Pocas experiencias me resultaron tan gratas como cuando me di de lleno con Oriente en El Cairo... y fue la noche de llegada, con una gema oriental como no hay otra: la luna.
Estaba ya en el taxi, intentando entender algo de la confusión que venía de afuera,... era casi la medianoche y yo embargado por el temor de lo profundamente desconocido de esa ciudad que no conocía más que por un tour breve, hacía tres años, cuando de repente, en el puente bajo el cual reptaba lentamente el Nilo, levanté la vista, y me topé con ella.
Era más oriental que en mis sueños. Una luna creciente y luminosa como un diamante, como la cóncava celosía de una ventana que se me ofrecía, prometiéndome más secretos para darme, en lo sucesivo.
Una barca delicada sobre el Nilo...
Me pareció que se entreabría el ojo de la noche, y ese semicírculo sonriente tendió, en mi fantasía, a comportarse como una pestaña mágica, la pestaña de una hurí del paraíso... que me guiñaba la promesa de una entrega total, de una satisfacción plena de placer, a mi sed del Oriente.
Pensamientos, vivencias y aprendizajes que obtuve en los viajes que me ha sido dado emprender...
domingo, 29 de abril de 2012
viernes, 27 de abril de 2012
El silencio de las dunas. Excursión en camello a Abu Sir y Saqarah, 2012 4 parte
Lo que siguió a ese frugal refrigerio entre aquellos personajes del desierto, de pieles curtidas y surcadas por anchas arrugas en un caso, mientras que los otros tres eran hombres jóvenes -uno, un adolescente casi niño aún- fue una de las experiencias más memorables que guardo en lo que respecta a climas, a ambientes fuera de lo común y al margen de lo cotidiano.
Tengo una enorme capacidad para respirar y asimilar situaciones o ambientes sobrenaturales que se desprenden de lugares y cinfiguraciones fuera de lo común, que me dejan recuerdos imborrables, que no me dejan en paz hasta que las plasmo en palabras y descripciones que retraten, a la vez, y dejen huella de lo que viví en ellas. Lo he sentido en Venecia, a altas horas de la madrugada, lo he sentido en la siciliana ciudad de Palermo, al amanecer y al atardecer, y lo he sentido en los terroríficos fondos del templo de Karnak, a la siesta... Y por cierto que se me presentó y que lo pude conjurar aquí también al mediodía, en esta desierta necrópolis de Sahura, cuando el sol se acercaba peligrosamente al cénit, en un día soleado pero fresco.
Inmediatamente después de tomar los alimentos, los dos chicos egipcios que habían sido mis guías y el anciano (que estaba allí inexplicablemente) me dejaron en compañía del muchacho de unos veintisiete años, que era estudiante de arqueología (me dijeron) y si bien no lo pude comprobar, descubrí en los rasgos de su rostro algo más educado, menos rudo que en los otros tres egipcios.
Este joven me acompañaría en la visita a la necrópolis de Sahura, que se encuentra adyacente a las pirámides de Abusir. Hubo un preámbulo interesante del egipcio, que me ponderó la visita que haríamos, sobre todo porque se trataba de un sitio a donde casi ningún extranjero es llevado y porque el lugar está cerrado, como defensa arqueológica, a visitas curiosas; se trata, en definitiva, de un lugar prohibido... pero yo lo valoré, además y sobre todas las cosas, por el ambiente que se produjo en su interior.
Poco a poco, fuimos caminando hasta el enclave, después de recorrer unos cincuenta metros hacia el desierto, a pie. Comenzamos a subir unos médanos más altos y trabajosos, y aparecieron los primeros pilares y muros de una construcción enorme y cuadrangular, flanqueada por la derruida pirámide a cuya sombra se levanta este complejo.
El joven me iba animando a adentrarme entre los pilones de piedra, y en un momento tuve que vadear un muro de peligrosa escalada, porque el muro era alto y los escalones que estaban improvisados en mordiscos improvisados en la piedra eran estrechos, y aparte porque del otro lado el nivel del suelo bajaba mucho, pero era la condición necesaria para acceder al núcleo de esta ciudad de los muertos.
La necrópolis está sumida en un detenimiento. Una cesación total de todo, hasta el aire parece faltar en el cielo que rodea a esta construcción, y la franja de cielo que recortan sus muros está como sumida en una irrealidad ominosa. Se pude sentir cierta opresión, una indefinible inminencia amenazante en esas rocas, en el patio varias veces milenario que recorrí con mi guía, que me hablaba despacio y en un confuso inglés sobre la remota antigüedad de todo lo que nos rodeaba.
Pero lo más impactante fueron las dos columnas, las únicas que sobreviven intactas, en el centro de un gran espacio abierto, como si se tratara de dos pequeños gigantes o centinelas, que forman una especie de portal interdimensional, un Stargate. Porque tal es la sensación que me despertaron, erectas, así, al vacío de un horizonte desértico, y el pavimento que las rodea, formado como está por enormes y pesadísimos bloques de granito negro, cuya función es misteriosa, ya que esos bloques parecen cumplir, en el suelo, ciclópeos e inmutables, alguna recóndita función que trasciende, por el trabajo que debió involucrar el pavimentado con sus losas, alguna función que supera el simple allanamiento del terreno.
Se trata de bloques de formas irregulares, y que por debajo de la superficie deben ser enormemente gruesos, por lo que se adivina de uno o dos de ellos cuyo grosor hacia abajo puede verse un poco.
Este piso, unido a las dos enigmáticas columnas, me hablaba de alguna magia desconocida, del funcionamiento de una puerta entre niveles, entre dimensiones, que mi imaginación dotaba de ricos detalles fantásticos.
Y en verdad que las dos columnas, las únicas que sobreviven 8cosa ya de por s´çi muy singular) junto con el piso de una piedra mucho más negra y lisa y suave, recuerdan a un pasadizo que permite el acceso a seres oo cosas de otros planos de vibración.
El guía se detuvo a explicarme el obelisco caído, donde puede leerse la palabra Sahura, cuyo jeroglífico todavía me parece ver acariciado por los morenos dedos del estudiante de arqueología, que se adentraban cariñosamente en los intersticios del bajorrelieve cóncavo, subrayados por una pintura de color amarillo.
Me pidió que lo siguiera y continuamos bajando escalones y llegando a otro patio donde los pilones cúbicos contaban con delicadas tallas, muy bien conservadas y más abajo todavía, se veía un sitio lúgubre y semihundido, donde un pesadísimo sarcófago macizo y gigantesco reposaba, con poco espacio alrededor, ahogado por la piedra de las paredes que lo limitaban. Me invitó a descender hasta allí, lugar ya peligrosamente sumido en las sombras subterráneas.
No quise, no por temor, sino porque ya estaba un poco fatigado de las idas y venidas y los vaivenes en equilibrio entre las paredes que tuvimos que trepar, cuidadosamente.
Mi guía se encogió de hombros, quizás sospechando un temor reverencial d emi parte, y desandamos nuestros pasos. No dejé de dar varias miradas en círculo al sitio, a paso lento, como para que mi guía se adelantara, y yo quedara más solo. Me asaltaron las imaginaciones de lo que ese sitio debe ser a altas horas nocturnas, un sitio peligrosísimo para el alma, sitiado por energías no precisamente amistosas... Pero por alguna razón misteriosa, yo quería demorarme, conocer más, respirar un poco más del aire paralizado que estaba como encarcelado en ese territorio, limitador del espacio y del cielo. Un escalofrío me recorrió pensando en la hipotética situación de esperar, esperar toda la noche en uno de esos patios…
Adelante había quedado el guía y cuando salimos del recinto, noté que me pedía dinero, recordándome lo prohibido que está ese sitio para recorridos turísticos, y que yo debía considerarme muy afortunado por haber podido entrar allí… no pude darle más de un equivalente cinco dólares, porque no contaba con cambio en libras, y el chico quedó muy desilusionado… debe haberse ilusionado con que le iba a dar mucho más… de hecho, me dijo que esperaba cincuenta dólares!... hice un gesto de imposibilidad, y volvimos a donde los otros dos jóvenes guías aguardaban… el viejo había desaparecido.
Monté en mi camello y continuamos, ahora teníamos que llegar hasta Saqarah, de lejos, miré como el estudiante arqueólogo se despedía con tristeza, y cabizbajo, mordiendo el fracaso y la desilusión de no haber podido conseguir más que cinco dólares por su acompañamiento.
¡Curioso este Egipto en el que lo místico y lo paranormal se entremezclan con la avidez por dinero de sus materialistas habitantes actuales!...
Yo me fui acariciando la experiencia y el encuentro con lo extraño, que, una vez más, había resucitado y ser había levantado entre los muros de la necrópolis de Sahura.
Tengo una enorme capacidad para respirar y asimilar situaciones o ambientes sobrenaturales que se desprenden de lugares y cinfiguraciones fuera de lo común, que me dejan recuerdos imborrables, que no me dejan en paz hasta que las plasmo en palabras y descripciones que retraten, a la vez, y dejen huella de lo que viví en ellas. Lo he sentido en Venecia, a altas horas de la madrugada, lo he sentido en la siciliana ciudad de Palermo, al amanecer y al atardecer, y lo he sentido en los terroríficos fondos del templo de Karnak, a la siesta... Y por cierto que se me presentó y que lo pude conjurar aquí también al mediodía, en esta desierta necrópolis de Sahura, cuando el sol se acercaba peligrosamente al cénit, en un día soleado pero fresco.
Inmediatamente después de tomar los alimentos, los dos chicos egipcios que habían sido mis guías y el anciano (que estaba allí inexplicablemente) me dejaron en compañía del muchacho de unos veintisiete años, que era estudiante de arqueología (me dijeron) y si bien no lo pude comprobar, descubrí en los rasgos de su rostro algo más educado, menos rudo que en los otros tres egipcios.
Este joven me acompañaría en la visita a la necrópolis de Sahura, que se encuentra adyacente a las pirámides de Abusir. Hubo un preámbulo interesante del egipcio, que me ponderó la visita que haríamos, sobre todo porque se trataba de un sitio a donde casi ningún extranjero es llevado y porque el lugar está cerrado, como defensa arqueológica, a visitas curiosas; se trata, en definitiva, de un lugar prohibido... pero yo lo valoré, además y sobre todas las cosas, por el ambiente que se produjo en su interior.
Poco a poco, fuimos caminando hasta el enclave, después de recorrer unos cincuenta metros hacia el desierto, a pie. Comenzamos a subir unos médanos más altos y trabajosos, y aparecieron los primeros pilares y muros de una construcción enorme y cuadrangular, flanqueada por la derruida pirámide a cuya sombra se levanta este complejo.
El joven me iba animando a adentrarme entre los pilones de piedra, y en un momento tuve que vadear un muro de peligrosa escalada, porque el muro era alto y los escalones que estaban improvisados en mordiscos improvisados en la piedra eran estrechos, y aparte porque del otro lado el nivel del suelo bajaba mucho, pero era la condición necesaria para acceder al núcleo de esta ciudad de los muertos.
La necrópolis está sumida en un detenimiento. Una cesación total de todo, hasta el aire parece faltar en el cielo que rodea a esta construcción, y la franja de cielo que recortan sus muros está como sumida en una irrealidad ominosa. Se pude sentir cierta opresión, una indefinible inminencia amenazante en esas rocas, en el patio varias veces milenario que recorrí con mi guía, que me hablaba despacio y en un confuso inglés sobre la remota antigüedad de todo lo que nos rodeaba.
Pero lo más impactante fueron las dos columnas, las únicas que sobreviven intactas, en el centro de un gran espacio abierto, como si se tratara de dos pequeños gigantes o centinelas, que forman una especie de portal interdimensional, un Stargate. Porque tal es la sensación que me despertaron, erectas, así, al vacío de un horizonte desértico, y el pavimento que las rodea, formado como está por enormes y pesadísimos bloques de granito negro, cuya función es misteriosa, ya que esos bloques parecen cumplir, en el suelo, ciclópeos e inmutables, alguna recóndita función que trasciende, por el trabajo que debió involucrar el pavimentado con sus losas, alguna función que supera el simple allanamiento del terreno.
Se trata de bloques de formas irregulares, y que por debajo de la superficie deben ser enormemente gruesos, por lo que se adivina de uno o dos de ellos cuyo grosor hacia abajo puede verse un poco.
Este piso, unido a las dos enigmáticas columnas, me hablaba de alguna magia desconocida, del funcionamiento de una puerta entre niveles, entre dimensiones, que mi imaginación dotaba de ricos detalles fantásticos.
Y en verdad que las dos columnas, las únicas que sobreviven 8cosa ya de por s´çi muy singular) junto con el piso de una piedra mucho más negra y lisa y suave, recuerdan a un pasadizo que permite el acceso a seres oo cosas de otros planos de vibración.
El guía se detuvo a explicarme el obelisco caído, donde puede leerse la palabra Sahura, cuyo jeroglífico todavía me parece ver acariciado por los morenos dedos del estudiante de arqueología, que se adentraban cariñosamente en los intersticios del bajorrelieve cóncavo, subrayados por una pintura de color amarillo.
Me pidió que lo siguiera y continuamos bajando escalones y llegando a otro patio donde los pilones cúbicos contaban con delicadas tallas, muy bien conservadas y más abajo todavía, se veía un sitio lúgubre y semihundido, donde un pesadísimo sarcófago macizo y gigantesco reposaba, con poco espacio alrededor, ahogado por la piedra de las paredes que lo limitaban. Me invitó a descender hasta allí, lugar ya peligrosamente sumido en las sombras subterráneas.
No quise, no por temor, sino porque ya estaba un poco fatigado de las idas y venidas y los vaivenes en equilibrio entre las paredes que tuvimos que trepar, cuidadosamente.
Mi guía se encogió de hombros, quizás sospechando un temor reverencial d emi parte, y desandamos nuestros pasos. No dejé de dar varias miradas en círculo al sitio, a paso lento, como para que mi guía se adelantara, y yo quedara más solo. Me asaltaron las imaginaciones de lo que ese sitio debe ser a altas horas nocturnas, un sitio peligrosísimo para el alma, sitiado por energías no precisamente amistosas... Pero por alguna razón misteriosa, yo quería demorarme, conocer más, respirar un poco más del aire paralizado que estaba como encarcelado en ese territorio, limitador del espacio y del cielo. Un escalofrío me recorrió pensando en la hipotética situación de esperar, esperar toda la noche en uno de esos patios…
Adelante había quedado el guía y cuando salimos del recinto, noté que me pedía dinero, recordándome lo prohibido que está ese sitio para recorridos turísticos, y que yo debía considerarme muy afortunado por haber podido entrar allí… no pude darle más de un equivalente cinco dólares, porque no contaba con cambio en libras, y el chico quedó muy desilusionado… debe haberse ilusionado con que le iba a dar mucho más… de hecho, me dijo que esperaba cincuenta dólares!... hice un gesto de imposibilidad, y volvimos a donde los otros dos jóvenes guías aguardaban… el viejo había desaparecido.
Monté en mi camello y continuamos, ahora teníamos que llegar hasta Saqarah, de lejos, miré como el estudiante arqueólogo se despedía con tristeza, y cabizbajo, mordiendo el fracaso y la desilusión de no haber podido conseguir más que cinco dólares por su acompañamiento.
¡Curioso este Egipto en el que lo místico y lo paranormal se entremezclan con la avidez por dinero de sus materialistas habitantes actuales!...
Yo me fui acariciando la experiencia y el encuentro con lo extraño, que, una vez más, había resucitado y ser había levantado entre los muros de la necrópolis de Sahura.
domingo, 22 de abril de 2012
El silencio de las dunas Excursión a Abusir y Saqarah, 2012 tercera parte
El silencio de las dunas
excursión a Abusir y Saqarah 3 parte
Tardamos un buen tiempo en vadear el largo cementerio. Siempre, en Egipto, los cementerios y los lugares de los muertos de los antiguos, las necrópolis, se configuran en territorios liminares que dividen aguas, energías y vibraciones, y aunque este cementerio era moderno, no se trataba de una excepción.
Aprendí en este viaje que los más pobres viven en esas tierras de muertos, que les sirven de lugar donde dormir, y a donde se les lleva limosna, ya que los parientes que visitan a sus seres fallecidos, llevan, cuando acuden, víveres para la gente indigente. La única condición es volver con las manos vacías, es decir, si alguien lleva alimentos para los pobres, no debe regresar con nada de lo que llevó; de tal condición depende que la buena acción tenga su recompensa y no sea nociva (en un sentido sobrenatural) para quien la ejecuta.
En seguida viramos un tanto, internándonos en el completo desierto. El silencio se volvió entonces diferente, fue como si se elevase al cuadrado, tornándose palpable, infinito, envolvente total. Obligó a mis guías a callarse por completo y sólo quedó el susurro del viento abovedándose en las cuencas de las orejas… no pude dejar de experimentar un súbito recuerdo, que relampagueó en mi mente en ese momento: en la cábala hebrea existe el juego cómplice entre dos vocablos que son hermanos, y que en definitiva se resuelven en el mismo concepto: los términos que vibran en semejante consonancia son palabras y desierto, devarim y midbar.
Ambas voces poseen las mismas letras, que han rotado en el eje de la palabra. Y a esta rara circunstancia se atribuye que la Palabra, la verdadera palabra, la palabra divina, profunda, que nace de la vasija de nuestro corazón y nos revela verdades trascendentes, cobra vida en el desolado silencio de los desiertos. Por eso los grandes hierofantes y taumaturgos sinceros de la Antigüedad se recluían en la vasta nada de la arena, para conjurar el encuentro con las realidades que habitan en el interior del hombre, y en ese internarse en el laberinto dey en los meandros de sus recovecos espirituales, podían regresar con el tesoro de un mensaje enérgico que pudiera mantener la antorcha en la sociedad.
Fueron pocos momentos de silencio en esa travesía en la que me bamboleaba sobre mi camello, cuyo nombre me hace reír cuando lo recuerdo, porque el joven guía me dijo que se llamaba Moisés sin que yo lo preguntara, así como generalmente suelen decir que el nombre es Michael Jackson, cosa falsa invariablemente, porque un egipcio de ley jamás revelará el verdadero nombre de su camello a un turista, temeroso del un posible mal de ojo sobre el animal, creencia que proviene de la energía vibratoria presente en el nombre, que ya los antiguos egipcios faraónicos respetaban, cuando ponían al la par del nombre esencial y auténtico, uno social, enmascarado. Protector coo un muro de defensa.
Extraña aventura ésta que yo estaba cumpliendo, preñada de recuerdos y de un intenso diálogo conmigo mismo y mis recuerdos, por las mismas arenas que surcaron el gran Moisés, Jesús y tantos otros anacoretas e iluminados, instantes apenas, pero suficientes para gustar el valor de la nada interior que nos vacía y a la vez plenifica los océanos interiores de una instancia del ser que nos llama y nos alecciona con su voz omniabarcante.
El silencio que puede ser iluminador o terrorífico, porque descubre los secretos que herméticamente llevamos en el profundo abismo de nuestras almas… yo sentí que me hubiera gustado entrar más en ese umbral que vislumbré escasamente…
Al rato divisé, a mi derecha, tres pequeños promontorios que se elevaban, ruinosos, asomando sus descabezadas cimas de la arena; estaban semiderruidos, parecían montones de piedras… eran lo poco que las arenas dejaban ver de las pirámides de Abusir.
Con sus cincuenta metros de altura que la arena había devorado y emparejaba bastante, son construcciones nada despreciables… pero están bastante mal conservadas. Pedí a mi guía que nos acercáramos, y por alguna razón se negó. No percibí temor en ese momento, aunque ahora, no sé cómo, creo que fue eso lo que lo impulso a seguir camino. Me contenté con sacarles alguna fugaz fotografía, pero más a mirar bien el extraño espectáculo de ver esos promontorios casi totalmente deglutidos por la arena, con lajas desprendidas… que lentamente el desierto terminará de asimilar a su homogénea sustancia, con el girar de los milenios. El silencio me mareaba.
Seguimos adelante. Volvimos a ladear una zona detrás de la cual, a mi izquierda, se veían casas bastante opulentas, ya que sus fondos, que daban también al desierto, contaban con buena vegetación. Volvieron a aparecer algunas palmeras y matorrales que delataban la cercanía de los poblados.
Habituados a estos recorridos, mi guía y su amigo parecían bastante aburridos, y más sedientos que yo… mi entusiasmo me había anulado la sed, y yo no había abierto mi botella de agua, que llevaba en la mochila. Me indicaron que en breve nos apearíamos y tomaríamos un refrigerio en las cercanías, esperando a una persona… yo no entendía bien a quién debíamos encontrar, pero obedecí.
Con un estridente sonido “ajjj” el más chico hizo descender a mi camello, que se mostraba renuente a inclinarse hacia el suelo, para hacerme bajar. Una vez más sufrí el doble vaivén, primero hacia atrás esta vez, y luego hacia delante del animal, que en ese doble movimiento cifraba la manera de agacharse, retorcida y complicada como es el la estructura de su enorme osamenta.
El camello es un animal protestón, taciturno y bastante rebelde, sobre todo a dejarse tocar en la cabeza y a acuclillarse, cosa para lograr la cual, su guía debe servirse casi siempre de una persuasión que le lleva su esfuerzo, en algunas ocasiones, más que otras.
Cuando se queja, el animal emite unas regurgitaciones o gárgaras profundas, de tal manera que sus entrañas parece que vibran con babas espesas turbias, que revuelve, y parece a punto de vomitar un escupitajo espantoso, pero no vi que jamás lo hiciera… es su forma de expresar que no está de acuerdo con la acción que se le solicita. El camellero debe entonces recurrir a ese sonido gutural, aj, que ejecuta para suavizar el tumultuoso carácter de la bestia.
Debo aclarar que mientras circuíamos, horas antes, los últimos caseríos, antes de internarnos en el sendero del cementerio, habíamos comprado algunos comestibles. No vi entonces qué era, porque en ese intervalo también debí bajarme de mi camello, mientras mis guías se saludaban con muchísimos amigos, uno de los cuales los hizo detenerse y se pusieron a charlar con total naturalidad.
Me dijeron que esperara, yo me puse junto a ellos, y ellos, al verme amigable, me presentaban a sus amistades, que me miraban con total naturalidad, cosa que facilitaba mi aspecto, ya que nunca me cansaré de repetir que mi rostro se asemeja al egipcio autóctono, es decir, a esas caras alejandrinas alargadas que se suelen ver en algunos retratos de las momias de Al Fayum, que es una de Las formas características del semblante a los que uno puede hallar en Egipto hoy en día, si bien hay muchos otros tipos de caras. La mía se asemeja a las del egipcio no tan cetrino, más aristocrático.
El pequeño adolescente se dirigió entonces a un pequeño puesto a la vera de una sucia acequia, donde compró en bolsitas de polietileno, recónditas comidas que luego tuve ocasión de probar, literalmente por centavos. Si yo hubiera comprado siempre estas vituallas en mi estadía en Egipto, no habría gastado más de cien dólares durante todo el mes, pero los precios para los turistas,. Y las comidas que uno compra en cualquier sitio que no conoce, siempre resultan mil por ciento más caras que para los naturales…
Vuelvo al lugar donde nos sentamos, a medio camino entre Abusir y a un paso del complejo de Sahura, una necrópolis fascinante que atesoro en mis recuerdos como lo más valioso de mi excursión en camello desde Gizah hasta Saqarah
Nos sentamos a la vera de una enramada debajo de la cual se notaba que siempre algún beduino accedía para tomar sus alimentos y hacer un descanso. Había una tela extendida, muy pulcra y limpia, que siempre, al parecer, estaba ahí.
Me invitaron a sentarme en cuclillas y aparecieron dos hombres, que nos estaban esperando: uno era un anciano muy curtido y cetrino, viejísimo y surcado por arrugas impiadosas y profundas, como tajos de un cuchillo en un tarro de betún, y un chico joven que sería mi guía por la necrópolis de Sahura, la que estaba a nuestras espaldas.
Pero primero tomaríamos un refrigero. El pequeño fue abriendo con gran lentitud las pequeñas bolsitas, de una de las cuales sacó varios panes, de otras unas pequeñas tortillas fritas con sésamo y especias verdes troceadas en pequeñísimos fragmentos que como pecas verdes recorrían la grasienta materia de cada torrejitas, que no reconocí, y de otras tres bolsitas sacó con la mano a puñados y fue colocando en el pan, que me había dado a mí para que y los fuera abriendo, el puré de garbanzos pisados y el otro, que era de berenjenas también pisadas y ahumadas.
Se me encargó con total naturalidad que yo contribuyera a la preparación de esos frugales víveres y eso me gustó, porque me sentí incluido verdaderamente en ese grupo humano de cuatro árabes, que se reunían allí a media mañana y saboreaban el placer de un ameno descanso… percibí el ambiente sagrado que se configuraba para ellos y en cuyo ámbito fui recibido, aceptado y asimilado y que me contagiaron y que vibraba en esa comida en común, sobre la arena y bajo polvorosos arbustos, y que reverberaba con el mágico eco de milenios de repetición entre esos polvorientos matorrales detrás de los cuales hormigueaban las arenas. Fue una experiencia inolvidable. Hasta me quedó grabado el humilde sabor de esas comidas auténticas, quizás las más auténticas que probé en toda mi trayectoria de un mes por El Cairo y Alejandría, sencillas, sabrosas y económicas, con el gusto casero de lo original y lo que no tiene pretensiones más que agradar sin sobresaltos ni sorpresas, el paladar de hombres comunes, como siempre debería ser. Sentí, en resumen, lo sagrado que reviste una comida en una pequeña comunidad de hombres verdaderos.
excursión a Abusir y Saqarah 3 parte
Tardamos un buen tiempo en vadear el largo cementerio. Siempre, en Egipto, los cementerios y los lugares de los muertos de los antiguos, las necrópolis, se configuran en territorios liminares que dividen aguas, energías y vibraciones, y aunque este cementerio era moderno, no se trataba de una excepción.
Aprendí en este viaje que los más pobres viven en esas tierras de muertos, que les sirven de lugar donde dormir, y a donde se les lleva limosna, ya que los parientes que visitan a sus seres fallecidos, llevan, cuando acuden, víveres para la gente indigente. La única condición es volver con las manos vacías, es decir, si alguien lleva alimentos para los pobres, no debe regresar con nada de lo que llevó; de tal condición depende que la buena acción tenga su recompensa y no sea nociva (en un sentido sobrenatural) para quien la ejecuta.
En seguida viramos un tanto, internándonos en el completo desierto. El silencio se volvió entonces diferente, fue como si se elevase al cuadrado, tornándose palpable, infinito, envolvente total. Obligó a mis guías a callarse por completo y sólo quedó el susurro del viento abovedándose en las cuencas de las orejas… no pude dejar de experimentar un súbito recuerdo, que relampagueó en mi mente en ese momento: en la cábala hebrea existe el juego cómplice entre dos vocablos que son hermanos, y que en definitiva se resuelven en el mismo concepto: los términos que vibran en semejante consonancia son palabras y desierto, devarim y midbar.
Ambas voces poseen las mismas letras, que han rotado en el eje de la palabra. Y a esta rara circunstancia se atribuye que la Palabra, la verdadera palabra, la palabra divina, profunda, que nace de la vasija de nuestro corazón y nos revela verdades trascendentes, cobra vida en el desolado silencio de los desiertos. Por eso los grandes hierofantes y taumaturgos sinceros de la Antigüedad se recluían en la vasta nada de la arena, para conjurar el encuentro con las realidades que habitan en el interior del hombre, y en ese internarse en el laberinto dey en los meandros de sus recovecos espirituales, podían regresar con el tesoro de un mensaje enérgico que pudiera mantener la antorcha en la sociedad.
Fueron pocos momentos de silencio en esa travesía en la que me bamboleaba sobre mi camello, cuyo nombre me hace reír cuando lo recuerdo, porque el joven guía me dijo que se llamaba Moisés sin que yo lo preguntara, así como generalmente suelen decir que el nombre es Michael Jackson, cosa falsa invariablemente, porque un egipcio de ley jamás revelará el verdadero nombre de su camello a un turista, temeroso del un posible mal de ojo sobre el animal, creencia que proviene de la energía vibratoria presente en el nombre, que ya los antiguos egipcios faraónicos respetaban, cuando ponían al la par del nombre esencial y auténtico, uno social, enmascarado. Protector coo un muro de defensa.
Extraña aventura ésta que yo estaba cumpliendo, preñada de recuerdos y de un intenso diálogo conmigo mismo y mis recuerdos, por las mismas arenas que surcaron el gran Moisés, Jesús y tantos otros anacoretas e iluminados, instantes apenas, pero suficientes para gustar el valor de la nada interior que nos vacía y a la vez plenifica los océanos interiores de una instancia del ser que nos llama y nos alecciona con su voz omniabarcante.
El silencio que puede ser iluminador o terrorífico, porque descubre los secretos que herméticamente llevamos en el profundo abismo de nuestras almas… yo sentí que me hubiera gustado entrar más en ese umbral que vislumbré escasamente…
Al rato divisé, a mi derecha, tres pequeños promontorios que se elevaban, ruinosos, asomando sus descabezadas cimas de la arena; estaban semiderruidos, parecían montones de piedras… eran lo poco que las arenas dejaban ver de las pirámides de Abusir.
Con sus cincuenta metros de altura que la arena había devorado y emparejaba bastante, son construcciones nada despreciables… pero están bastante mal conservadas. Pedí a mi guía que nos acercáramos, y por alguna razón se negó. No percibí temor en ese momento, aunque ahora, no sé cómo, creo que fue eso lo que lo impulso a seguir camino. Me contenté con sacarles alguna fugaz fotografía, pero más a mirar bien el extraño espectáculo de ver esos promontorios casi totalmente deglutidos por la arena, con lajas desprendidas… que lentamente el desierto terminará de asimilar a su homogénea sustancia, con el girar de los milenios. El silencio me mareaba.
Seguimos adelante. Volvimos a ladear una zona detrás de la cual, a mi izquierda, se veían casas bastante opulentas, ya que sus fondos, que daban también al desierto, contaban con buena vegetación. Volvieron a aparecer algunas palmeras y matorrales que delataban la cercanía de los poblados.
Habituados a estos recorridos, mi guía y su amigo parecían bastante aburridos, y más sedientos que yo… mi entusiasmo me había anulado la sed, y yo no había abierto mi botella de agua, que llevaba en la mochila. Me indicaron que en breve nos apearíamos y tomaríamos un refrigerio en las cercanías, esperando a una persona… yo no entendía bien a quién debíamos encontrar, pero obedecí.
Con un estridente sonido “ajjj” el más chico hizo descender a mi camello, que se mostraba renuente a inclinarse hacia el suelo, para hacerme bajar. Una vez más sufrí el doble vaivén, primero hacia atrás esta vez, y luego hacia delante del animal, que en ese doble movimiento cifraba la manera de agacharse, retorcida y complicada como es el la estructura de su enorme osamenta.
El camello es un animal protestón, taciturno y bastante rebelde, sobre todo a dejarse tocar en la cabeza y a acuclillarse, cosa para lograr la cual, su guía debe servirse casi siempre de una persuasión que le lleva su esfuerzo, en algunas ocasiones, más que otras.
Cuando se queja, el animal emite unas regurgitaciones o gárgaras profundas, de tal manera que sus entrañas parece que vibran con babas espesas turbias, que revuelve, y parece a punto de vomitar un escupitajo espantoso, pero no vi que jamás lo hiciera… es su forma de expresar que no está de acuerdo con la acción que se le solicita. El camellero debe entonces recurrir a ese sonido gutural, aj, que ejecuta para suavizar el tumultuoso carácter de la bestia.
Debo aclarar que mientras circuíamos, horas antes, los últimos caseríos, antes de internarnos en el sendero del cementerio, habíamos comprado algunos comestibles. No vi entonces qué era, porque en ese intervalo también debí bajarme de mi camello, mientras mis guías se saludaban con muchísimos amigos, uno de los cuales los hizo detenerse y se pusieron a charlar con total naturalidad.
Me dijeron que esperara, yo me puse junto a ellos, y ellos, al verme amigable, me presentaban a sus amistades, que me miraban con total naturalidad, cosa que facilitaba mi aspecto, ya que nunca me cansaré de repetir que mi rostro se asemeja al egipcio autóctono, es decir, a esas caras alejandrinas alargadas que se suelen ver en algunos retratos de las momias de Al Fayum, que es una de Las formas características del semblante a los que uno puede hallar en Egipto hoy en día, si bien hay muchos otros tipos de caras. La mía se asemeja a las del egipcio no tan cetrino, más aristocrático.
El pequeño adolescente se dirigió entonces a un pequeño puesto a la vera de una sucia acequia, donde compró en bolsitas de polietileno, recónditas comidas que luego tuve ocasión de probar, literalmente por centavos. Si yo hubiera comprado siempre estas vituallas en mi estadía en Egipto, no habría gastado más de cien dólares durante todo el mes, pero los precios para los turistas,. Y las comidas que uno compra en cualquier sitio que no conoce, siempre resultan mil por ciento más caras que para los naturales…
Vuelvo al lugar donde nos sentamos, a medio camino entre Abusir y a un paso del complejo de Sahura, una necrópolis fascinante que atesoro en mis recuerdos como lo más valioso de mi excursión en camello desde Gizah hasta Saqarah
Nos sentamos a la vera de una enramada debajo de la cual se notaba que siempre algún beduino accedía para tomar sus alimentos y hacer un descanso. Había una tela extendida, muy pulcra y limpia, que siempre, al parecer, estaba ahí.
Me invitaron a sentarme en cuclillas y aparecieron dos hombres, que nos estaban esperando: uno era un anciano muy curtido y cetrino, viejísimo y surcado por arrugas impiadosas y profundas, como tajos de un cuchillo en un tarro de betún, y un chico joven que sería mi guía por la necrópolis de Sahura, la que estaba a nuestras espaldas.
Pero primero tomaríamos un refrigero. El pequeño fue abriendo con gran lentitud las pequeñas bolsitas, de una de las cuales sacó varios panes, de otras unas pequeñas tortillas fritas con sésamo y especias verdes troceadas en pequeñísimos fragmentos que como pecas verdes recorrían la grasienta materia de cada torrejitas, que no reconocí, y de otras tres bolsitas sacó con la mano a puñados y fue colocando en el pan, que me había dado a mí para que y los fuera abriendo, el puré de garbanzos pisados y el otro, que era de berenjenas también pisadas y ahumadas.
Se me encargó con total naturalidad que yo contribuyera a la preparación de esos frugales víveres y eso me gustó, porque me sentí incluido verdaderamente en ese grupo humano de cuatro árabes, que se reunían allí a media mañana y saboreaban el placer de un ameno descanso… percibí el ambiente sagrado que se configuraba para ellos y en cuyo ámbito fui recibido, aceptado y asimilado y que me contagiaron y que vibraba en esa comida en común, sobre la arena y bajo polvorosos arbustos, y que reverberaba con el mágico eco de milenios de repetición entre esos polvorientos matorrales detrás de los cuales hormigueaban las arenas. Fue una experiencia inolvidable. Hasta me quedó grabado el humilde sabor de esas comidas auténticas, quizás las más auténticas que probé en toda mi trayectoria de un mes por El Cairo y Alejandría, sencillas, sabrosas y económicas, con el gusto casero de lo original y lo que no tiene pretensiones más que agradar sin sobresaltos ni sorpresas, el paladar de hombres comunes, como siempre debería ser. Sentí, en resumen, lo sagrado que reviste una comida en una pequeña comunidad de hombres verdaderos.
viernes, 20 de abril de 2012
EL SILENCIO DE LAS DUNAS. Excursión a Abu Sir y Saqarah, 2012, segunda parte.
EL SILENCIODE LAS DUNAS.
Excursión en camello a Abu Sir y y Saqarah, 2012. Segunda parte
Al día siguiente me presenté a la hora esperada. Había dejado una seña de treinta dólares, y no podía perderlos. Pero no me faltaron miedos que me asaltaron durante la noche, no de que pudiera sufrir ningún riesgo, sino del cansancio que me ocasionaría el viaje, de toda una jornada a lomos de camello… pero allí estaba ya, preparado, con una botella grande de dos litros de agua mineral en mi mochila, y mi cámara de fotos.
Cuando me presentaron a mi camellero, el que sería mi guía, me sorprendieron dos cosas, primero que estaba acompañado por otro más pequeño, un chico de unos 14 años, y además… ¡que ya lo conocía! había sido mi camellero en mi breve excursión del año 2009, cuando salí por primera vez solo, y quien, en ese entonces, a su vez, me subderivó a un empleado suyo… él no me reconoció al principio y en mi mente el recuerdo pasó como un fogonazo, de manera que aunque su aspecto me pareció familiar, fue más tarde que confirme que ya lo conocía.
El camellero jefe, el misterioso personaje de los ojos inyectados en sangre, me despidió, solicitándome que no le diera dinero a ninguno de los dos que me acompañaban, ni al que yo conocía ni su ayudante, pues ya él, como su contratador, se había encargado de pagarle la parte que les correspondía… ¡ardua dificultad la de no dar más y más libras egipcias a estos pedigüeños!...
Ya sobre mi camello, bien firme y acomodado sobre la silla, que parece al principio muelle y segura, el camello hace el doble envión que caracteriza su puesta en marcha: primero hacia adelante, movimiento brusco y que parece que nos va a obligar a caer de bruces sobre su cabeza, con el cual me veo obligado a asirme fuertemente de ese pequeño sostén que se halla en la parte delantera de mi silla, revestido de cuero sin curtir y que deploro por ser tan pequeño, ya que debería ser mucho más protuberante, y luego el animal hace el envión más tranquilo hacia atrás, con el que levanta la totalidad de su enorme mole, nervuda y huesuda, comenzando inmediatamente a caminar o, mejor dicho a bambolearse en un barroco vaivén que parece seguir el ritmo de una majestuosa y soñolienta marcha para un representación barroca de Lully.
Lo primero que me pregunta el joven más grande, aquel que yo ya conocía, es si deseo ir por zonas pobladas, con escuelas, árboles y niños, llenas de alegría -según dice en su duro inglés- o por zonas totalmente desérticas. Le respondo con otra pregunta: si es posible dividir un cincuenta y un cincuenta por ciento, y asiente, feliz, al parecer, de que no quiera ir por el desierto en todo el recorrido.
Comenzamos vadeando la zona del barrio de Gizah, y enseguida aparecen pequeños y agradables sotos poblados de árboles de mangos, palmeras y otros frutales, que llenan de verdor las casas… me encanta que los grupos de casas no sean tan regulares en su distribución y ubicación como en la zona que vamos dejando, ya que todo adquiere un sabor extraño que me parece similar al que deben haber tenido los poblados no tan simétricamente delineados en Europa en épocas muy antiguas… los grupos de árboles son amplios, y rodean las pequeñas y humildes viviendas por adelante, atrás y los costados, y el camino serpentea simpáticamente por esos macizos de vegetación fresca y suave… en algunas partes, hay plantaciones de hortalizas de un verdor esplendoroso, alimentadas por acequias que se llenan del agua del Nilo y que otorgan a esas áreas un tono lleno de vida… luego aparecen mangos cargados de frutos, palmeras pequeñas y algunas de las otras, las enormes, monumentales y rectas, regias, que son aquellas que deben haber inspirado aquel pasaje de la Biblia que dice el justo crecerá como palmera…
La brisa es fresca y húmeda, y todavía se respira el suave y húmedo aroma de la mañana; aunque el sol está esplendoroso, como estoy visitando El Cairo durante enero, el clima es benigno, y la amplitud térmica y la ausencia de mucha humedad hacen que las noches y los amaneceres sean bastante frescos.
Después de andar por este encantador grupo de casitas y de plantaciones y árboles, en medio de la sombra y los follajes que la temprana mañana acaricia con serenidad, llegamos a una zona más descubierta.
Sorprenden en las paredes los dibujos y graffiti coloridos, con camellos, caballos ingenuamente trazados, y dotados de adornados jaeces, trazados con una mano y un aire que jamás podría conseguir alguien que no pertenezca a este mundo árabe, porque hay detalles insignificantes, en la configuración de los cuerpos, en los movimientos, en los ojos y en cosas inexpresables de los animales pintados que nos dicen que estamos en el territorio de la luna, y no en el territorio de la cruz…
Hay gran calma en el ambiente… los pájaros deambulan tranquilos, vagan ociosos los ibis, pululan los gorriones revolcándose en el polvo, y los halcones describen círculos en lo alto… se respira una paz que a menos de tres kilómetros se convierte en un gentío hormigueante y alocado… noto la diferencia y la disfruto, y me viene a la mente un pasaje de Ariosto sobre el Cairo, cuando Astolfo, en su viaje de arribo a Occidente, se detiene aquí en el hipogrifo, y lo primero que le sorprende de El Cairo es lo mismo que asombra a cualquier occidental de hoy: la muchedumbre y la marejada humana de su geografía, enclave populoso y floreciente, puerta y bisagra que abraza a Oriente y a Occidente… me siento hermanado con ese pasmo ariostesco, que subraya en el canto 15 del Orlando una ciudad de El Cairo donde, a pesar de que abundan las construcciones de dos y tres pisos -raras en la época de Ariosto- gran cantidad de personas duermen en las calles, cosa que hoy en día, por el contrario, no se ve tanto, si bien el hormigueo no es menor, sobre todo de chicos, niños púberes, de gente pujante y llena de energía, risueña y que siempre parece bondadosa y servicial, un tanto libidinosa y carnal, supersticiosa aun en medio de este siglo XXI...
Poco a poco noto ya que las bocanadas de aire se van volviendo más secas, entre los grupitos de casitas humildes, y a sus espaldas comienzan a vislumbrarse las primeras ondas de arena y el desierto final que todo lo abraza.
Antes de disolvernos fatalmente en el desierto, atravesamos un caminito que se interna por un cementerio musulmán, larguísimo, que divide, como siempre sucede en Egipto, el mundo de la vida y el mundo del silencio.
Los cementerios árabes son caracterísiticos: son ´pequeñas casitas de adobe blanqueado como si fueran hornos de pan, con compuertas de hierro que dan a su interior, siempre están a ras de tierra, de manera que parecen pequeñas grutas con cúpulas en miniatura, donde descansan los seres queridos.
Sin embargo, las fotos, las flores, que adornan los pequeños mausoleos, el sentimiento y las inscripciones, aunque ciegas para mi ignorancia del árabe, me dicen que el sentir ante la pérdida de los seres queridos es la misma en todas partes, que la añoranza y el amor son ubicuos, que estos egipcios son mis hermanos en su humanidad, tan doliente ante lo inexplicable de la muerte como cualquier habitante de este planeta, y que el dolor tiene su asiento y su nido en todas las naciones de la tierra, tanto como el afecto y el recuerdo de lo amado.
Un súbito silencio se percibe en el ambiente, embarga incluso en su tristeza mi guía, que adivino sumido en el mismo sentimiento de respeto que me embarga a mí, en ese pasaje que se aleja del mundo de los vivos y comienza a acercarse al blanco y total silencio del la arena, del silbido del viento, del sol que cae a plomo y de la vista que se pierde en la ondulaciones de arena finísima y lejana, estrellando al hombre de lleno con su propia interioridad, con sus fantasmas, con las miserias y los demonios o los ángeles y la beatitud de su propio interior
Mi marcha es suave y me siento cómodo sobre el camello. Mi guía principal va a caballo, mientras que el chico casi niño que es su asistente, que cuenta con un bozo incipiente en sus bigotes y al mismo tempo un aire aniñado, que lentamente se está afilando en los rasgos de un muchacho adolescente, va caminando adelante… su paso es lento, cansino, parece agotado, si bien la travesía recién tiene dos horas.
El pequeño de 14 años va totalmente callado, pero mi guía habla, en un inglés duro, aunque quizás más moderno que el mío, porque es un inglés aprendido en la vida práctica del contacto con los a curiosidad de los turistas, mientras que el mío, en cambio, ha sido aprendido en textos literarios que no saben de órdenes prácticas ni de solicitudes habituales, cómodo en las melancolías victorianas donde lo vengo abrevando… me voy acostumbrando a su timbre y acento y empiezo a conversar más con este jpven que debe tener unos veinte años.
Es aquí que me cuenta que por su propio esfuerzo, aunque no ha ido a la escuela, ha aprendido desde los seis años el inglés y -dice- el ruso, porque las mujeres rusas (cuando lo dice me parece que saborea la belleza de lo que para él son mujeres ardientes) acostumbran visitar Egipto en grupos de amigas.
Parece orgulloso, a sus 21 años (me revela su edad), de lo que ha conseguido y de cómo se gana la vida manejando su camello, guiando siempre grupos de turistas, con lo cual sostiene a su familia, formada por su {única esposa (para qué dos -protesta- si todas las mujeres son iguales por dentro -recalca- y se ríe, ufano de su chiste subido de tono y tan carnal….
Me sugiere que le parezco familiar y que de algún modo ya me conoce de antes, si bien no se explica cómo puede ser. Entonces confirmo la familiaridad que yo había sentido también antes y le digo que eso también me parecía a mi respecto de él, y que ahora compruebo que mis sospechas eran ciertas: es él quien tres años atrás me ha guiado también en una excursión mucho menor, y le digo que es mi segundo viaje a Egipto, cosa que a él le parece extraña, pues no está habituado a turistas que regresan dos veces a Egipto.
Lentamente van espaciándose las tumbas y ya nos recibe con sus brazos infinitos el desierto. Han pasado unas tres horas desde que comenzamos el viaje a Saqarah.
Excursión en camello a Abu Sir y y Saqarah, 2012. Segunda parte
Al día siguiente me presenté a la hora esperada. Había dejado una seña de treinta dólares, y no podía perderlos. Pero no me faltaron miedos que me asaltaron durante la noche, no de que pudiera sufrir ningún riesgo, sino del cansancio que me ocasionaría el viaje, de toda una jornada a lomos de camello… pero allí estaba ya, preparado, con una botella grande de dos litros de agua mineral en mi mochila, y mi cámara de fotos.
Cuando me presentaron a mi camellero, el que sería mi guía, me sorprendieron dos cosas, primero que estaba acompañado por otro más pequeño, un chico de unos 14 años, y además… ¡que ya lo conocía! había sido mi camellero en mi breve excursión del año 2009, cuando salí por primera vez solo, y quien, en ese entonces, a su vez, me subderivó a un empleado suyo… él no me reconoció al principio y en mi mente el recuerdo pasó como un fogonazo, de manera que aunque su aspecto me pareció familiar, fue más tarde que confirme que ya lo conocía.
El camellero jefe, el misterioso personaje de los ojos inyectados en sangre, me despidió, solicitándome que no le diera dinero a ninguno de los dos que me acompañaban, ni al que yo conocía ni su ayudante, pues ya él, como su contratador, se había encargado de pagarle la parte que les correspondía… ¡ardua dificultad la de no dar más y más libras egipcias a estos pedigüeños!...
Ya sobre mi camello, bien firme y acomodado sobre la silla, que parece al principio muelle y segura, el camello hace el doble envión que caracteriza su puesta en marcha: primero hacia adelante, movimiento brusco y que parece que nos va a obligar a caer de bruces sobre su cabeza, con el cual me veo obligado a asirme fuertemente de ese pequeño sostén que se halla en la parte delantera de mi silla, revestido de cuero sin curtir y que deploro por ser tan pequeño, ya que debería ser mucho más protuberante, y luego el animal hace el envión más tranquilo hacia atrás, con el que levanta la totalidad de su enorme mole, nervuda y huesuda, comenzando inmediatamente a caminar o, mejor dicho a bambolearse en un barroco vaivén que parece seguir el ritmo de una majestuosa y soñolienta marcha para un representación barroca de Lully.
Lo primero que me pregunta el joven más grande, aquel que yo ya conocía, es si deseo ir por zonas pobladas, con escuelas, árboles y niños, llenas de alegría -según dice en su duro inglés- o por zonas totalmente desérticas. Le respondo con otra pregunta: si es posible dividir un cincuenta y un cincuenta por ciento, y asiente, feliz, al parecer, de que no quiera ir por el desierto en todo el recorrido.
Comenzamos vadeando la zona del barrio de Gizah, y enseguida aparecen pequeños y agradables sotos poblados de árboles de mangos, palmeras y otros frutales, que llenan de verdor las casas… me encanta que los grupos de casas no sean tan regulares en su distribución y ubicación como en la zona que vamos dejando, ya que todo adquiere un sabor extraño que me parece similar al que deben haber tenido los poblados no tan simétricamente delineados en Europa en épocas muy antiguas… los grupos de árboles son amplios, y rodean las pequeñas y humildes viviendas por adelante, atrás y los costados, y el camino serpentea simpáticamente por esos macizos de vegetación fresca y suave… en algunas partes, hay plantaciones de hortalizas de un verdor esplendoroso, alimentadas por acequias que se llenan del agua del Nilo y que otorgan a esas áreas un tono lleno de vida… luego aparecen mangos cargados de frutos, palmeras pequeñas y algunas de las otras, las enormes, monumentales y rectas, regias, que son aquellas que deben haber inspirado aquel pasaje de la Biblia que dice el justo crecerá como palmera…
La brisa es fresca y húmeda, y todavía se respira el suave y húmedo aroma de la mañana; aunque el sol está esplendoroso, como estoy visitando El Cairo durante enero, el clima es benigno, y la amplitud térmica y la ausencia de mucha humedad hacen que las noches y los amaneceres sean bastante frescos.
Después de andar por este encantador grupo de casitas y de plantaciones y árboles, en medio de la sombra y los follajes que la temprana mañana acaricia con serenidad, llegamos a una zona más descubierta.
Sorprenden en las paredes los dibujos y graffiti coloridos, con camellos, caballos ingenuamente trazados, y dotados de adornados jaeces, trazados con una mano y un aire que jamás podría conseguir alguien que no pertenezca a este mundo árabe, porque hay detalles insignificantes, en la configuración de los cuerpos, en los movimientos, en los ojos y en cosas inexpresables de los animales pintados que nos dicen que estamos en el territorio de la luna, y no en el territorio de la cruz…
Hay gran calma en el ambiente… los pájaros deambulan tranquilos, vagan ociosos los ibis, pululan los gorriones revolcándose en el polvo, y los halcones describen círculos en lo alto… se respira una paz que a menos de tres kilómetros se convierte en un gentío hormigueante y alocado… noto la diferencia y la disfruto, y me viene a la mente un pasaje de Ariosto sobre el Cairo, cuando Astolfo, en su viaje de arribo a Occidente, se detiene aquí en el hipogrifo, y lo primero que le sorprende de El Cairo es lo mismo que asombra a cualquier occidental de hoy: la muchedumbre y la marejada humana de su geografía, enclave populoso y floreciente, puerta y bisagra que abraza a Oriente y a Occidente… me siento hermanado con ese pasmo ariostesco, que subraya en el canto 15 del Orlando una ciudad de El Cairo donde, a pesar de que abundan las construcciones de dos y tres pisos -raras en la época de Ariosto- gran cantidad de personas duermen en las calles, cosa que hoy en día, por el contrario, no se ve tanto, si bien el hormigueo no es menor, sobre todo de chicos, niños púberes, de gente pujante y llena de energía, risueña y que siempre parece bondadosa y servicial, un tanto libidinosa y carnal, supersticiosa aun en medio de este siglo XXI...
Poco a poco noto ya que las bocanadas de aire se van volviendo más secas, entre los grupitos de casitas humildes, y a sus espaldas comienzan a vislumbrarse las primeras ondas de arena y el desierto final que todo lo abraza.
Antes de disolvernos fatalmente en el desierto, atravesamos un caminito que se interna por un cementerio musulmán, larguísimo, que divide, como siempre sucede en Egipto, el mundo de la vida y el mundo del silencio.
Los cementerios árabes son caracterísiticos: son ´pequeñas casitas de adobe blanqueado como si fueran hornos de pan, con compuertas de hierro que dan a su interior, siempre están a ras de tierra, de manera que parecen pequeñas grutas con cúpulas en miniatura, donde descansan los seres queridos.
Sin embargo, las fotos, las flores, que adornan los pequeños mausoleos, el sentimiento y las inscripciones, aunque ciegas para mi ignorancia del árabe, me dicen que el sentir ante la pérdida de los seres queridos es la misma en todas partes, que la añoranza y el amor son ubicuos, que estos egipcios son mis hermanos en su humanidad, tan doliente ante lo inexplicable de la muerte como cualquier habitante de este planeta, y que el dolor tiene su asiento y su nido en todas las naciones de la tierra, tanto como el afecto y el recuerdo de lo amado.
Un súbito silencio se percibe en el ambiente, embarga incluso en su tristeza mi guía, que adivino sumido en el mismo sentimiento de respeto que me embarga a mí, en ese pasaje que se aleja del mundo de los vivos y comienza a acercarse al blanco y total silencio del la arena, del silbido del viento, del sol que cae a plomo y de la vista que se pierde en la ondulaciones de arena finísima y lejana, estrellando al hombre de lleno con su propia interioridad, con sus fantasmas, con las miserias y los demonios o los ángeles y la beatitud de su propio interior
Mi marcha es suave y me siento cómodo sobre el camello. Mi guía principal va a caballo, mientras que el chico casi niño que es su asistente, que cuenta con un bozo incipiente en sus bigotes y al mismo tempo un aire aniñado, que lentamente se está afilando en los rasgos de un muchacho adolescente, va caminando adelante… su paso es lento, cansino, parece agotado, si bien la travesía recién tiene dos horas.
El pequeño de 14 años va totalmente callado, pero mi guía habla, en un inglés duro, aunque quizás más moderno que el mío, porque es un inglés aprendido en la vida práctica del contacto con los a curiosidad de los turistas, mientras que el mío, en cambio, ha sido aprendido en textos literarios que no saben de órdenes prácticas ni de solicitudes habituales, cómodo en las melancolías victorianas donde lo vengo abrevando… me voy acostumbrando a su timbre y acento y empiezo a conversar más con este jpven que debe tener unos veinte años.
Es aquí que me cuenta que por su propio esfuerzo, aunque no ha ido a la escuela, ha aprendido desde los seis años el inglés y -dice- el ruso, porque las mujeres rusas (cuando lo dice me parece que saborea la belleza de lo que para él son mujeres ardientes) acostumbran visitar Egipto en grupos de amigas.
Parece orgulloso, a sus 21 años (me revela su edad), de lo que ha conseguido y de cómo se gana la vida manejando su camello, guiando siempre grupos de turistas, con lo cual sostiene a su familia, formada por su {única esposa (para qué dos -protesta- si todas las mujeres son iguales por dentro -recalca- y se ríe, ufano de su chiste subido de tono y tan carnal….
Me sugiere que le parezco familiar y que de algún modo ya me conoce de antes, si bien no se explica cómo puede ser. Entonces confirmo la familiaridad que yo había sentido también antes y le digo que eso también me parecía a mi respecto de él, y que ahora compruebo que mis sospechas eran ciertas: es él quien tres años atrás me ha guiado también en una excursión mucho menor, y le digo que es mi segundo viaje a Egipto, cosa que a él le parece extraña, pues no está habituado a turistas que regresan dos veces a Egipto.
Lentamente van espaciándose las tumbas y ya nos recibe con sus brazos infinitos el desierto. Han pasado unas tres horas desde que comenzamos el viaje a Saqarah.
EL SILENCIO DE LAS DUNAS. Excursión en camello a Abu Sir y Saqarah. 2012. Prrmera parte
El silencio de las dunas
En mi primera estadía en Egipto, que fue previsiblemente turística y en la que hice los recorridos que una visita guiada ofrece (nada despreciables, por cierto, si se trata de un tour hasta Abu Simbel que recorre los templos a la vera del Nilo), me hablaron de una inquietante excursión en camello.
Recuerdo que yo había hecho en mi primer encuentro con Egipto la consabida y trillada vuelta de una hora y media por los alrededores de Gizah, en camello, sin alejarme demasiado de las pirámides, aunque no falta alguna anécdota de esa experiencia, que narraré en otra ocasión.
Pero no dejaron de quedarme grabadas las palabras que aventuró un guía, en aquella primera vez. El buen egipcio, llamada Ajmed Riad, minimizó la hora en camello y cuando muchos de los viajeros de nuestro contingente le contaron orgullosos que se habían animado a montar un camello (cosa que otros no tuvieron ánimo para emprender), Riad rió entre dientes, y nos comentó acerca de que no era un gran desafío el viajecito de cuarenta minutos o una hora en camello, rodeando la esfinge y las tres pirámides mayores…
_Quien realmente quiera conocer lo que es viajar en camello y saborear el desierto -dijo-, que se atreva a la excursión a Saqarah. Son doce horas o un poco más, todo un día, en camello desde Gizah hasta Saqarah (distante unos 50 km. de Gizah, por el desierto, costeando los poblados).
Me quedó vibrando el desafío, y lo atesoré en mi corazón como algo pendiente que siempre había querido realizar.
Entendí que era una oferta para conocer realmente el paso del camello, y un bocadillo para saborear realmente lo que es andar por el desierto. A pesar de ello, tuve que resignarme a guardar en mi mente la propuesta, y mi viaje siguió curso a través del crucero por el Nilo, luego de lo cual desistí de emprender ese atrayente recorrido.
Tres años después he regresado al asiento de los monumentos imperecederos de los faraones, y quiero comentarla experiencia, que resucité y a la que di vida, deseoso de responder al desafío que Ajmed había formulado a quienes, en su inocencia, se creían osados por haber hecho una hora a lomos de camello, en su turístico paseo por el complejo de la Gran Pirámide.
Por mi cuenta, ya sin las ataduras de guías, programas ni tours, fui a la zona de los camelleros, que se encuentra en Gizah, detrás de la muralla que rodea el comenzar del desierto, un barrio humilde pero muy pintoresco y original, auténtico, poblado por gente menos citadina que la de El Cairo, y donde se respira el aroma de lo verdadero, de las personas que conviven con los lindes del verdadero desierto y el silencio nocturno que mira hacia el misterio de las pirámides, ese límite entre el mundo moderno y umbral a la magia de los paredones inclinados de las grandes pirámides, donde todavía los adelantos de la modernidad pueden atravesar.
Recomiendo esta parte posterior que a manera de media luna, vadea como una cuenca la zona de las pirámides. Las calles son de tierra apisonada y el viajero se topará con caballos, camellos y burritos, pastando su forraje, y esperando plácidamente las órdenes de sus amos. Pasan carros y expertos y rudos jovencitos que apuran a sus camellos, a un paso que sólo puede hacerlos adquirir quien esté avezado al bamboleo camellar… El suelo está lleno de deposiciones de los animales, y hasta puede verse algún enorme buey despanzurrado en algún rincón, con nerviosos grupos de gallinas, ibis, junto a los que, a veces, hay perros siempre grandes, huesudos y pajizos, de orejas tiesas, que conviven pacíficamente.
En resumen, se nota que esta gente que vive en el barrio de Gizah, ciñendo el último confín de El Cairo actual, tiene connotaciones de autenticidad que unos cientos de metros más allá hacia la zona del tráfico terrible y malsano, ha perdido. La placidez de todo es evidente y se palpa, sobre todo después de haber sufrido el fárrago de las avenidas de la ciudad, casi infranqueables por los autos.
Fue aquí, donde se asientan los locales donde están los contratantes de los camelleros, hacia donde me dirigí, y lentamente expuse mi deseo, mi anhelo de hacer el recorrido hasta Saqarah en camello.
El patrón del lugar donde ingresé tenía unos ojos únicos, de mirada impresionante, que se clavaban como dagas tranquilas en la carne del alma… parecía más un nigromante, un hechicero, que un contratador de camellos. Ambos ojos parecían brasas rojizas en sus cuencas, resaltaban por el contaste con la tex muy cetrina y oscura, como esmerilada por las arenas. Miraba desde adentro, y desde sus cuencas saltaban lo que parecían chispas de sus sanguinolentos ojos. Una mirada única, la mirada de las dunas, de la noche, la mirada que sólo un hombre que ha pasado interminables noches ea la vera de ruinas inexplicables, en la desolación del desierto, puede tener…
Cuando le formulé en mi balbuciente inglés mi proyecto, trató de no inmutarse, pero noté que para mí era peligroso el recorrido que quería hacer y quizás dejó escapar su impresión de que era bastante rudo para una persona que nunca montaba animal alguno, el pretender ir hasta Saqarah en camello, pero noté que trató de acallar su reacción, sea para no perder el negocio, sea porque para él no consistía en un verdadero desafío, aunque lo sabía así para quien no estaba habituado a cabalgar ni a dejarse llevar por animal ninguno casi nunca, como realmente era mi caso.
Yo permanecí forme en mi petición. Regateamos, Por ochenta dólares, aceptó.
Debía presentarme a la mañana siguiente bien temprano, a las seis y media de la mañana, para salir a las siete, y él me esperaría allí con el joven encargado de acompañarme en el trayecto, que duraría unas seis horas de ida y otras seis de vuelta.
Me aconsejó que prestara atención y que hiciéramos parada para desayunar en Abu Sir, porque el lugar valía la pena, y realmente así fue.
domingo, 15 de abril de 2012
Mi segundo viaje a Egipto, 2 de enero de 2012.
Mi elección de la fecha del pasaje para mi segundo viaje a El Cairo obedece a razones económicas. Mientras que el pasaje ida y vuelta con escala en Madrid para cualquier fecha posterior al primero de enero ronda los 3100 dólares, el pasaje ida y vuelta por Iberia el día 31 de diciembre de 2011 es de 1800 dólares (¡!) unos 1200 dólares menos...
Los días previos estuve muy nervioso, llegué a pensar en devolver el pasaje, porque consideraba una locura llegar a El Cairo sin más ni más, habiéndome forjado una vana fortaleza en base a un viaje tres años atrás, en tour.
Pienso con terror en ese momento en que, después de arribar a un aeropuerto donde esta vez nadie me estará esperando, deberé ingeniármelas para buscar dónde se saca la estampilla para la visa, habiendo previamente buscado un lugar donde cambiar dinero -dólares por libras-... la cosa se me hace más difícil cuando pienso que la hora de mi arribo será aproximadamente las 10 de la noche, y tengo miedo de que no haya casas de camio abiertas, y de que tenga que esperar allí hasta el otro día para cambiar divisas, y así poder comprar la estampilla del visado, además de obtener algun dinero para tomar el taxi hasta el centro de la ciudad, o hasta el hotel donde tengo reservadas mis cuatro primeras noches.
Pero saqué fuerzas de flaqueza y me decidí, si bien la noche previa a la del viaje luché con muchos miedos internos, y a pesar de que venía durmiendo mal desde hacía casi una semana, con el pensamiento constante de los mil inconvenientes que podría tener durante el viaje.
Finalmente llegó el 31 de diciembre.
Ya el viaje en el auto de mi padre me pareció largo, y me embargaba el nerviosismo de sentir pasar los minutos con una mezcla de sensaciones entre las cuales se debatía el querer emprender mi viaje, y por otro lado no queer separarme de mi madre y de mi padre, que estaban bastante nerviosos también... finalmente llegamos a la estación de buses (mi viaje a Buenos Aires desde Córdoba, por un mero capricho y por deseo de torturarme, o quizás por la soberbia de comenzar mi periplo casi con diploma de mochilero) fue en colectivo, cuando por unos cuantos billetes más, debería haber ido en avión.
Llegué acalorado y cansado a Buenos Aires, por supuesto, casi sin dormir durante el trayecto.
Bajé en Retiro y, caminando, llegué hasta la estación de Tienda León (la empresa de buses que hace el recorrido desde Retiro hasta Ezeiza) que está al frente del Sheraton, cerca de la torre de los ingleses. De allí, el viaje a Ezeiza, el aeropuerto de Buenos Aires, dura una hora y media aproximadamente, y después de media hora de esperarlo, tomo al fin el colectivo de Tienda León a Ezeiza.
Ya en el aeropuerto, debí esperar cinco horas, conozco allí a una mujer de seguridad que reconoce mi acento cordob´s y me habla de que ha vivido varios años en Córdoba, si bien yo no percibo en su fuerte tonada porteña, rastro alguno de acento cordobés; sin embargo, es vidente que ha vivido en Córdoba pues conoce de los barrios, e incluso ha vivido cerca de mi vecindario, según me cuenta.
Después de un viaje en el avió agotador donde una mujer que iba a Israel me hartó con su cháchara, llego a Madrid. En el avión conocí dos señoras judías, la que me perturbó con su lengua incansable y otra que estaba unos asientos más lejos, con sus dos pequeños hijos, más joven que la que hablaba conmigo cuyo hijito de aproximadamente ocho años, cuando el avión aterrizaba en Barajas, rezaba con bastante fervor... En Barajas, intento ocultarme de esa señora que me había platicado con latosa insistencia durante casi ocho horas, para que no siga con su pirotecnia verbal cansadora y anodina... debo esperar unas seis horas en Barajas... pasan lentamente, más lentamente que las horas anteriores de espera, como es lógico.
Finalmente, abordo el avión a El Cairo a eso de las 18 hs., con una buena noticia: he conocido a una chica de New York entre la gente que esperaba el avión a El Cairo, y ella va por vez primera sola a Egipto, como yo. Es instructora de danza árabe, y la espera en El Cairo una amiga a la que conoció en New York. La chica parece amable, dice llamarse Leona.
Me siento aliviado al compartir el avión con alguien que sufre las mismas zozobras que yo, y cuando, después de un vuelo sin novedades llegamos, nos dedicamos a pagar la tasa de la Visa.
Yo estaba nervioso, porque no llevaba dinero de Egipto, y por suerte pude cambiar velozmente, al lado del lugar donde combpré la estampilla del visado.
El trámite del estampillado duró poco, y el militar que me colocó la hermosa oblea en el pasaporte era amable, y no se perturbó lo que yo no entendía nada de árabe.
En realidad, el movimiento en el aeropuerto de El Cairo fue tranquilo, y no hubo contratiempos, pensé que la experienca sería mas dura, pero todo estaba muy organizado, las colas, los lugares a donde se dirigían los viajeros, y no se trata de un aeropuerto perturbador ni abrumador, como la mayoría de los grandes aeropuertos europeos...
Al salir, (siempre trato de no perder de vista a la chica, Leona, poy cuyos comentarios ya me he dado cuenta que el tipo femenino de 40 años de New York es siempre el mismo: una mujer bastante desenfadada y maleducada que cree que todo debe suceder según su gusto y placer) decidimos tomar un taxi juntos.
Apenas salimos, y eran ya casi las 22:30 hs.; nos acosa una turba de taxistas, pero especialmente uno, cuyo taxi no se encontraba allí. Según Leona, se trata de una limusina (lo que en Argentina llamamos remis) lo que este gordo árabe nos ofrece, pero tendremos que caminar 50 metros... si hubiera sabido el carácter que posteriormente mostraría este chofer, debería haber tomado un taxi de los primeros que se hallan en la puerta, pues el suyo se trata de un auto desvencijado particular, por eso no estaciona cerca del aeropuerto, en su inmediata salida, digamos... es una experiencia para tener en cuenta en otros viajes, en cualquier lugar del mundo.
Le digo mi dirección del hotel, y también le da su dirección la bailarina neoyorquina. Pactamos un precio de 300 libras egipcias.. cada uno pagará 150... lo cual me parece conveniente, pero no tardaré en darme cuenta de que el taxista no respetará el acuerdo.
No entendíamos nada, ni Leona ni yo; mientras el taxista hablaba en el móvil, ella protestaba porque lejos de ser una "limousine" el vehículo era un auto bastante desvencijado... finalmente el taxista le ofreció el celular para que ella llamara a su amiga que la estaba esperando, de manera que esta amiga luego se comunicó con el taxista (era ciudadana egipcia) y le dijo bien la dirección en árabe.
Bajo una luna de cuernos tremendamente afilados, como sólo puede ser concebida en algún relato de las mil y una noches, que me hizo sonreir e ilusionar cuando la ubiqué por casualidad en el cielo, cerca de un puente que daba al enorme Nilo, y en un cielo bastante límpido, vamos en el taxi, yo muy nervioso, Leona también, por suburbios del extenso territorio de El Cairo... en una ruta que va por zonas tremendamente abigarradas, de construcciones muy juntas, en seguida queda ya lejos el centro, y luego de haber recorrido un camino por grandes avenidas... el taxista vuelva a llamar a la amiga de Leona, porque la dirección es bastante recóndita.
Luego de laberínticas vueltas, llegamos a uno de mil condominios donde la amiga está esperando en la puerta de su departamentito, cuya entrada es una reja de retorcidos hierros, a Leona.
Yo bajo y aprovecho para orinar, pues estoy muy muy necesitado, detrás de un árbol. Ella me despide, nos damos los teléfonos y las direcciones de donde estaremos (yo de mi hotel), y yo sigo camino con el taxista.
Subo adelante... porque así me lo solicita el obeso musulmán. La cosa no me agrada, pero acepto.
Ya arriba, se empeña en ofrecerme, mientras seguimos viaje, palitos de pan, grisines... y siempre que me habla me golpea la rodilla en son de confiaza; es rudo, es su forma de ser, y cobro confianza porque parece amable, sin ninguna intencion de hacerme daño.
Me suelto, ya falta poco para llegar a mi destino. Entonces, mientras seguimos viaje (yo le había dado la dirección del hotel, en la avenida Melek Féisal, el Delta Khaoub Pyramids, a veinte cuadras de las pirámides, en la región de Ghiza) el enorme gigante musulmán, grasoso y bastante vulgar, me recalca varias veces lo lejos que se encuentra (y así es, pues el trayecto total desde el aeropuerto ha sido de más de una hora y media), me dice en su mal inglés que no es un buen hotel pues no se halla en el centro de El Cairo... con el pasar de los días, tendré ocasión de darme cuenta cuán lejos está del centro, pero como mi meta principal en El Cairo son las pirámides, nada mejor que este lugar, que se ecuenta a menos de veinte cuadras de la única maravilla en pie del mundo antiguo, en la lejana Ghiza, un barrio o suburbio de El Cairo realmente de los más alejados (y uno de los más pintorescos, humildes y sin demasiados cambios del progreso) del centro... a una hora aproximadamente, al tiempo que ya el centro de la ciudad se encuentra a una hora del aeropuerto.
Sin embargo, como todo el trayecto ha sido hecho de noche y con poco tráfico, el viaje total ha sido de una hora y cuarenta minutos, solamente.
Súbitamente acontece algo extraño. El taxista me pide 200 libras de repente por todo el viaje, no 150. Me enojo y le digo que no habíamos pactado eso, y empieza a motrar una facta menos diplomática. Me ofrece frenéticamente más palitos de pan, pero está firme en su solicitud de que deberé pagarle 200 libras, no 150.
Conemzamos a discutir, yo le digo que no cuento con más dinero... y entocnes se pone francamente agresivo; decido, tratándose de mi primera noche, acceder a su deseo, y por suerte contaba justo con doscientas libras, que me quedaban después de haber cambiado en el aeopuerto, todo lo otro lo tenía en dólares... y muy escondido.
En un momento dado saco una lapicera, y el taxista se amedrenta, entiendo que tiene miedo de que yo intente hacerle algo con ella (!) la guardo al instante, porque mi única intención era sacar el dinero que tenía en el bolsillo, donde también estaba la lapicera... me ofrece más grisines....
Le pago, y me deja en la puerta del Delta Pyramids, son las doce de la noche, poco más o menos.
Llego a mi soñado El Cairo contento, al punto de que la leve discusión con el taxista no puede empañar mi contento por estar sano y salvo en mi destino, después de un viaje tan largo.
Me reciben bien en el hotel. Muetro mis credenciales y mi reserva, le doy una pequeña propina al botones y acomoda mis cosas en la habitación.
A pesar del larguísimo viaje, durante el cul no he dormido nada, es tan grande mi entusiasmo, que decido caminar por esa arteria ancha de El Cairo que es la avenida Mélek Féisal, ya que si bien son ya las doce y media de la noche, hay hombres en los cafés y hay bastante movimiento, aunque se percibe que es un movimiento menguado y nocturno.
Tengo hambre y como un pequeño bocadillo de carne de cordero en un pan árabe, por casi dos dólares, en un puesto callejero...
A pesar de que no se ve mucho pues está oscuro y no logro divisar las imponentes pirámides, siento el golpe fascinador de lo diferente.
Lo que más me asombra son los cafés con los hombres jugando al backgammon en enormes tableros, con sus tiradas de dados, muy ruidosas, y los narguiles, junto con los braseritos minúsculos y tan extraños en donde arden los carbones para los aparatosos yalambicados aparatos con mangueras que usan para fumar sus líquidos aromáticos. Me recuerdan los recónditos matraces y destiladores de los alquimistas, tales como los que debe haber usado Zósimo, y María la judía, dos mil años antes, en Alejandría.
La gente parece calma y alegre, sin ser demasiado bulliciosa.
Después de recorrer varias veces la calle, decido ir a descansar.
En total, mi agotadora peripecia ha sido formada por:
Cuarenta minutos de auto de mi hogar hasta la estación de buses de Córdoba
Una hora de espera del colectivo a Buenos Aires.
Doce horas en colectivo de Córdoba a Buenos Aires.
Cuarenta minutos en la estación del bus de Tienda León.
Cuatro horas de espera en Ezeiza.
Doce horas de vuelo hasta Madrid.
Seis horas en el aeropuerto de Barajas.
Cinco horas en el vuelo hasta El Cairo.
Dos horas en el trayecto desde el aeropuerto hasta el hotel.
Me duermo feliz, y esperando ansioso la llegada del nuevo día.
Los días previos estuve muy nervioso, llegué a pensar en devolver el pasaje, porque consideraba una locura llegar a El Cairo sin más ni más, habiéndome forjado una vana fortaleza en base a un viaje tres años atrás, en tour.
Pienso con terror en ese momento en que, después de arribar a un aeropuerto donde esta vez nadie me estará esperando, deberé ingeniármelas para buscar dónde se saca la estampilla para la visa, habiendo previamente buscado un lugar donde cambiar dinero -dólares por libras-... la cosa se me hace más difícil cuando pienso que la hora de mi arribo será aproximadamente las 10 de la noche, y tengo miedo de que no haya casas de camio abiertas, y de que tenga que esperar allí hasta el otro día para cambiar divisas, y así poder comprar la estampilla del visado, además de obtener algun dinero para tomar el taxi hasta el centro de la ciudad, o hasta el hotel donde tengo reservadas mis cuatro primeras noches.
Pero saqué fuerzas de flaqueza y me decidí, si bien la noche previa a la del viaje luché con muchos miedos internos, y a pesar de que venía durmiendo mal desde hacía casi una semana, con el pensamiento constante de los mil inconvenientes que podría tener durante el viaje.
Finalmente llegó el 31 de diciembre.
Ya el viaje en el auto de mi padre me pareció largo, y me embargaba el nerviosismo de sentir pasar los minutos con una mezcla de sensaciones entre las cuales se debatía el querer emprender mi viaje, y por otro lado no queer separarme de mi madre y de mi padre, que estaban bastante nerviosos también... finalmente llegamos a la estación de buses (mi viaje a Buenos Aires desde Córdoba, por un mero capricho y por deseo de torturarme, o quizás por la soberbia de comenzar mi periplo casi con diploma de mochilero) fue en colectivo, cuando por unos cuantos billetes más, debería haber ido en avión.
Llegué acalorado y cansado a Buenos Aires, por supuesto, casi sin dormir durante el trayecto.
Bajé en Retiro y, caminando, llegué hasta la estación de Tienda León (la empresa de buses que hace el recorrido desde Retiro hasta Ezeiza) que está al frente del Sheraton, cerca de la torre de los ingleses. De allí, el viaje a Ezeiza, el aeropuerto de Buenos Aires, dura una hora y media aproximadamente, y después de media hora de esperarlo, tomo al fin el colectivo de Tienda León a Ezeiza.
Ya en el aeropuerto, debí esperar cinco horas, conozco allí a una mujer de seguridad que reconoce mi acento cordob´s y me habla de que ha vivido varios años en Córdoba, si bien yo no percibo en su fuerte tonada porteña, rastro alguno de acento cordobés; sin embargo, es vidente que ha vivido en Córdoba pues conoce de los barrios, e incluso ha vivido cerca de mi vecindario, según me cuenta.
Después de un viaje en el avió agotador donde una mujer que iba a Israel me hartó con su cháchara, llego a Madrid. En el avión conocí dos señoras judías, la que me perturbó con su lengua incansable y otra que estaba unos asientos más lejos, con sus dos pequeños hijos, más joven que la que hablaba conmigo cuyo hijito de aproximadamente ocho años, cuando el avión aterrizaba en Barajas, rezaba con bastante fervor... En Barajas, intento ocultarme de esa señora que me había platicado con latosa insistencia durante casi ocho horas, para que no siga con su pirotecnia verbal cansadora y anodina... debo esperar unas seis horas en Barajas... pasan lentamente, más lentamente que las horas anteriores de espera, como es lógico.
Finalmente, abordo el avión a El Cairo a eso de las 18 hs., con una buena noticia: he conocido a una chica de New York entre la gente que esperaba el avión a El Cairo, y ella va por vez primera sola a Egipto, como yo. Es instructora de danza árabe, y la espera en El Cairo una amiga a la que conoció en New York. La chica parece amable, dice llamarse Leona.
Me siento aliviado al compartir el avión con alguien que sufre las mismas zozobras que yo, y cuando, después de un vuelo sin novedades llegamos, nos dedicamos a pagar la tasa de la Visa.
Yo estaba nervioso, porque no llevaba dinero de Egipto, y por suerte pude cambiar velozmente, al lado del lugar donde combpré la estampilla del visado.
El trámite del estampillado duró poco, y el militar que me colocó la hermosa oblea en el pasaporte era amable, y no se perturbó lo que yo no entendía nada de árabe.
En realidad, el movimiento en el aeropuerto de El Cairo fue tranquilo, y no hubo contratiempos, pensé que la experienca sería mas dura, pero todo estaba muy organizado, las colas, los lugares a donde se dirigían los viajeros, y no se trata de un aeropuerto perturbador ni abrumador, como la mayoría de los grandes aeropuertos europeos...
Al salir, (siempre trato de no perder de vista a la chica, Leona, poy cuyos comentarios ya me he dado cuenta que el tipo femenino de 40 años de New York es siempre el mismo: una mujer bastante desenfadada y maleducada que cree que todo debe suceder según su gusto y placer) decidimos tomar un taxi juntos.
Apenas salimos, y eran ya casi las 22:30 hs.; nos acosa una turba de taxistas, pero especialmente uno, cuyo taxi no se encontraba allí. Según Leona, se trata de una limusina (lo que en Argentina llamamos remis) lo que este gordo árabe nos ofrece, pero tendremos que caminar 50 metros... si hubiera sabido el carácter que posteriormente mostraría este chofer, debería haber tomado un taxi de los primeros que se hallan en la puerta, pues el suyo se trata de un auto desvencijado particular, por eso no estaciona cerca del aeropuerto, en su inmediata salida, digamos... es una experiencia para tener en cuenta en otros viajes, en cualquier lugar del mundo.
Le digo mi dirección del hotel, y también le da su dirección la bailarina neoyorquina. Pactamos un precio de 300 libras egipcias.. cada uno pagará 150... lo cual me parece conveniente, pero no tardaré en darme cuenta de que el taxista no respetará el acuerdo.
No entendíamos nada, ni Leona ni yo; mientras el taxista hablaba en el móvil, ella protestaba porque lejos de ser una "limousine" el vehículo era un auto bastante desvencijado... finalmente el taxista le ofreció el celular para que ella llamara a su amiga que la estaba esperando, de manera que esta amiga luego se comunicó con el taxista (era ciudadana egipcia) y le dijo bien la dirección en árabe.
Bajo una luna de cuernos tremendamente afilados, como sólo puede ser concebida en algún relato de las mil y una noches, que me hizo sonreir e ilusionar cuando la ubiqué por casualidad en el cielo, cerca de un puente que daba al enorme Nilo, y en un cielo bastante límpido, vamos en el taxi, yo muy nervioso, Leona también, por suburbios del extenso territorio de El Cairo... en una ruta que va por zonas tremendamente abigarradas, de construcciones muy juntas, en seguida queda ya lejos el centro, y luego de haber recorrido un camino por grandes avenidas... el taxista vuelva a llamar a la amiga de Leona, porque la dirección es bastante recóndita.
Luego de laberínticas vueltas, llegamos a uno de mil condominios donde la amiga está esperando en la puerta de su departamentito, cuya entrada es una reja de retorcidos hierros, a Leona.
Yo bajo y aprovecho para orinar, pues estoy muy muy necesitado, detrás de un árbol. Ella me despide, nos damos los teléfonos y las direcciones de donde estaremos (yo de mi hotel), y yo sigo camino con el taxista.
Subo adelante... porque así me lo solicita el obeso musulmán. La cosa no me agrada, pero acepto.
Ya arriba, se empeña en ofrecerme, mientras seguimos viaje, palitos de pan, grisines... y siempre que me habla me golpea la rodilla en son de confiaza; es rudo, es su forma de ser, y cobro confianza porque parece amable, sin ninguna intencion de hacerme daño.
Me suelto, ya falta poco para llegar a mi destino. Entonces, mientras seguimos viaje (yo le había dado la dirección del hotel, en la avenida Melek Féisal, el Delta Khaoub Pyramids, a veinte cuadras de las pirámides, en la región de Ghiza) el enorme gigante musulmán, grasoso y bastante vulgar, me recalca varias veces lo lejos que se encuentra (y así es, pues el trayecto total desde el aeropuerto ha sido de más de una hora y media), me dice en su mal inglés que no es un buen hotel pues no se halla en el centro de El Cairo... con el pasar de los días, tendré ocasión de darme cuenta cuán lejos está del centro, pero como mi meta principal en El Cairo son las pirámides, nada mejor que este lugar, que se ecuenta a menos de veinte cuadras de la única maravilla en pie del mundo antiguo, en la lejana Ghiza, un barrio o suburbio de El Cairo realmente de los más alejados (y uno de los más pintorescos, humildes y sin demasiados cambios del progreso) del centro... a una hora aproximadamente, al tiempo que ya el centro de la ciudad se encuentra a una hora del aeropuerto.
Sin embargo, como todo el trayecto ha sido hecho de noche y con poco tráfico, el viaje total ha sido de una hora y cuarenta minutos, solamente.
Súbitamente acontece algo extraño. El taxista me pide 200 libras de repente por todo el viaje, no 150. Me enojo y le digo que no habíamos pactado eso, y empieza a motrar una facta menos diplomática. Me ofrece frenéticamente más palitos de pan, pero está firme en su solicitud de que deberé pagarle 200 libras, no 150.
Conemzamos a discutir, yo le digo que no cuento con más dinero... y entocnes se pone francamente agresivo; decido, tratándose de mi primera noche, acceder a su deseo, y por suerte contaba justo con doscientas libras, que me quedaban después de haber cambiado en el aeopuerto, todo lo otro lo tenía en dólares... y muy escondido.
En un momento dado saco una lapicera, y el taxista se amedrenta, entiendo que tiene miedo de que yo intente hacerle algo con ella (!) la guardo al instante, porque mi única intención era sacar el dinero que tenía en el bolsillo, donde también estaba la lapicera... me ofrece más grisines....
Le pago, y me deja en la puerta del Delta Pyramids, son las doce de la noche, poco más o menos.
Llego a mi soñado El Cairo contento, al punto de que la leve discusión con el taxista no puede empañar mi contento por estar sano y salvo en mi destino, después de un viaje tan largo.
Me reciben bien en el hotel. Muetro mis credenciales y mi reserva, le doy una pequeña propina al botones y acomoda mis cosas en la habitación.
A pesar del larguísimo viaje, durante el cul no he dormido nada, es tan grande mi entusiasmo, que decido caminar por esa arteria ancha de El Cairo que es la avenida Mélek Féisal, ya que si bien son ya las doce y media de la noche, hay hombres en los cafés y hay bastante movimiento, aunque se percibe que es un movimiento menguado y nocturno.
Tengo hambre y como un pequeño bocadillo de carne de cordero en un pan árabe, por casi dos dólares, en un puesto callejero...
A pesar de que no se ve mucho pues está oscuro y no logro divisar las imponentes pirámides, siento el golpe fascinador de lo diferente.
Lo que más me asombra son los cafés con los hombres jugando al backgammon en enormes tableros, con sus tiradas de dados, muy ruidosas, y los narguiles, junto con los braseritos minúsculos y tan extraños en donde arden los carbones para los aparatosos yalambicados aparatos con mangueras que usan para fumar sus líquidos aromáticos. Me recuerdan los recónditos matraces y destiladores de los alquimistas, tales como los que debe haber usado Zósimo, y María la judía, dos mil años antes, en Alejandría.
La gente parece calma y alegre, sin ser demasiado bulliciosa.
Después de recorrer varias veces la calle, decido ir a descansar.
En total, mi agotadora peripecia ha sido formada por:
Cuarenta minutos de auto de mi hogar hasta la estación de buses de Córdoba
Una hora de espera del colectivo a Buenos Aires.
Doce horas en colectivo de Córdoba a Buenos Aires.
Cuarenta minutos en la estación del bus de Tienda León.
Cuatro horas de espera en Ezeiza.
Doce horas de vuelo hasta Madrid.
Seis horas en el aeropuerto de Barajas.
Cinco horas en el vuelo hasta El Cairo.
Dos horas en el trayecto desde el aeropuerto hasta el hotel.
Me duermo feliz, y esperando ansioso la llegada del nuevo día.
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