Entre los espíritus de las jerarquías celestes -asegura el pseudo Dionisio el Areopagita- los Principados son espíritus bajo cuyo cuidado están las naciones de la tierra... y eso parece verse en las diferencias de los territorios y los países que se recorren en los viajes, a juzgar por un aroma indefinible de todo lo que rodea el cielo bajo el cual nos movemos, así como sus pulsos personalísimos...
Aunque peque por caer en lugares comunes, no quiero dejar de remarcar que El Cairo produce un fuerte choque con lo maravilloso, y el encuentro con lo impensable, para la mentalidad occidental.
Una de las primeras reflexiones que saltan a nuestra mente es cuán abigarrada, distinta y laberíntica puede ser una región de otra en este mundo... donde si uno aguza los sentidos, observa con perplejidad que hasta las piedrecillas del camino son diferentes (hay basalto, caliza y alabastro), que hasta las configuraciones de las nubes son particulares y parecen trazar caracteres que expresan cosas en otra lengua, pues se nota que sus disposiciones en el cielo obedecen extrañamente a leyes diferentes de aquellas a las que estamos acostumbrados; incluso me atrevería a decir que aun el ladrido de los perros tiene un sutil toque distinto, si no en el ladrido en sí (y quizás en eso también), en la nerviosidad y el ritmo con que ladran.
Los rostros humanos no sólo son diferentes en los rasgos faciales, sino en las desacostumbradas anomalías, en la forma en que el vello va apoderándose del rostro de algunos individuos, la manera en que las manchas tiñen los dientes, los gestos, la particular entonación de los vocativos para llamar al prójimo, el agua de las risas, las sinuosidades y los pliegues que las grasas ocupan en los cuerpos y las caderas, y hasta la tenacidad de las moscas en su descarado estorbo.
Los sabores y olores no solamente son diversos de los occidentales sino que además, y más inquietante que eso, es la poderosa coherencia en su lenguaje, que dice algo a coro, siempre lo mismo, extraño, subyugante, maravilloso...
Todo obedece a otros caracteres, a otras aspraciones, a otros recónditos ideales, a otra geometría, a ora simetría, y parece digitado por inteligencias y espíritus diferentes de lo que esas mismas cosas siguen, los lugares a los que estamos habituados en Occidente.
Diego Márquez Robledo.
Pensamientos, vivencias y aprendizajes que obtuve en los viajes que me ha sido dado emprender...
miércoles, 29 de febrero de 2012
viernes, 24 de febrero de 2012
Vida y libros; sueños y viajes.
Hay una frase de sabiduría oriental que intenta advertirnos acerca del carácter pasajero (y en definitiva ilusorio) de esta vida temporal y física. Compara las penurias y las preocupaciones que nos rodean en la vida con las ensoñaciones de los durmientes, fraguadas por ellos mismos.
Expresada en forma de pregunta retórica, dice así: ¿Acaso el durmiente que despierta de un sueño en el que veía un naufragio con moribundos por doquier, seguiría afligido por ellos al despertar de su sueño?.
Quizás este pensamiento, llevado a ultranza y aplicado a cierta ataraxia e indiferencia por lo que sucede a las personas que nos rodean, reduciéndolas a meros espejismos de nuestra fantasía, sea excesiva.
Pero tal vez, en cuanto a las vicisitudes que suelen aquejarnos y que nos lastran de un peso demasiado insoportable a veces para sobrellevarlo, tenga razón, y lo más saludable para el espíritu sea no hacer nada de caso ante problemas que, en caso de llegar la hora de la trascendencia postrera, serían niebla como la que sobre el río se evapora, al despuntar la mañana; el tipo de amargura que incluso nos hará esbozar una sonrisa cuando la veamos de lejos, en el futuro, según la frase virgiliana: Forsan et haec olim meminisse iuvabit, En un futuro, quizás incluso estas cosas serán agradables de recordar...
Relacionado con lo que he comentado, quisiera poner de relieve en este post un pensamiento que se me viene configurando después de mi último viaje, y que involucra esta naturaleza paulatinamente evancescente que mancomuna a los libros (observable sobre todo en las novelas largas), los viajes, las vidas y los sueños.
Sabemos que el sueño que nos ha oprimido a la madrugada va desvaneciéndose hasta desaparecer a medida que el tiempo transcurre, y es lo que reflexiona la filosofía que expuse en el primer párrafo.
Pero también los libros, los viajes y aun la vida, en última instancia, participan de ese entramado deletéreo y pasajero, demostrando cierta la doble inscripción del anillo que David regala a Salomón, gam ze iabor, esto también pasará, porque independientemente de su carácter dulce o amargo, todo pasa...
Es algo que podemos observar en la lectura de un libro, de una novela que nos absorbe y fagocita lentamente en su mundo de personajes y tramas complejas: poco a poco nos va envolviendo y atrapando, hasta que somos plenamente parte de su torbellino. Pero una vez que la hemos terminado, imperceptiblemente nos vamos liberando de su embrujo, y pasadas dos páginas de la siguiente novela, a la primera ya la hemos dejado atrás, de manera que si bien la recordamos, ha perdido la vívida médula de su inminencia, esa que nos sobrecogía mientras la leíamos.
Los viajes son de la misma materia, porque una vez que los hemos agotado, y embarcados después en otro nuevo, lo que de una manera tan encarnada y poderosa nos enfrascaba en un nuevo horizonte, va desdibujándose y cediedo paso al siguiente viaje... spatium discrimina fallit decía Ovidio en sus Metamofosis, la distancia (en el tiempo y el espacio) desdibuja los contornos y las consideraciones...
Llevado a ultranza, ese olvido de lo que vamos dejando atrás y que nos indica que debemos poder cortar, como el lastre de un globo aerostático para que se eleve, sucede con el máximo de los viajes, la mayor de la novelas, el más conciso de los sueños: la vida. Y ello es lo que intenta decirnos la sabiduría hindú del primer párrafo: que una vida no es más que una encarnación, y que todos sus temores, sus afanes y sus cuitas se disgregarán en la siguiente vida y en la próxima estación (porque el viaje del alma es infinito, cosa que no me molesta, mientras sea cierto que a esa travesía sin fin la realicemos siempre en compañía de las almas que verdaderamente amamos).
Una lenta y despreocupada disgregación del pasado para avanzar hacia la utopía del indeterminado y libre infinito... Y la razón de esa lenta disgregación del pasado es la fuerza imparable del porvenir, que DEBE hacernos seguir adelante y no aferraros a nada del pasado, impidiéndonos el arte y la ciencia del vivir, y que tan bien comentó Dante cuando expuso, aconsejando no detenernos demasiado en las cosas que nuestro paso por la vida va descubriendo en el mundo niy en el espectáculo de imbecilidades que muchos seres humanos nos ofrecen con sus desaguisados y descabelldos excesos: Riguarda e passa, e non ti curar di loro, Observa y sigue adelante, no te preocupes por ellos.
Diego Márquez Robledo.
Expresada en forma de pregunta retórica, dice así: ¿Acaso el durmiente que despierta de un sueño en el que veía un naufragio con moribundos por doquier, seguiría afligido por ellos al despertar de su sueño?.
Quizás este pensamiento, llevado a ultranza y aplicado a cierta ataraxia e indiferencia por lo que sucede a las personas que nos rodean, reduciéndolas a meros espejismos de nuestra fantasía, sea excesiva.
Pero tal vez, en cuanto a las vicisitudes que suelen aquejarnos y que nos lastran de un peso demasiado insoportable a veces para sobrellevarlo, tenga razón, y lo más saludable para el espíritu sea no hacer nada de caso ante problemas que, en caso de llegar la hora de la trascendencia postrera, serían niebla como la que sobre el río se evapora, al despuntar la mañana; el tipo de amargura que incluso nos hará esbozar una sonrisa cuando la veamos de lejos, en el futuro, según la frase virgiliana: Forsan et haec olim meminisse iuvabit, En un futuro, quizás incluso estas cosas serán agradables de recordar...
Relacionado con lo que he comentado, quisiera poner de relieve en este post un pensamiento que se me viene configurando después de mi último viaje, y que involucra esta naturaleza paulatinamente evancescente que mancomuna a los libros (observable sobre todo en las novelas largas), los viajes, las vidas y los sueños.
Sabemos que el sueño que nos ha oprimido a la madrugada va desvaneciéndose hasta desaparecer a medida que el tiempo transcurre, y es lo que reflexiona la filosofía que expuse en el primer párrafo.
Pero también los libros, los viajes y aun la vida, en última instancia, participan de ese entramado deletéreo y pasajero, demostrando cierta la doble inscripción del anillo que David regala a Salomón, gam ze iabor, esto también pasará, porque independientemente de su carácter dulce o amargo, todo pasa...
Es algo que podemos observar en la lectura de un libro, de una novela que nos absorbe y fagocita lentamente en su mundo de personajes y tramas complejas: poco a poco nos va envolviendo y atrapando, hasta que somos plenamente parte de su torbellino. Pero una vez que la hemos terminado, imperceptiblemente nos vamos liberando de su embrujo, y pasadas dos páginas de la siguiente novela, a la primera ya la hemos dejado atrás, de manera que si bien la recordamos, ha perdido la vívida médula de su inminencia, esa que nos sobrecogía mientras la leíamos.
Los viajes son de la misma materia, porque una vez que los hemos agotado, y embarcados después en otro nuevo, lo que de una manera tan encarnada y poderosa nos enfrascaba en un nuevo horizonte, va desdibujándose y cediedo paso al siguiente viaje... spatium discrimina fallit decía Ovidio en sus Metamofosis, la distancia (en el tiempo y el espacio) desdibuja los contornos y las consideraciones...
Llevado a ultranza, ese olvido de lo que vamos dejando atrás y que nos indica que debemos poder cortar, como el lastre de un globo aerostático para que se eleve, sucede con el máximo de los viajes, la mayor de la novelas, el más conciso de los sueños: la vida. Y ello es lo que intenta decirnos la sabiduría hindú del primer párrafo: que una vida no es más que una encarnación, y que todos sus temores, sus afanes y sus cuitas se disgregarán en la siguiente vida y en la próxima estación (porque el viaje del alma es infinito, cosa que no me molesta, mientras sea cierto que a esa travesía sin fin la realicemos siempre en compañía de las almas que verdaderamente amamos).
Una lenta y despreocupada disgregación del pasado para avanzar hacia la utopía del indeterminado y libre infinito... Y la razón de esa lenta disgregación del pasado es la fuerza imparable del porvenir, que DEBE hacernos seguir adelante y no aferraros a nada del pasado, impidiéndonos el arte y la ciencia del vivir, y que tan bien comentó Dante cuando expuso, aconsejando no detenernos demasiado en las cosas que nuestro paso por la vida va descubriendo en el mundo niy en el espectáculo de imbecilidades que muchos seres humanos nos ofrecen con sus desaguisados y descabelldos excesos: Riguarda e passa, e non ti curar di loro, Observa y sigue adelante, no te preocupes por ellos.
Diego Márquez Robledo.
sábado, 18 de febrero de 2012
El espíritu de las letras
Cuando se viaja, cuando se transita por caminos, cielos y territorios, sobre todo en el silencio impuesto por desconocer absolutamente la lengua de los lugares recorridos, surgen perpejidades filosóficas de las que uno no se percata, en principio.
Repetir los viajes y los tiempos de introspección, obliga a la recurrencia de esas inflexiones mentales, que relampaguean entonces paladinamente, en los telones de la conciencia.
Y si bien conozco varias lenguas, siquiera etimológica, fragmentaria y mediocremente, hay otras que me son totalmente opacas, como el árabe, que desde afuera parece oponer la más impenetrable de las barreras en la oralidad...
Tengo, no obstante, bastante facilidad para decodificar rápidamente los alfabetos... aunque con el árabe las letras me resultan tan incomprensibles e intratables sin la ayuda -claro está- de un estudio disciplinado que aún no he emprendido y quizás nunca emprenderé.
Pero paradójicamente esa perplejidad de quien ve las cosas desde afuera y no puede considerarse invitado al cenáculo de la decodificación de letras tan extrañas, caprichosas y cambiantes (en árabe las letras tienen hasta cuatro formas diferentes, según su posición en la palabra) me han permitido reflexionar, cuando he estado en territorio de lengua arábiga, sobre la misteriosa y firme naturaleza de los alfabetos.
No sé si será a causa de mi índole de soñador nato, pero la forma de las letras ha sabido inspirarme descripciones que no por poéticas dejan de ser exactas en cuanto a los aires e ínfulas que recorren los alfabetos, sobre todo el griego, el latino, el hebreo y el árabe, que aquí dejo asentadas, sin retocar la entusiasta pomposidad con que las redacté, circuido como estaba por la maravilla de aires extraños, cuando mi pluma las consignó, durante mis viajes...
En la lengua árabe está la tosquedad del camello y la sinuosidad de la serpiente... y por ahí brilla el chisporroteo de las brasas de las fogatas en el desierto... sus letras trazan los vertiginosos recorridos de la energía mágica y de la inteligencia veloz de los números, entre los acentos y los puntos, que son las centellas de los esplendores secretos que los magos realizan en las desiertas necrópolis, entre las dunas.
La escritura griega, cuadrada, se parece a rígidos moldes lógicos, horizontales y verticales trazos de los recorridos de la razón, límpidas columnas de erguidos mármoles... el alfabeto de letras latinas, con sus mayúsculas desconectadas, se parece a un desfile de romanos estandartes en los triunfos de las orgullosas cohortes; la hebrea, a llamas de fuego que descienden entre consteladas estrellas del cielo... y las arábigas, a zarpazos de djinns, a energías trazando felinos recorridos mágicos de luz en el desierto.
Diego Márquez.
Repetir los viajes y los tiempos de introspección, obliga a la recurrencia de esas inflexiones mentales, que relampaguean entonces paladinamente, en los telones de la conciencia.
Y si bien conozco varias lenguas, siquiera etimológica, fragmentaria y mediocremente, hay otras que me son totalmente opacas, como el árabe, que desde afuera parece oponer la más impenetrable de las barreras en la oralidad...
Tengo, no obstante, bastante facilidad para decodificar rápidamente los alfabetos... aunque con el árabe las letras me resultan tan incomprensibles e intratables sin la ayuda -claro está- de un estudio disciplinado que aún no he emprendido y quizás nunca emprenderé.
Pero paradójicamente esa perplejidad de quien ve las cosas desde afuera y no puede considerarse invitado al cenáculo de la decodificación de letras tan extrañas, caprichosas y cambiantes (en árabe las letras tienen hasta cuatro formas diferentes, según su posición en la palabra) me han permitido reflexionar, cuando he estado en territorio de lengua arábiga, sobre la misteriosa y firme naturaleza de los alfabetos.
No sé si será a causa de mi índole de soñador nato, pero la forma de las letras ha sabido inspirarme descripciones que no por poéticas dejan de ser exactas en cuanto a los aires e ínfulas que recorren los alfabetos, sobre todo el griego, el latino, el hebreo y el árabe, que aquí dejo asentadas, sin retocar la entusiasta pomposidad con que las redacté, circuido como estaba por la maravilla de aires extraños, cuando mi pluma las consignó, durante mis viajes...
En la lengua árabe está la tosquedad del camello y la sinuosidad de la serpiente... y por ahí brilla el chisporroteo de las brasas de las fogatas en el desierto... sus letras trazan los vertiginosos recorridos de la energía mágica y de la inteligencia veloz de los números, entre los acentos y los puntos, que son las centellas de los esplendores secretos que los magos realizan en las desiertas necrópolis, entre las dunas.
La escritura griega, cuadrada, se parece a rígidos moldes lógicos, horizontales y verticales trazos de los recorridos de la razón, límpidas columnas de erguidos mármoles... el alfabeto de letras latinas, con sus mayúsculas desconectadas, se parece a un desfile de romanos estandartes en los triunfos de las orgullosas cohortes; la hebrea, a llamas de fuego que descienden entre consteladas estrellas del cielo... y las arábigas, a zarpazos de djinns, a energías trazando felinos recorridos mágicos de luz en el desierto.
Diego Márquez.
viernes, 17 de febrero de 2012
Los Indescifrables aromas de Oriente
El siguiente texto fue publicado en la revista internacional de la Compañía Aérea Iberia, REVISTA RONDA IBERIA, y traducido al inglés, en la sección "Viaje con Nosotros", pg. 148 del número de Marzo 2012.
Los indescifrables aromas de Oriente...
Busco en los viajes un sabor a especias exóticas y maravillosas, de esos perfumes que llegan repentinamente al olfato y nos maravillan como un sortilegio de las Mil y una Noches... indescifrables, porque el cuerpo y la mente no pueden responder ante lo desconocido que tales aromas entrañan más que con el asombro, ese misterio en que nos deja sumido todo lo que nos entrega el rico Oriente, con sus minaretes, sus mezquitas, su abigarradas costumbres, y hasta los delicados caracteres de las letras arábigas, siempre felinos, gatunos, siempre al acecho desde su elegancia misteriosa.
Mis viajes a Oriente han sido más por los senderos de los libros que por los caminos reales de polvo y de arena, pero alguno he hecho, especialmente a El Cairo, y sobre ellos quiero escribir breves palabras, ante la generosa invitación de Iberia.
Perderme en las laberínticas callejas de un Cairo que huele a Edad Media, a karkadé, a flor de loto, esencias balsámicas y a musk, es una de las sensaciones más maravillosas que pueden serle regaladas a un ser humano, siempre y cuando esté sediento de lo bizarro y de la alteridad que lo aleja de su aburrido mundo cotidiano...
Mi profesión de traductor de griego antiguo y de experto numismático en las monedas que circulaban en tiempos de Ptolomeos y Cleopatras, en vez de enfrascarme en algún aburrido estudio de cuatro paredes me ha abierto (gracias a mi espíritu juvenil y mi personalidad nada tradicional) el apetito por lo extraño, por salir de las bibliotecas (en las que otros scholars se encierran, desventuradamente) en busca de los viajes palpables, o tras las pistas de alguna perdida joya faraónica en una oscura y recóndita tienda de Antigüedades...
Así, desdibujado deleitosamente entre el gentío hormigueante de El Cairo, en medio de felices niños vestidos con galabeya y sandalias, entre pavos, gallinas, cabras, burros y ovejas que conviven con los fastuosos complejos edilicios de Heliópolis, es como me gusta viajar cuando (como siempre) Iberia me ha transportado con la generosidad que caracteriza a su gente y sus aviones.
Y en esos viajes es cuando me he sentado a la vera de una rara y estrechísima mesita de lata, que sólo el Oriente puede pergeñar, a tomar un té de menta, o un fresco zumo de mango, en compañía de algún anticuario que me ofrece, un poco a escondidas y en una bolsa de plástico, su mercadería, unas pesadas monedas hechas hacia el 300 a.C., de pátina verde-nilo, que a veces descubro falsas, y otras veces deduzco auténticas, con mi ojo experto en esta clase de antigüedades.
Pero como sea, indescifrable sabor el de Oriente... el de sumergirse en los llamados de los imanes a la oración cuando la tarde de El Cairo lucha por recortarse afilada entre los agudos picos de sus minaretes, pero a la vez la densa niebla de una urbe gigantesca y diferente, impide a las formas definirse nítidas en la lejanía...
Como decía Lawrence Durrell, famoso viajero, con excelente poesía: Viajar es una de las mejores formas de la introspección... y en esa pasmosa paradoja está el gusto que siento por los viajes: el sabor inconfundible de los contrarios que, en vez de oponerse, se complementan: salir hacia afuera de mi mundo cotidiano, para encontrarme, misteriosamente, conmigo mismo.
Diego Márquez
Licenciado en Griego antiguo, Docente de literatura, Experto numismático y Aventurero incorregible.
Los indescifrables aromas de Oriente...
Busco en los viajes un sabor a especias exóticas y maravillosas, de esos perfumes que llegan repentinamente al olfato y nos maravillan como un sortilegio de las Mil y una Noches... indescifrables, porque el cuerpo y la mente no pueden responder ante lo desconocido que tales aromas entrañan más que con el asombro, ese misterio en que nos deja sumido todo lo que nos entrega el rico Oriente, con sus minaretes, sus mezquitas, su abigarradas costumbres, y hasta los delicados caracteres de las letras arábigas, siempre felinos, gatunos, siempre al acecho desde su elegancia misteriosa.
Mis viajes a Oriente han sido más por los senderos de los libros que por los caminos reales de polvo y de arena, pero alguno he hecho, especialmente a El Cairo, y sobre ellos quiero escribir breves palabras, ante la generosa invitación de Iberia.
Perderme en las laberínticas callejas de un Cairo que huele a Edad Media, a karkadé, a flor de loto, esencias balsámicas y a musk, es una de las sensaciones más maravillosas que pueden serle regaladas a un ser humano, siempre y cuando esté sediento de lo bizarro y de la alteridad que lo aleja de su aburrido mundo cotidiano...
Mi profesión de traductor de griego antiguo y de experto numismático en las monedas que circulaban en tiempos de Ptolomeos y Cleopatras, en vez de enfrascarme en algún aburrido estudio de cuatro paredes me ha abierto (gracias a mi espíritu juvenil y mi personalidad nada tradicional) el apetito por lo extraño, por salir de las bibliotecas (en las que otros scholars se encierran, desventuradamente) en busca de los viajes palpables, o tras las pistas de alguna perdida joya faraónica en una oscura y recóndita tienda de Antigüedades...
Así, desdibujado deleitosamente entre el gentío hormigueante de El Cairo, en medio de felices niños vestidos con galabeya y sandalias, entre pavos, gallinas, cabras, burros y ovejas que conviven con los fastuosos complejos edilicios de Heliópolis, es como me gusta viajar cuando (como siempre) Iberia me ha transportado con la generosidad que caracteriza a su gente y sus aviones.
Y en esos viajes es cuando me he sentado a la vera de una rara y estrechísima mesita de lata, que sólo el Oriente puede pergeñar, a tomar un té de menta, o un fresco zumo de mango, en compañía de algún anticuario que me ofrece, un poco a escondidas y en una bolsa de plástico, su mercadería, unas pesadas monedas hechas hacia el 300 a.C., de pátina verde-nilo, que a veces descubro falsas, y otras veces deduzco auténticas, con mi ojo experto en esta clase de antigüedades.
Pero como sea, indescifrable sabor el de Oriente... el de sumergirse en los llamados de los imanes a la oración cuando la tarde de El Cairo lucha por recortarse afilada entre los agudos picos de sus minaretes, pero a la vez la densa niebla de una urbe gigantesca y diferente, impide a las formas definirse nítidas en la lejanía...
Como decía Lawrence Durrell, famoso viajero, con excelente poesía: Viajar es una de las mejores formas de la introspección... y en esa pasmosa paradoja está el gusto que siento por los viajes: el sabor inconfundible de los contrarios que, en vez de oponerse, se complementan: salir hacia afuera de mi mundo cotidiano, para encontrarme, misteriosamente, conmigo mismo.
Diego Márquez
Licenciado en Griego antiguo, Docente de literatura, Experto numismático y Aventurero incorregible.
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