viernes, 27 de abril de 2012

El silencio de las dunas. Excursión en camello a Abu Sir y Saqarah, 2012 4 parte

Lo que siguió a ese frugal refrigerio entre aquellos personajes del desierto, de pieles curtidas y surcadas por anchas arrugas en un caso, mientras que los otros tres eran hombres jóvenes -uno, un adolescente casi niño aún- fue una de las experiencias más memorables que guardo en lo que respecta a climas, a ambientes fuera de lo común y al margen de lo cotidiano.

Tengo una enorme capacidad para respirar y asimilar situaciones o ambientes sobrenaturales que se desprenden de lugares y cinfiguraciones fuera de lo común, que me dejan recuerdos imborrables, que no me dejan en paz hasta que las plasmo en palabras y descripciones que retraten, a la vez, y dejen huella de lo que viví en ellas. Lo he sentido en Venecia, a altas horas de la madrugada, lo he sentido en la siciliana ciudad de Palermo, al amanecer y al atardecer, y lo he sentido en los terroríficos fondos del templo de Karnak, a la siesta... Y por cierto que se me presentó y que lo pude conjurar aquí también al mediodía, en esta desierta necrópolis de Sahura, cuando el sol se acercaba peligrosamente al cénit, en un día soleado pero fresco.

Inmediatamente después de tomar los alimentos, los dos chicos egipcios que habían sido mis guías y el anciano (que estaba allí inexplicablemente) me dejaron en compañía del muchacho de unos veintisiete años, que era estudiante de arqueología (me dijeron) y si bien no lo pude comprobar, descubrí en los rasgos de su rostro algo más educado, menos rudo que en los otros tres egipcios.

Este joven me acompañaría en la visita a la necrópolis de Sahura, que se encuentra adyacente a las pirámides de Abusir. Hubo un preámbulo interesante del egipcio, que me ponderó la visita que haríamos, sobre todo porque se trataba de un sitio a donde casi ningún extranjero es llevado y porque el lugar está cerrado, como defensa arqueológica, a visitas curiosas; se trata, en definitiva, de un lugar prohibido... pero yo lo valoré, además y sobre todas las cosas, por el ambiente que se produjo en su interior.

Poco a poco, fuimos caminando hasta el enclave, después de recorrer unos cincuenta metros hacia el desierto, a pie. Comenzamos a subir unos médanos más altos y trabajosos, y aparecieron los primeros pilares y muros de una construcción enorme y cuadrangular, flanqueada por la derruida pirámide a cuya sombra se levanta este complejo.

El joven me iba animando a adentrarme entre los pilones de piedra, y en un momento tuve que vadear un muro de peligrosa escalada, porque el muro era alto y los escalones que estaban improvisados en mordiscos improvisados en la piedra eran estrechos, y aparte porque del otro lado el nivel del suelo bajaba mucho, pero era la condición necesaria para acceder al núcleo de esta ciudad de los muertos.

La necrópolis está sumida en un detenimiento. Una cesación total de todo, hasta el aire parece faltar en el cielo que rodea a esta construcción, y la franja de cielo que recortan sus muros está como sumida en una irrealidad ominosa. Se pude sentir cierta opresión, una indefinible inminencia amenazante en esas rocas, en el patio varias veces milenario que recorrí con mi guía, que me hablaba despacio y en un confuso inglés sobre la remota antigüedad de todo lo que nos rodeaba.

Pero lo más impactante fueron las dos columnas, las únicas que sobreviven intactas, en el centro de un gran espacio abierto, como si se tratara de dos pequeños gigantes o centinelas, que forman una especie de portal interdimensional, un Stargate. Porque tal es la sensación que me despertaron, erectas, así, al vacío de un horizonte desértico, y el pavimento que las rodea, formado como está por enormes y pesadísimos bloques de granito negro, cuya función es misteriosa, ya que esos bloques parecen cumplir, en el suelo, ciclópeos e inmutables, alguna recóndita función que trasciende, por el trabajo que debió involucrar el pavimentado con sus losas, alguna función que supera el simple allanamiento del terreno.

Se trata de bloques de formas irregulares, y que por debajo de la superficie deben ser enormemente gruesos, por lo que se adivina de uno o dos de ellos cuyo grosor hacia abajo puede verse un poco.

Este piso, unido a las dos enigmáticas columnas, me hablaba de alguna magia desconocida, del funcionamiento de una puerta entre niveles, entre dimensiones, que mi imaginación dotaba de ricos detalles fantásticos.

Y en verdad que las dos columnas, las únicas que sobreviven 8cosa ya de por s´çi muy singular) junto con el piso de una piedra mucho más negra y lisa y suave, recuerdan a un pasadizo que permite el acceso a seres oo cosas de otros planos de vibración.

El guía se detuvo a explicarme el obelisco caído, donde puede leerse la palabra Sahura, cuyo jeroglífico todavía me parece ver acariciado por los morenos dedos del estudiante de arqueología, que se adentraban cariñosamente en los intersticios del bajorrelieve cóncavo, subrayados por una pintura de color amarillo.

Me pidió que lo siguiera y continuamos bajando escalones y llegando a otro patio donde los pilones cúbicos contaban con delicadas tallas, muy bien conservadas y más abajo todavía, se veía un sitio lúgubre y semihundido, donde un pesadísimo sarcófago macizo y gigantesco reposaba, con poco espacio alrededor, ahogado por la piedra de las paredes que lo limitaban. Me invitó a descender hasta allí, lugar ya peligrosamente sumido en las sombras subterráneas.

No quise, no por temor, sino porque ya estaba un poco fatigado de las idas y venidas y los vaivenes en equilibrio entre las paredes que tuvimos que trepar, cuidadosamente.

Mi guía se encogió de hombros, quizás sospechando un temor reverencial d emi parte, y desandamos nuestros pasos. No dejé de dar varias miradas en círculo al sitio, a paso lento, como para que mi guía se adelantara, y yo quedara más solo. Me asaltaron las imaginaciones de lo que ese sitio debe ser a altas horas nocturnas, un sitio peligrosísimo para el alma, sitiado por energías no precisamente amistosas... Pero por alguna razón misteriosa, yo quería demorarme, conocer más, respirar un poco más del aire paralizado que estaba como encarcelado en ese territorio, limitador del espacio y del cielo. Un escalofrío me recorrió pensando en la hipotética situación de esperar, esperar toda la noche en uno de esos patios…

Adelante había quedado el guía y cuando salimos del recinto, noté que me pedía dinero, recordándome lo prohibido que está ese sitio para recorridos turísticos, y que yo debía considerarme muy afortunado por haber podido entrar allí… no pude darle más de un equivalente cinco dólares, porque no contaba con cambio en libras, y el chico quedó muy desilusionado… debe haberse ilusionado con que le iba a dar mucho más… de hecho, me dijo que esperaba cincuenta dólares!... hice un gesto de imposibilidad, y volvimos a donde los otros dos jóvenes guías aguardaban… el viejo había desaparecido.

Monté en mi camello y continuamos, ahora teníamos que llegar hasta Saqarah, de lejos, miré como el estudiante arqueólogo se despedía con tristeza, y cabizbajo, mordiendo el fracaso y la desilusión de no haber podido conseguir más que cinco dólares por su acompañamiento.

¡Curioso este Egipto en el que lo místico y lo paranormal se entremezclan con la avidez por dinero de sus materialistas habitantes actuales!...

Yo me fui acariciando la experiencia y el encuentro con lo extraño, que, una vez más, había resucitado y ser había levantado entre los muros de la necrópolis de Sahura.

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