El primer día de mi segunda visita a El Cairo, lo primero que hago es correr hacia las pirámides.
El hotel estaba muy cerca (unas veinte cuadras) y por supuesto, me impongo el desafío de llegar caminando.
Después de llegar hasta el final de la gran avenida Melek Feisal, llego a una avenida perpendicular que daba a unos campos cuyo terreno estaba bastante bajo, llenos de árboles polvorientos.
La recorro hasta llegar a otra avenida paralela a la Melek Feisal, que es la avenida que llega directamente hasta el complejo de las pirámides, a la izquierda. Es un boulevard.
Impaciente, pero temeroso de perderme en ese laberinto y ese hormiguero humano, voy grabando en mi memoria lugares que luego, de regreso, me sirvan para volver a mi punto de partida, mi hotel.
¡Qué gozo cuando entro una vez más y saludo a mis pirámides! por supuesto, sin dudarlo compro el billete para ingresar en la gran pirámide... pero antes quiero caminar tranquilo por entre los monumentos más célebres que han quedado de la Antigüedad, los más misteriosos, los más titánicos...
Despues de dos horas, decido entrar a la gran pirámide.
Por supuesto, hay que dejar la cámara en la entrada, y muchos turistas son desconfiados... no les niego la razón, porque Egipto parece inseguro la primera vez que se lo vista... pero yo ya he estado y sé que los egipcios sólo son insistentes para obtener un poco de dinero, pero raramente sucederá que alguien sea despojado por robo de su dinero, solamente se apelará a la insistencia y al desconocimiento de los precios por parte del turista, no al hurto.
Dejo mi cámara, sabiendo que al salir del corazón de la pirámide estará, porque el cuidador es honrado y la policía, estricta y severa.
Así rehice el oscuro sendero que en el 2009 había hecho. Cuando llego a la cámara del rey, no había nadie. Deslizo mis manos por las fantástica lisura de esos bloques, pasmosos por su perfección y, una vez más, acaricio el cofre de granito.
Inevitablemente, vuelve a mi mente la vieja certeza: aquí estuvo Alejandro, aquí César, aquí Moisés, aquí quizás hasta Jesús... y regresa mi ferviente deseo de pasar una noche entera en esa cámara, yo solo, para obtener tal vez fantásticos poderes espirituales, o una iniciación única, o la revelación de secretos místicos imponderablemente valiosos...
Enseguida aparece uno de los guardias, deseoso de una propina a cambio de contar cosas casi obvias sobre la cámara...
Yo le pido, en cambio, que me deje recostarme en el cofre, en el milenario sarcófago de granito, que debió ser colocado allí antes de que la pirámide fuera terminada, cuando los rayos del sol todavía besaban esas piedras, pues no entra por ningún corredor...
Me deja, a cambio de diez libras. Las pago gustoso y, todavía asombrado de lo que estoy por hacer, entro en el cofre y me coloco en posición faraónica.
A los cinco minutos entran algunas personas y se asoman al cofre! Ahogaron unas risitas nerviosas cuando me vieron salir súbitamene del sarcófago, y por un momento me causó risa la situación.
Fue un instante que recordaré toda mi vida... reposar en ese sarcófago donde, si es cierto qu la gran pirámide es una máquina de evolución espiritual, yació allí también Moisés, tantos faraones, tantos líderes, tantos magos, hierofantes, taumaturgos, profetas, ascetas... algo fuera de este mundo!!!
Guardaré en mi memoria como uno de los recuerdos más preciosos esa experiencia que tan pocos pueden decir que concretaron.
Diego Márquez Robledo.
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