Mi elección de la fecha del pasaje para mi segundo viaje a El Cairo obedece a razones económicas. Mientras que el pasaje ida y vuelta con escala en Madrid para cualquier fecha posterior al primero de enero ronda los 3100 dólares, el pasaje ida y vuelta por Iberia el día 31 de diciembre de 2011 es de 1800 dólares (¡!) unos 1200 dólares menos...
Los días previos estuve muy nervioso, llegué a pensar en devolver el pasaje, porque consideraba una locura llegar a El Cairo sin más ni más, habiéndome forjado una vana fortaleza en base a un viaje tres años atrás, en tour.
Pienso con terror en ese momento en que, después de arribar a un aeropuerto donde esta vez nadie me estará esperando, deberé ingeniármelas para buscar dónde se saca la estampilla para la visa, habiendo previamente buscado un lugar donde cambiar dinero -dólares por libras-... la cosa se me hace más difícil cuando pienso que la hora de mi arribo será aproximadamente las 10 de la noche, y tengo miedo de que no haya casas de camio abiertas, y de que tenga que esperar allí hasta el otro día para cambiar divisas, y así poder comprar la estampilla del visado, además de obtener algun dinero para tomar el taxi hasta el centro de la ciudad, o hasta el hotel donde tengo reservadas mis cuatro primeras noches.
Pero saqué fuerzas de flaqueza y me decidí, si bien la noche previa a la del viaje luché con muchos miedos internos, y a pesar de que venía durmiendo mal desde hacía casi una semana, con el pensamiento constante de los mil inconvenientes que podría tener durante el viaje.
Finalmente llegó el 31 de diciembre.
Ya el viaje en el auto de mi padre me pareció largo, y me embargaba el nerviosismo de sentir pasar los minutos con una mezcla de sensaciones entre las cuales se debatía el querer emprender mi viaje, y por otro lado no queer separarme de mi madre y de mi padre, que estaban bastante nerviosos también... finalmente llegamos a la estación de buses (mi viaje a Buenos Aires desde Córdoba, por un mero capricho y por deseo de torturarme, o quizás por la soberbia de comenzar mi periplo casi con diploma de mochilero) fue en colectivo, cuando por unos cuantos billetes más, debería haber ido en avión.
Llegué acalorado y cansado a Buenos Aires, por supuesto, casi sin dormir durante el trayecto.
Bajé en Retiro y, caminando, llegué hasta la estación de Tienda León (la empresa de buses que hace el recorrido desde Retiro hasta Ezeiza) que está al frente del Sheraton, cerca de la torre de los ingleses. De allí, el viaje a Ezeiza, el aeropuerto de Buenos Aires, dura una hora y media aproximadamente, y después de media hora de esperarlo, tomo al fin el colectivo de Tienda León a Ezeiza.
Ya en el aeropuerto, debí esperar cinco horas, conozco allí a una mujer de seguridad que reconoce mi acento cordob´s y me habla de que ha vivido varios años en Córdoba, si bien yo no percibo en su fuerte tonada porteña, rastro alguno de acento cordobés; sin embargo, es vidente que ha vivido en Córdoba pues conoce de los barrios, e incluso ha vivido cerca de mi vecindario, según me cuenta.
Después de un viaje en el avió agotador donde una mujer que iba a Israel me hartó con su cháchara, llego a Madrid. En el avión conocí dos señoras judías, la que me perturbó con su lengua incansable y otra que estaba unos asientos más lejos, con sus dos pequeños hijos, más joven que la que hablaba conmigo cuyo hijito de aproximadamente ocho años, cuando el avión aterrizaba en Barajas, rezaba con bastante fervor... En Barajas, intento ocultarme de esa señora que me había platicado con latosa insistencia durante casi ocho horas, para que no siga con su pirotecnia verbal cansadora y anodina... debo esperar unas seis horas en Barajas... pasan lentamente, más lentamente que las horas anteriores de espera, como es lógico.
Finalmente, abordo el avión a El Cairo a eso de las 18 hs., con una buena noticia: he conocido a una chica de New York entre la gente que esperaba el avión a El Cairo, y ella va por vez primera sola a Egipto, como yo. Es instructora de danza árabe, y la espera en El Cairo una amiga a la que conoció en New York. La chica parece amable, dice llamarse Leona.
Me siento aliviado al compartir el avión con alguien que sufre las mismas zozobras que yo, y cuando, después de un vuelo sin novedades llegamos, nos dedicamos a pagar la tasa de la Visa.
Yo estaba nervioso, porque no llevaba dinero de Egipto, y por suerte pude cambiar velozmente, al lado del lugar donde combpré la estampilla del visado.
El trámite del estampillado duró poco, y el militar que me colocó la hermosa oblea en el pasaporte era amable, y no se perturbó lo que yo no entendía nada de árabe.
En realidad, el movimiento en el aeropuerto de El Cairo fue tranquilo, y no hubo contratiempos, pensé que la experienca sería mas dura, pero todo estaba muy organizado, las colas, los lugares a donde se dirigían los viajeros, y no se trata de un aeropuerto perturbador ni abrumador, como la mayoría de los grandes aeropuertos europeos...
Al salir, (siempre trato de no perder de vista a la chica, Leona, poy cuyos comentarios ya me he dado cuenta que el tipo femenino de 40 años de New York es siempre el mismo: una mujer bastante desenfadada y maleducada que cree que todo debe suceder según su gusto y placer) decidimos tomar un taxi juntos.
Apenas salimos, y eran ya casi las 22:30 hs.; nos acosa una turba de taxistas, pero especialmente uno, cuyo taxi no se encontraba allí. Según Leona, se trata de una limusina (lo que en Argentina llamamos remis) lo que este gordo árabe nos ofrece, pero tendremos que caminar 50 metros... si hubiera sabido el carácter que posteriormente mostraría este chofer, debería haber tomado un taxi de los primeros que se hallan en la puerta, pues el suyo se trata de un auto desvencijado particular, por eso no estaciona cerca del aeropuerto, en su inmediata salida, digamos... es una experiencia para tener en cuenta en otros viajes, en cualquier lugar del mundo.
Le digo mi dirección del hotel, y también le da su dirección la bailarina neoyorquina. Pactamos un precio de 300 libras egipcias.. cada uno pagará 150... lo cual me parece conveniente, pero no tardaré en darme cuenta de que el taxista no respetará el acuerdo.
No entendíamos nada, ni Leona ni yo; mientras el taxista hablaba en el móvil, ella protestaba porque lejos de ser una "limousine" el vehículo era un auto bastante desvencijado... finalmente el taxista le ofreció el celular para que ella llamara a su amiga que la estaba esperando, de manera que esta amiga luego se comunicó con el taxista (era ciudadana egipcia) y le dijo bien la dirección en árabe.
Bajo una luna de cuernos tremendamente afilados, como sólo puede ser concebida en algún relato de las mil y una noches, que me hizo sonreir e ilusionar cuando la ubiqué por casualidad en el cielo, cerca de un puente que daba al enorme Nilo, y en un cielo bastante límpido, vamos en el taxi, yo muy nervioso, Leona también, por suburbios del extenso territorio de El Cairo... en una ruta que va por zonas tremendamente abigarradas, de construcciones muy juntas, en seguida queda ya lejos el centro, y luego de haber recorrido un camino por grandes avenidas... el taxista vuelva a llamar a la amiga de Leona, porque la dirección es bastante recóndita.
Luego de laberínticas vueltas, llegamos a uno de mil condominios donde la amiga está esperando en la puerta de su departamentito, cuya entrada es una reja de retorcidos hierros, a Leona.
Yo bajo y aprovecho para orinar, pues estoy muy muy necesitado, detrás de un árbol. Ella me despide, nos damos los teléfonos y las direcciones de donde estaremos (yo de mi hotel), y yo sigo camino con el taxista.
Subo adelante... porque así me lo solicita el obeso musulmán. La cosa no me agrada, pero acepto.
Ya arriba, se empeña en ofrecerme, mientras seguimos viaje, palitos de pan, grisines... y siempre que me habla me golpea la rodilla en son de confiaza; es rudo, es su forma de ser, y cobro confianza porque parece amable, sin ninguna intencion de hacerme daño.
Me suelto, ya falta poco para llegar a mi destino. Entonces, mientras seguimos viaje (yo le había dado la dirección del hotel, en la avenida Melek Féisal, el Delta Khaoub Pyramids, a veinte cuadras de las pirámides, en la región de Ghiza) el enorme gigante musulmán, grasoso y bastante vulgar, me recalca varias veces lo lejos que se encuentra (y así es, pues el trayecto total desde el aeropuerto ha sido de más de una hora y media), me dice en su mal inglés que no es un buen hotel pues no se halla en el centro de El Cairo... con el pasar de los días, tendré ocasión de darme cuenta cuán lejos está del centro, pero como mi meta principal en El Cairo son las pirámides, nada mejor que este lugar, que se ecuenta a menos de veinte cuadras de la única maravilla en pie del mundo antiguo, en la lejana Ghiza, un barrio o suburbio de El Cairo realmente de los más alejados (y uno de los más pintorescos, humildes y sin demasiados cambios del progreso) del centro... a una hora aproximadamente, al tiempo que ya el centro de la ciudad se encuentra a una hora del aeropuerto.
Sin embargo, como todo el trayecto ha sido hecho de noche y con poco tráfico, el viaje total ha sido de una hora y cuarenta minutos, solamente.
Súbitamente acontece algo extraño. El taxista me pide 200 libras de repente por todo el viaje, no 150. Me enojo y le digo que no habíamos pactado eso, y empieza a motrar una facta menos diplomática. Me ofrece frenéticamente más palitos de pan, pero está firme en su solicitud de que deberé pagarle 200 libras, no 150.
Conemzamos a discutir, yo le digo que no cuento con más dinero... y entocnes se pone francamente agresivo; decido, tratándose de mi primera noche, acceder a su deseo, y por suerte contaba justo con doscientas libras, que me quedaban después de haber cambiado en el aeopuerto, todo lo otro lo tenía en dólares... y muy escondido.
En un momento dado saco una lapicera, y el taxista se amedrenta, entiendo que tiene miedo de que yo intente hacerle algo con ella (!) la guardo al instante, porque mi única intención era sacar el dinero que tenía en el bolsillo, donde también estaba la lapicera... me ofrece más grisines....
Le pago, y me deja en la puerta del Delta Pyramids, son las doce de la noche, poco más o menos.
Llego a mi soñado El Cairo contento, al punto de que la leve discusión con el taxista no puede empañar mi contento por estar sano y salvo en mi destino, después de un viaje tan largo.
Me reciben bien en el hotel. Muetro mis credenciales y mi reserva, le doy una pequeña propina al botones y acomoda mis cosas en la habitación.
A pesar del larguísimo viaje, durante el cul no he dormido nada, es tan grande mi entusiasmo, que decido caminar por esa arteria ancha de El Cairo que es la avenida Mélek Féisal, ya que si bien son ya las doce y media de la noche, hay hombres en los cafés y hay bastante movimiento, aunque se percibe que es un movimiento menguado y nocturno.
Tengo hambre y como un pequeño bocadillo de carne de cordero en un pan árabe, por casi dos dólares, en un puesto callejero...
A pesar de que no se ve mucho pues está oscuro y no logro divisar las imponentes pirámides, siento el golpe fascinador de lo diferente.
Lo que más me asombra son los cafés con los hombres jugando al backgammon en enormes tableros, con sus tiradas de dados, muy ruidosas, y los narguiles, junto con los braseritos minúsculos y tan extraños en donde arden los carbones para los aparatosos yalambicados aparatos con mangueras que usan para fumar sus líquidos aromáticos. Me recuerdan los recónditos matraces y destiladores de los alquimistas, tales como los que debe haber usado Zósimo, y María la judía, dos mil años antes, en Alejandría.
La gente parece calma y alegre, sin ser demasiado bulliciosa.
Después de recorrer varias veces la calle, decido ir a descansar.
En total, mi agotadora peripecia ha sido formada por:
Cuarenta minutos de auto de mi hogar hasta la estación de buses de Córdoba
Una hora de espera del colectivo a Buenos Aires.
Doce horas en colectivo de Córdoba a Buenos Aires.
Cuarenta minutos en la estación del bus de Tienda León.
Cuatro horas de espera en Ezeiza.
Doce horas de vuelo hasta Madrid.
Seis horas en el aeropuerto de Barajas.
Cinco horas en el vuelo hasta El Cairo.
Dos horas en el trayecto desde el aeropuerto hasta el hotel.
Me duermo feliz, y esperando ansioso la llegada del nuevo día.
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