Una atmósfera tremenda en Medinet Habu
Esta experiencia la tuve en mi primer viaje a Egipto, por lo que su recuerdo no es tan preciso, si bien la experiencia fue muy fuerte a pesar de la brevedad, ya que, como sabiamente dice la frase, el valor de una vivencia no está en el tiempo que dura, sino en la intensidad con que sucede.
Acabábamos de visitar toda la mañana el templo de Karnak y estaba ya mareado de su inmensidad y de su laberíntica estructura, sobre todo en la parte de atrás del lago de las purificaciones, que me dediqué a recorrer con gran calma.
Además, estaba bastante agotado porque ya en esa zona posterior de Karnak había experimentado una serie de sensaciones y estados extraños, de manera que mi espíritu se encontraba bastante sensible… ahora, teníamos que ir a una aldea o villorrio donde la vida, como siempre en Egipto, bulle en contraste con las piedras deshabitadas de los templos… en esa población íbamos a ver cómo se trabaja el alabastro y a presenciar en vivo y en directo a los artesanos y escultores, dando forma todavía a canopes, vasijas y estatuas de los antiguos dioses de Egipto.
Pero cuando estábamos por entrar ya en el territorio fértil, pasamos por un templo, y por alguna razón la combi se detuvo, creo que el guía tenía que comprar los boletos para presenciar la actividad artesanal, porque la entrada debía pagarse.
Así lo hicimos, y mientras esperábamos que Ajmed fuera hasta allí, aprovechamos para ver de cerca el pequeño templo.
Los otros integrantes estaban cansados, yo me acerqué hasta la entrada, sin saber qué templo era, y deseando ingresar.
Era la hora de la siesta, pero el silencio era grande y el sol a esa hora -que habrá sido las tres de la tarde- enceguecía la vista con su fuerza, si bien por ser enero el calor no era ofuscante.
Me asomé a la entrada, y se me pasó por la cabeza la idea de ingresar, pero me desilusioné al instante, porque la reja de entrada estaba clausurada y el templo no podía ser visitado; el guía, desde lejos, nos decía que entráramos en la combi, insistentemente, con una insistencia que hoy me da qué pensar.
Yo me aferré a los hierros oxidados, y me asomé al interior.
Esos segundos, fueron de una intensidad difícil de olvidar, porque me choqué con algo, mentalmente, quiero decir. Psíquicamente sentí un choque muy fuerte y, de repente, los escasos momentos que mi vista penetró en el denso bosque de columnas desiertas, que creaban una sombra oscurísima, tanto más cuanto más fuerte era la luz del sol, sentí un escalofrío, y hubo un estrellarse de mi psiquismo contra un muro… la atmósfera cambió totalmente y sentí la fuerza de una hostilidad.
Algo no amistoso me embargó… fue un instante, un relámpago, unos cinco segundos cuando mucho. Se me heló el espinazo frente a ese silencio y esa pausa que vibraban entre las columnas…
Como todo templo egipcio, la oscuridad, por lo que pude percibir, se iba haciendo más y más densa al tiempo que seguramente el reciento se iba agostando hacia adentro, a medida que uno se interna en el corazón más recóndito de la construcción. Imaginé lo que debía ser entrar solo allí, enterrado en esa cavidad con semejante concentración de piedra (porque es muy macizo todo y hay poco espacio entre las columnas y los muros, a diferencia, por ejemplo de Luxor, que es mucho más elegante y esbelto en sus piedras).
Después de tanto tiempo, puedo decir que creo que mi mente, en su imaginación o casi de manera astral, se proyectó bastante más adentro de los barrotes, esos segundos, de lo que mi cuerpo pudo hacer, helado allí tras los barrotes que lo detenían… o como si un ciclón mental chupara mi conciencia hacia adentro, porque sentí casi como que una parte de mí sí había entrado al recinto desolado detrás del enrejado.
Como sea, la atmósfera psíquica que percibí fue tremenda… casi siento náuseas de horror de pensar lo que debe ser ese sitio en la noche, en su corazón más oscuro… creo que ni un Hércules de gran dominio psíquico podría permanecer impávido allí… y creo que yo moriría de horror si me viera obligado a estar en ese interior, ante esa vibración espiritual casi corpórea que vagaba unos pasos más allá de los barrotes, y que me golpeó de lleno, cuando asomé mi cabeza… extrañamente, el sentimiento es de rechazo pero al mismo tiempo me pica un hormigueo , un deseo de desafío, que me hace querer tener esa experiencia.
Varios años estuve sin saber qué templo era ese, porque no recordaba el nombre que me dijo Ajmed Riad, nuestro guía, cuando se lo pregunté.
Hace poco he descubierto que ese templo es el de Medinet Habu, el templo mortuorio de Ramsés III, famoso por los relieves de tantos cautivos masacrados por este gobernante.
Una experiencia de las más poderosas, ese fugaz momento en que solo, vislumbré desde el umbral el bosque de columnas sin un alma o, quizás en este caso, la expresión no sea correcta, y lo que percibí fue justamente una legión de seres, de inteligencias, de oleadas vibracionales mentales de seres inimaginables, que se sintieron no sé si molestos, pero contra cuya realidad espiritual se estrelló de lleno la mía durante esa siesta apacible, en el 2009.
Ojalá pueda volver a ese templo…
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