Pensamientos, vivencias y aprendizajes que obtuve en los viajes que me ha sido dado emprender...
viernes, 20 de abril de 2012
EL SILENCIO DE LAS DUNAS. Excursión en camello a Abu Sir y Saqarah. 2012. Prrmera parte
El silencio de las dunas
En mi primera estadía en Egipto, que fue previsiblemente turística y en la que hice los recorridos que una visita guiada ofrece (nada despreciables, por cierto, si se trata de un tour hasta Abu Simbel que recorre los templos a la vera del Nilo), me hablaron de una inquietante excursión en camello.
Recuerdo que yo había hecho en mi primer encuentro con Egipto la consabida y trillada vuelta de una hora y media por los alrededores de Gizah, en camello, sin alejarme demasiado de las pirámides, aunque no falta alguna anécdota de esa experiencia, que narraré en otra ocasión.
Pero no dejaron de quedarme grabadas las palabras que aventuró un guía, en aquella primera vez. El buen egipcio, llamada Ajmed Riad, minimizó la hora en camello y cuando muchos de los viajeros de nuestro contingente le contaron orgullosos que se habían animado a montar un camello (cosa que otros no tuvieron ánimo para emprender), Riad rió entre dientes, y nos comentó acerca de que no era un gran desafío el viajecito de cuarenta minutos o una hora en camello, rodeando la esfinge y las tres pirámides mayores…
_Quien realmente quiera conocer lo que es viajar en camello y saborear el desierto -dijo-, que se atreva a la excursión a Saqarah. Son doce horas o un poco más, todo un día, en camello desde Gizah hasta Saqarah (distante unos 50 km. de Gizah, por el desierto, costeando los poblados).
Me quedó vibrando el desafío, y lo atesoré en mi corazón como algo pendiente que siempre había querido realizar.
Entendí que era una oferta para conocer realmente el paso del camello, y un bocadillo para saborear realmente lo que es andar por el desierto. A pesar de ello, tuve que resignarme a guardar en mi mente la propuesta, y mi viaje siguió curso a través del crucero por el Nilo, luego de lo cual desistí de emprender ese atrayente recorrido.
Tres años después he regresado al asiento de los monumentos imperecederos de los faraones, y quiero comentarla experiencia, que resucité y a la que di vida, deseoso de responder al desafío que Ajmed había formulado a quienes, en su inocencia, se creían osados por haber hecho una hora a lomos de camello, en su turístico paseo por el complejo de la Gran Pirámide.
Por mi cuenta, ya sin las ataduras de guías, programas ni tours, fui a la zona de los camelleros, que se encuentra en Gizah, detrás de la muralla que rodea el comenzar del desierto, un barrio humilde pero muy pintoresco y original, auténtico, poblado por gente menos citadina que la de El Cairo, y donde se respira el aroma de lo verdadero, de las personas que conviven con los lindes del verdadero desierto y el silencio nocturno que mira hacia el misterio de las pirámides, ese límite entre el mundo moderno y umbral a la magia de los paredones inclinados de las grandes pirámides, donde todavía los adelantos de la modernidad pueden atravesar.
Recomiendo esta parte posterior que a manera de media luna, vadea como una cuenca la zona de las pirámides. Las calles son de tierra apisonada y el viajero se topará con caballos, camellos y burritos, pastando su forraje, y esperando plácidamente las órdenes de sus amos. Pasan carros y expertos y rudos jovencitos que apuran a sus camellos, a un paso que sólo puede hacerlos adquirir quien esté avezado al bamboleo camellar… El suelo está lleno de deposiciones de los animales, y hasta puede verse algún enorme buey despanzurrado en algún rincón, con nerviosos grupos de gallinas, ibis, junto a los que, a veces, hay perros siempre grandes, huesudos y pajizos, de orejas tiesas, que conviven pacíficamente.
En resumen, se nota que esta gente que vive en el barrio de Gizah, ciñendo el último confín de El Cairo actual, tiene connotaciones de autenticidad que unos cientos de metros más allá hacia la zona del tráfico terrible y malsano, ha perdido. La placidez de todo es evidente y se palpa, sobre todo después de haber sufrido el fárrago de las avenidas de la ciudad, casi infranqueables por los autos.
Fue aquí, donde se asientan los locales donde están los contratantes de los camelleros, hacia donde me dirigí, y lentamente expuse mi deseo, mi anhelo de hacer el recorrido hasta Saqarah en camello.
El patrón del lugar donde ingresé tenía unos ojos únicos, de mirada impresionante, que se clavaban como dagas tranquilas en la carne del alma… parecía más un nigromante, un hechicero, que un contratador de camellos. Ambos ojos parecían brasas rojizas en sus cuencas, resaltaban por el contaste con la tex muy cetrina y oscura, como esmerilada por las arenas. Miraba desde adentro, y desde sus cuencas saltaban lo que parecían chispas de sus sanguinolentos ojos. Una mirada única, la mirada de las dunas, de la noche, la mirada que sólo un hombre que ha pasado interminables noches ea la vera de ruinas inexplicables, en la desolación del desierto, puede tener…
Cuando le formulé en mi balbuciente inglés mi proyecto, trató de no inmutarse, pero noté que para mí era peligroso el recorrido que quería hacer y quizás dejó escapar su impresión de que era bastante rudo para una persona que nunca montaba animal alguno, el pretender ir hasta Saqarah en camello, pero noté que trató de acallar su reacción, sea para no perder el negocio, sea porque para él no consistía en un verdadero desafío, aunque lo sabía así para quien no estaba habituado a cabalgar ni a dejarse llevar por animal ninguno casi nunca, como realmente era mi caso.
Yo permanecí forme en mi petición. Regateamos, Por ochenta dólares, aceptó.
Debía presentarme a la mañana siguiente bien temprano, a las seis y media de la mañana, para salir a las siete, y él me esperaría allí con el joven encargado de acompañarme en el trayecto, que duraría unas seis horas de ida y otras seis de vuelta.
Me aconsejó que prestara atención y que hiciéramos parada para desayunar en Abu Sir, porque el lugar valía la pena, y realmente así fue.
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