EL SILENCIODE LAS DUNAS.
Excursión en camello a Abu Sir y y Saqarah, 2012. Segunda parte
Al día siguiente me presenté a la hora esperada. Había dejado una seña de treinta dólares, y no podía perderlos. Pero no me faltaron miedos que me asaltaron durante la noche, no de que pudiera sufrir ningún riesgo, sino del cansancio que me ocasionaría el viaje, de toda una jornada a lomos de camello… pero allí estaba ya, preparado, con una botella grande de dos litros de agua mineral en mi mochila, y mi cámara de fotos.
Cuando me presentaron a mi camellero, el que sería mi guía, me sorprendieron dos cosas, primero que estaba acompañado por otro más pequeño, un chico de unos 14 años, y además… ¡que ya lo conocía! había sido mi camellero en mi breve excursión del año 2009, cuando salí por primera vez solo, y quien, en ese entonces, a su vez, me subderivó a un empleado suyo… él no me reconoció al principio y en mi mente el recuerdo pasó como un fogonazo, de manera que aunque su aspecto me pareció familiar, fue más tarde que confirme que ya lo conocía.
El camellero jefe, el misterioso personaje de los ojos inyectados en sangre, me despidió, solicitándome que no le diera dinero a ninguno de los dos que me acompañaban, ni al que yo conocía ni su ayudante, pues ya él, como su contratador, se había encargado de pagarle la parte que les correspondía… ¡ardua dificultad la de no dar más y más libras egipcias a estos pedigüeños!...
Ya sobre mi camello, bien firme y acomodado sobre la silla, que parece al principio muelle y segura, el camello hace el doble envión que caracteriza su puesta en marcha: primero hacia adelante, movimiento brusco y que parece que nos va a obligar a caer de bruces sobre su cabeza, con el cual me veo obligado a asirme fuertemente de ese pequeño sostén que se halla en la parte delantera de mi silla, revestido de cuero sin curtir y que deploro por ser tan pequeño, ya que debería ser mucho más protuberante, y luego el animal hace el envión más tranquilo hacia atrás, con el que levanta la totalidad de su enorme mole, nervuda y huesuda, comenzando inmediatamente a caminar o, mejor dicho a bambolearse en un barroco vaivén que parece seguir el ritmo de una majestuosa y soñolienta marcha para un representación barroca de Lully.
Lo primero que me pregunta el joven más grande, aquel que yo ya conocía, es si deseo ir por zonas pobladas, con escuelas, árboles y niños, llenas de alegría -según dice en su duro inglés- o por zonas totalmente desérticas. Le respondo con otra pregunta: si es posible dividir un cincuenta y un cincuenta por ciento, y asiente, feliz, al parecer, de que no quiera ir por el desierto en todo el recorrido.
Comenzamos vadeando la zona del barrio de Gizah, y enseguida aparecen pequeños y agradables sotos poblados de árboles de mangos, palmeras y otros frutales, que llenan de verdor las casas… me encanta que los grupos de casas no sean tan regulares en su distribución y ubicación como en la zona que vamos dejando, ya que todo adquiere un sabor extraño que me parece similar al que deben haber tenido los poblados no tan simétricamente delineados en Europa en épocas muy antiguas… los grupos de árboles son amplios, y rodean las pequeñas y humildes viviendas por adelante, atrás y los costados, y el camino serpentea simpáticamente por esos macizos de vegetación fresca y suave… en algunas partes, hay plantaciones de hortalizas de un verdor esplendoroso, alimentadas por acequias que se llenan del agua del Nilo y que otorgan a esas áreas un tono lleno de vida… luego aparecen mangos cargados de frutos, palmeras pequeñas y algunas de las otras, las enormes, monumentales y rectas, regias, que son aquellas que deben haber inspirado aquel pasaje de la Biblia que dice el justo crecerá como palmera…
La brisa es fresca y húmeda, y todavía se respira el suave y húmedo aroma de la mañana; aunque el sol está esplendoroso, como estoy visitando El Cairo durante enero, el clima es benigno, y la amplitud térmica y la ausencia de mucha humedad hacen que las noches y los amaneceres sean bastante frescos.
Después de andar por este encantador grupo de casitas y de plantaciones y árboles, en medio de la sombra y los follajes que la temprana mañana acaricia con serenidad, llegamos a una zona más descubierta.
Sorprenden en las paredes los dibujos y graffiti coloridos, con camellos, caballos ingenuamente trazados, y dotados de adornados jaeces, trazados con una mano y un aire que jamás podría conseguir alguien que no pertenezca a este mundo árabe, porque hay detalles insignificantes, en la configuración de los cuerpos, en los movimientos, en los ojos y en cosas inexpresables de los animales pintados que nos dicen que estamos en el territorio de la luna, y no en el territorio de la cruz…
Hay gran calma en el ambiente… los pájaros deambulan tranquilos, vagan ociosos los ibis, pululan los gorriones revolcándose en el polvo, y los halcones describen círculos en lo alto… se respira una paz que a menos de tres kilómetros se convierte en un gentío hormigueante y alocado… noto la diferencia y la disfruto, y me viene a la mente un pasaje de Ariosto sobre el Cairo, cuando Astolfo, en su viaje de arribo a Occidente, se detiene aquí en el hipogrifo, y lo primero que le sorprende de El Cairo es lo mismo que asombra a cualquier occidental de hoy: la muchedumbre y la marejada humana de su geografía, enclave populoso y floreciente, puerta y bisagra que abraza a Oriente y a Occidente… me siento hermanado con ese pasmo ariostesco, que subraya en el canto 15 del Orlando una ciudad de El Cairo donde, a pesar de que abundan las construcciones de dos y tres pisos -raras en la época de Ariosto- gran cantidad de personas duermen en las calles, cosa que hoy en día, por el contrario, no se ve tanto, si bien el hormigueo no es menor, sobre todo de chicos, niños púberes, de gente pujante y llena de energía, risueña y que siempre parece bondadosa y servicial, un tanto libidinosa y carnal, supersticiosa aun en medio de este siglo XXI...
Poco a poco noto ya que las bocanadas de aire se van volviendo más secas, entre los grupitos de casitas humildes, y a sus espaldas comienzan a vislumbrarse las primeras ondas de arena y el desierto final que todo lo abraza.
Antes de disolvernos fatalmente en el desierto, atravesamos un caminito que se interna por un cementerio musulmán, larguísimo, que divide, como siempre sucede en Egipto, el mundo de la vida y el mundo del silencio.
Los cementerios árabes son caracterísiticos: son ´pequeñas casitas de adobe blanqueado como si fueran hornos de pan, con compuertas de hierro que dan a su interior, siempre están a ras de tierra, de manera que parecen pequeñas grutas con cúpulas en miniatura, donde descansan los seres queridos.
Sin embargo, las fotos, las flores, que adornan los pequeños mausoleos, el sentimiento y las inscripciones, aunque ciegas para mi ignorancia del árabe, me dicen que el sentir ante la pérdida de los seres queridos es la misma en todas partes, que la añoranza y el amor son ubicuos, que estos egipcios son mis hermanos en su humanidad, tan doliente ante lo inexplicable de la muerte como cualquier habitante de este planeta, y que el dolor tiene su asiento y su nido en todas las naciones de la tierra, tanto como el afecto y el recuerdo de lo amado.
Un súbito silencio se percibe en el ambiente, embarga incluso en su tristeza mi guía, que adivino sumido en el mismo sentimiento de respeto que me embarga a mí, en ese pasaje que se aleja del mundo de los vivos y comienza a acercarse al blanco y total silencio del la arena, del silbido del viento, del sol que cae a plomo y de la vista que se pierde en la ondulaciones de arena finísima y lejana, estrellando al hombre de lleno con su propia interioridad, con sus fantasmas, con las miserias y los demonios o los ángeles y la beatitud de su propio interior
Mi marcha es suave y me siento cómodo sobre el camello. Mi guía principal va a caballo, mientras que el chico casi niño que es su asistente, que cuenta con un bozo incipiente en sus bigotes y al mismo tempo un aire aniñado, que lentamente se está afilando en los rasgos de un muchacho adolescente, va caminando adelante… su paso es lento, cansino, parece agotado, si bien la travesía recién tiene dos horas.
El pequeño de 14 años va totalmente callado, pero mi guía habla, en un inglés duro, aunque quizás más moderno que el mío, porque es un inglés aprendido en la vida práctica del contacto con los a curiosidad de los turistas, mientras que el mío, en cambio, ha sido aprendido en textos literarios que no saben de órdenes prácticas ni de solicitudes habituales, cómodo en las melancolías victorianas donde lo vengo abrevando… me voy acostumbrando a su timbre y acento y empiezo a conversar más con este jpven que debe tener unos veinte años.
Es aquí que me cuenta que por su propio esfuerzo, aunque no ha ido a la escuela, ha aprendido desde los seis años el inglés y -dice- el ruso, porque las mujeres rusas (cuando lo dice me parece que saborea la belleza de lo que para él son mujeres ardientes) acostumbran visitar Egipto en grupos de amigas.
Parece orgulloso, a sus 21 años (me revela su edad), de lo que ha conseguido y de cómo se gana la vida manejando su camello, guiando siempre grupos de turistas, con lo cual sostiene a su familia, formada por su {única esposa (para qué dos -protesta- si todas las mujeres son iguales por dentro -recalca- y se ríe, ufano de su chiste subido de tono y tan carnal….
Me sugiere que le parezco familiar y que de algún modo ya me conoce de antes, si bien no se explica cómo puede ser. Entonces confirmo la familiaridad que yo había sentido también antes y le digo que eso también me parecía a mi respecto de él, y que ahora compruebo que mis sospechas eran ciertas: es él quien tres años atrás me ha guiado también en una excursión mucho menor, y le digo que es mi segundo viaje a Egipto, cosa que a él le parece extraña, pues no está habituado a turistas que regresan dos veces a Egipto.
Lentamente van espaciándose las tumbas y ya nos recibe con sus brazos infinitos el desierto. Han pasado unas tres horas desde que comenzamos el viaje a Saqarah.
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