Cuando se viaja, cuando se transita por caminos, cielos y territorios, sobre todo en el silencio impuesto por desconocer absolutamente la lengua de los lugares recorridos, surgen perpejidades filosóficas de las que uno no se percata, en principio.
Repetir los viajes y los tiempos de introspección, obliga a la recurrencia de esas inflexiones mentales, que relampaguean entonces paladinamente, en los telones de la conciencia.
Y si bien conozco varias lenguas, siquiera etimológica, fragmentaria y mediocremente, hay otras que me son totalmente opacas, como el árabe, que desde afuera parece oponer la más impenetrable de las barreras en la oralidad...
Tengo, no obstante, bastante facilidad para decodificar rápidamente los alfabetos... aunque con el árabe las letras me resultan tan incomprensibles e intratables sin la ayuda -claro está- de un estudio disciplinado que aún no he emprendido y quizás nunca emprenderé.
Pero paradójicamente esa perplejidad de quien ve las cosas desde afuera y no puede considerarse invitado al cenáculo de la decodificación de letras tan extrañas, caprichosas y cambiantes (en árabe las letras tienen hasta cuatro formas diferentes, según su posición en la palabra) me han permitido reflexionar, cuando he estado en territorio de lengua arábiga, sobre la misteriosa y firme naturaleza de los alfabetos.
No sé si será a causa de mi índole de soñador nato, pero la forma de las letras ha sabido inspirarme descripciones que no por poéticas dejan de ser exactas en cuanto a los aires e ínfulas que recorren los alfabetos, sobre todo el griego, el latino, el hebreo y el árabe, que aquí dejo asentadas, sin retocar la entusiasta pomposidad con que las redacté, circuido como estaba por la maravilla de aires extraños, cuando mi pluma las consignó, durante mis viajes...
En la lengua árabe está la tosquedad del camello y la sinuosidad de la serpiente... y por ahí brilla el chisporroteo de las brasas de las fogatas en el desierto... sus letras trazan los vertiginosos recorridos de la energía mágica y de la inteligencia veloz de los números, entre los acentos y los puntos, que son las centellas de los esplendores secretos que los magos realizan en las desiertas necrópolis, entre las dunas.
La escritura griega, cuadrada, se parece a rígidos moldes lógicos, horizontales y verticales trazos de los recorridos de la razón, límpidas columnas de erguidos mármoles... el alfabeto de letras latinas, con sus mayúsculas desconectadas, se parece a un desfile de romanos estandartes en los triunfos de las orgullosas cohortes; la hebrea, a llamas de fuego que descienden entre consteladas estrellas del cielo... y las arábigas, a zarpazos de djinns, a energías trazando felinos recorridos mágicos de luz en el desierto.
Diego Márquez.
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