El silencio de las dunas
excursión a Abusir y Saqarah 3 parte
Tardamos un buen tiempo en vadear el largo cementerio. Siempre, en Egipto, los cementerios y los lugares de los muertos de los antiguos, las necrópolis, se configuran en territorios liminares que dividen aguas, energías y vibraciones, y aunque este cementerio era moderno, no se trataba de una excepción.
Aprendí en este viaje que los más pobres viven en esas tierras de muertos, que les sirven de lugar donde dormir, y a donde se les lleva limosna, ya que los parientes que visitan a sus seres fallecidos, llevan, cuando acuden, víveres para la gente indigente. La única condición es volver con las manos vacías, es decir, si alguien lleva alimentos para los pobres, no debe regresar con nada de lo que llevó; de tal condición depende que la buena acción tenga su recompensa y no sea nociva (en un sentido sobrenatural) para quien la ejecuta.
En seguida viramos un tanto, internándonos en el completo desierto. El silencio se volvió entonces diferente, fue como si se elevase al cuadrado, tornándose palpable, infinito, envolvente total. Obligó a mis guías a callarse por completo y sólo quedó el susurro del viento abovedándose en las cuencas de las orejas… no pude dejar de experimentar un súbito recuerdo, que relampagueó en mi mente en ese momento: en la cábala hebrea existe el juego cómplice entre dos vocablos que son hermanos, y que en definitiva se resuelven en el mismo concepto: los términos que vibran en semejante consonancia son palabras y desierto, devarim y midbar.
Ambas voces poseen las mismas letras, que han rotado en el eje de la palabra. Y a esta rara circunstancia se atribuye que la Palabra, la verdadera palabra, la palabra divina, profunda, que nace de la vasija de nuestro corazón y nos revela verdades trascendentes, cobra vida en el desolado silencio de los desiertos. Por eso los grandes hierofantes y taumaturgos sinceros de la Antigüedad se recluían en la vasta nada de la arena, para conjurar el encuentro con las realidades que habitan en el interior del hombre, y en ese internarse en el laberinto dey en los meandros de sus recovecos espirituales, podían regresar con el tesoro de un mensaje enérgico que pudiera mantener la antorcha en la sociedad.
Fueron pocos momentos de silencio en esa travesía en la que me bamboleaba sobre mi camello, cuyo nombre me hace reír cuando lo recuerdo, porque el joven guía me dijo que se llamaba Moisés sin que yo lo preguntara, así como generalmente suelen decir que el nombre es Michael Jackson, cosa falsa invariablemente, porque un egipcio de ley jamás revelará el verdadero nombre de su camello a un turista, temeroso del un posible mal de ojo sobre el animal, creencia que proviene de la energía vibratoria presente en el nombre, que ya los antiguos egipcios faraónicos respetaban, cuando ponían al la par del nombre esencial y auténtico, uno social, enmascarado. Protector coo un muro de defensa.
Extraña aventura ésta que yo estaba cumpliendo, preñada de recuerdos y de un intenso diálogo conmigo mismo y mis recuerdos, por las mismas arenas que surcaron el gran Moisés, Jesús y tantos otros anacoretas e iluminados, instantes apenas, pero suficientes para gustar el valor de la nada interior que nos vacía y a la vez plenifica los océanos interiores de una instancia del ser que nos llama y nos alecciona con su voz omniabarcante.
El silencio que puede ser iluminador o terrorífico, porque descubre los secretos que herméticamente llevamos en el profundo abismo de nuestras almas… yo sentí que me hubiera gustado entrar más en ese umbral que vislumbré escasamente…
Al rato divisé, a mi derecha, tres pequeños promontorios que se elevaban, ruinosos, asomando sus descabezadas cimas de la arena; estaban semiderruidos, parecían montones de piedras… eran lo poco que las arenas dejaban ver de las pirámides de Abusir.
Con sus cincuenta metros de altura que la arena había devorado y emparejaba bastante, son construcciones nada despreciables… pero están bastante mal conservadas. Pedí a mi guía que nos acercáramos, y por alguna razón se negó. No percibí temor en ese momento, aunque ahora, no sé cómo, creo que fue eso lo que lo impulso a seguir camino. Me contenté con sacarles alguna fugaz fotografía, pero más a mirar bien el extraño espectáculo de ver esos promontorios casi totalmente deglutidos por la arena, con lajas desprendidas… que lentamente el desierto terminará de asimilar a su homogénea sustancia, con el girar de los milenios. El silencio me mareaba.
Seguimos adelante. Volvimos a ladear una zona detrás de la cual, a mi izquierda, se veían casas bastante opulentas, ya que sus fondos, que daban también al desierto, contaban con buena vegetación. Volvieron a aparecer algunas palmeras y matorrales que delataban la cercanía de los poblados.
Habituados a estos recorridos, mi guía y su amigo parecían bastante aburridos, y más sedientos que yo… mi entusiasmo me había anulado la sed, y yo no había abierto mi botella de agua, que llevaba en la mochila. Me indicaron que en breve nos apearíamos y tomaríamos un refrigerio en las cercanías, esperando a una persona… yo no entendía bien a quién debíamos encontrar, pero obedecí.
Con un estridente sonido “ajjj” el más chico hizo descender a mi camello, que se mostraba renuente a inclinarse hacia el suelo, para hacerme bajar. Una vez más sufrí el doble vaivén, primero hacia atrás esta vez, y luego hacia delante del animal, que en ese doble movimiento cifraba la manera de agacharse, retorcida y complicada como es el la estructura de su enorme osamenta.
El camello es un animal protestón, taciturno y bastante rebelde, sobre todo a dejarse tocar en la cabeza y a acuclillarse, cosa para lograr la cual, su guía debe servirse casi siempre de una persuasión que le lleva su esfuerzo, en algunas ocasiones, más que otras.
Cuando se queja, el animal emite unas regurgitaciones o gárgaras profundas, de tal manera que sus entrañas parece que vibran con babas espesas turbias, que revuelve, y parece a punto de vomitar un escupitajo espantoso, pero no vi que jamás lo hiciera… es su forma de expresar que no está de acuerdo con la acción que se le solicita. El camellero debe entonces recurrir a ese sonido gutural, aj, que ejecuta para suavizar el tumultuoso carácter de la bestia.
Debo aclarar que mientras circuíamos, horas antes, los últimos caseríos, antes de internarnos en el sendero del cementerio, habíamos comprado algunos comestibles. No vi entonces qué era, porque en ese intervalo también debí bajarme de mi camello, mientras mis guías se saludaban con muchísimos amigos, uno de los cuales los hizo detenerse y se pusieron a charlar con total naturalidad.
Me dijeron que esperara, yo me puse junto a ellos, y ellos, al verme amigable, me presentaban a sus amistades, que me miraban con total naturalidad, cosa que facilitaba mi aspecto, ya que nunca me cansaré de repetir que mi rostro se asemeja al egipcio autóctono, es decir, a esas caras alejandrinas alargadas que se suelen ver en algunos retratos de las momias de Al Fayum, que es una de Las formas características del semblante a los que uno puede hallar en Egipto hoy en día, si bien hay muchos otros tipos de caras. La mía se asemeja a las del egipcio no tan cetrino, más aristocrático.
El pequeño adolescente se dirigió entonces a un pequeño puesto a la vera de una sucia acequia, donde compró en bolsitas de polietileno, recónditas comidas que luego tuve ocasión de probar, literalmente por centavos. Si yo hubiera comprado siempre estas vituallas en mi estadía en Egipto, no habría gastado más de cien dólares durante todo el mes, pero los precios para los turistas,. Y las comidas que uno compra en cualquier sitio que no conoce, siempre resultan mil por ciento más caras que para los naturales…
Vuelvo al lugar donde nos sentamos, a medio camino entre Abusir y a un paso del complejo de Sahura, una necrópolis fascinante que atesoro en mis recuerdos como lo más valioso de mi excursión en camello desde Gizah hasta Saqarah
Nos sentamos a la vera de una enramada debajo de la cual se notaba que siempre algún beduino accedía para tomar sus alimentos y hacer un descanso. Había una tela extendida, muy pulcra y limpia, que siempre, al parecer, estaba ahí.
Me invitaron a sentarme en cuclillas y aparecieron dos hombres, que nos estaban esperando: uno era un anciano muy curtido y cetrino, viejísimo y surcado por arrugas impiadosas y profundas, como tajos de un cuchillo en un tarro de betún, y un chico joven que sería mi guía por la necrópolis de Sahura, la que estaba a nuestras espaldas.
Pero primero tomaríamos un refrigero. El pequeño fue abriendo con gran lentitud las pequeñas bolsitas, de una de las cuales sacó varios panes, de otras unas pequeñas tortillas fritas con sésamo y especias verdes troceadas en pequeñísimos fragmentos que como pecas verdes recorrían la grasienta materia de cada torrejitas, que no reconocí, y de otras tres bolsitas sacó con la mano a puñados y fue colocando en el pan, que me había dado a mí para que y los fuera abriendo, el puré de garbanzos pisados y el otro, que era de berenjenas también pisadas y ahumadas.
Se me encargó con total naturalidad que yo contribuyera a la preparación de esos frugales víveres y eso me gustó, porque me sentí incluido verdaderamente en ese grupo humano de cuatro árabes, que se reunían allí a media mañana y saboreaban el placer de un ameno descanso… percibí el ambiente sagrado que se configuraba para ellos y en cuyo ámbito fui recibido, aceptado y asimilado y que me contagiaron y que vibraba en esa comida en común, sobre la arena y bajo polvorosos arbustos, y que reverberaba con el mágico eco de milenios de repetición entre esos polvorientos matorrales detrás de los cuales hormigueaban las arenas. Fue una experiencia inolvidable. Hasta me quedó grabado el humilde sabor de esas comidas auténticas, quizás las más auténticas que probé en toda mi trayectoria de un mes por El Cairo y Alejandría, sencillas, sabrosas y económicas, con el gusto casero de lo original y lo que no tiene pretensiones más que agradar sin sobresaltos ni sorpresas, el paladar de hombres comunes, como siempre debería ser. Sentí, en resumen, lo sagrado que reviste una comida en una pequeña comunidad de hombres verdaderos.
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