno a un centro hipotético y anhelado van acercándose cada vez más a ese zenit, hasta que lo enfocan... la tarea de la individuación que postula Jung, el recorrido del héroe que debe conocer sus monstruos internos y domesticarlos, para uncirlos al carro de su alma, antes que destruirlos.

Ese trabajo y ese viaje, que consisten en una lenta reconstrucción y reordenamiento de los fragmentos dispersos que, de uno mismo, están en nuestro interior, es una de las metas que me impongo en mis travesías.

Porque la fricción con el medio social resulta desgastante, sobre todo para aquellos que atesoramos un tipo psicológico introvertido y reflexivo, y que somos quienes más gastamos energía cuando se trata de luchar e interactuar con el mundo exterior.

Ese intercambio produce una segmentación y una deconstrucción que solamente puede remontarse por un camino inverso, en una labor interior de indole alquímica, sutil, con delicadísimos dosajes de mezclas donde intervienen sustancias espiritualmente volátiles y de difícil obtención y atesoramiento.

Los viajes son uno de los métidos má productivos para desandar la disgregación de las tareas cotidianas y sociales más profanas, que son como vientos destructivos para la calma del ánimo interno.

Regresar a la foresta amable y a su penumbra vespertina, plena de esa luz opalina que sólo el útero puede representar en el mundo físico, o los atardeceres y amaneceres, entre las frondas de una espesa arboleda o una caverna... entendiendo y palpando como suaves terciopelos las inclinaciones, los ideales y las utopías que me encienden.

Esa decantación, ese refinamiento son lo que me permite rearmarme, ensamblarme y darle flamante cohesión a mi espíritu, y por eso mis periplos de viajero son solitarios, en su mayor parte.

Levantar la imponente arquitectura interna de mis palacios mentales, afectivos y de comprensión del universo, tal es el primer motor y norte de mis viajes.


Diego Márquez Robledo

jueves, 1 de marzo de 2012

Una momia viva

El primer día de mi segunda visita a El Cairo, lo primero que hago es correr hacia las pirámides.

El hotel estaba muy cerca (unas veinte cuadras) y por supuesto, me impongo el desafío de llegar caminando.

Después de llegar hasta el final de la gran avenida Melek Feisal, llego a una avenida perpendicular que daba a unos campos cuyo terreno estaba bastante bajo, llenos de árboles polvorientos.

La recorro hasta llegar a otra avenida paralela a la Melek Feisal, que es la avenida que llega directamente hasta el complejo de las pirámides, a la izquierda. Es un boulevard.

Impaciente, pero temeroso de perderme en ese laberinto y ese hormiguero humano, voy grabando en mi memoria lugares que luego, de regreso, me sirvan para volver a mi punto de partida, mi hotel.

¡Qué gozo cuando entro una vez más y saludo a mis pirámides! por supuesto, sin dudarlo compro el billete para ingresar en la gran pirámide... pero antes quiero caminar tranquilo por entre los monumentos más célebres que han quedado de la Antigüedad, los más misteriosos, los más titánicos...

Despues de dos horas, decido entrar a la gran pirámide.

Por supuesto, hay que dejar la cámara en la entrada, y muchos turistas son desconfiados... no les niego la razón, porque Egipto parece inseguro la primera vez que se lo vista... pero yo ya he estado y sé que los egipcios sólo son insistentes para obtener un poco de dinero, pero raramente sucederá que alguien sea despojado por robo de su dinero, solamente se apelará a la insistencia y al desconocimiento de los precios por parte del turista, no al hurto.

Dejo mi cámara, sabiendo que al salir del corazón de la pirámide estará, porque el cuidador es honrado y la policía, estricta y severa.

Así rehice el oscuro sendero que en el 2009 había hecho. Cuando llego a la cámara del rey, no había nadie. Deslizo mis manos por las fantástica lisura de esos bloques, pasmosos por su perfección y, una vez más, acaricio el cofre de granito.

Inevitablemente, vuelve a mi mente la vieja certeza: aquí estuvo Alejandro, aquí César, aquí Moisés, aquí quizás hasta Jesús... y regresa mi ferviente deseo de pasar una noche entera en esa cámara, yo solo, para obtener tal vez fantásticos poderes espirituales, o una iniciación única, o la revelación de secretos místicos imponderablemente valiosos...

Enseguida aparece uno de los guardias, deseoso de una propina a cambio de contar cosas casi obvias sobre la cámara...

Yo le pido, en cambio, que me deje recostarme en el cofre, en el milenario sarcófago de granito, que debió ser colocado allí antes de que la pirámide fuera terminada, cuando los rayos del sol todavía besaban esas piedras, pues no entra por ningún corredor...

Me deja, a cambio de diez libras. Las pago gustoso y, todavía asombrado de lo que estoy por hacer, entro en el cofre y me coloco en posición faraónica.

A los cinco minutos entran algunas personas y se asoman al cofre! Ahogaron unas risitas nerviosas cuando me vieron salir súbitamene del sarcófago, y por un momento me causó risa la situación.

Fue un instante que recordaré toda mi vida... reposar en ese sarcófago donde, si es cierto qu la gran pirámide es una máquina de evolución espiritual, yació allí también Moisés, tantos faraones, tantos líderes, tantos magos, hierofantes, taumaturgos, profetas, ascetas... algo fuera de este mundo!!!

Guardaré en mi memoria como uno de los recuerdos más preciosos esa experiencia que tan pocos pueden decir que concretaron.

Diego Márquez Robledo.